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Full text of "Cuentos fantásticos. Vanitas vanitatum y El número 111"

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CUENTOS FANTÁSTICOS 



EDUARDO BLANCO 





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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OE 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIET1ES 




ff'™ OF N.C. AT CHAPEL HILL 




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This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY on the 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 


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DUE RET - 


DATE 
DUE 


Fgfi G 197T 


FEB i i 7 






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H2# 






























































































































Form No. 513 









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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hil 



http://archive.org/details/cuentosfantsticoOOblan 



EDUARDO BLANCO 



CUENTOS FANTÁSTICOS. 



VANÍTAS VÁNITATUM, 



EL ^TTTIMCIEIFtO 111. 



SEGUNDA EDICIÓN. 



CARACAS. 

IMPRENTA BOLÍVAR. 

1882. 



M 



Microfifmed 
SOUNET/ASERl PROJECT 

1990-92 ; T 

JTOS FANTÁSTICOS. ¿ 



CUE 



VANITAS VANITATITM 



Y 



EL NUMERO 111 



EDUARDO BLANCO 



SEGUNDA EDICIÓN. 



CAEAOAS. 
IMPRENTA BOLÍVAR. 




AL LECTOR 

Halagado con la benevolente acogida 
que ha dispensado el público d las hu- 
mildes producciones mias, reproduzco estos 
" Cuentos fantásticos? escasamente cono- 
cidos, que circularon en dos periódicos li- 
terarios de esta Capital por el año de 
1873, con el seudónimo de Manlio ; y que 
fueron los primeros ensayos de mi mal 
pergeñada musa, en el áspero camino de 
las letras. 

EL AUTOR. 



VANITAS VANITATUM 



I 

Dilettantismo. 



Hace mucbos míos que nuestro teatro, 
de ordinario desierto, apenas podía con- 
tener la numerosa concurrencia que tres 
veces» ala semana invadía su estrecho re- 
cinto. La Oortessi, Amodio, Mussiani y 
la Goidoza, después del más brillante es- 
treno, causaban en Caracas vivísimo en- 
tusiasmo. 

A pesar de los estragos de la guerra 
civil que, á la sazón azotaba el país, 
más que nunca encrudecida por el en- 
cono de los opuestos bandos y los rápidos 



y frecuentes cambiamentos de la política ; 
Verdi y Donizetti ganaban cada día nu- 
merosos prosélitos, y flores y aplausos co- 
sechaban los insignes cantores, con pro- 
fusión apenas comparable á los lastimeros 
alaridos y á los mutilados cadáveres que, 
durante la ensañada contienda, llenaban 
los campos de batalla. 

Cegados por una falsa apreciación de 
los hechos que se consumaban, extenuados 
acaso por el largo martirio de una lucha 
insensata, ó indiferentes al sufrimiento 
general, vimos entonces, á no escasa 
parte de los habitantes de esta capital, 
volver las espaldas á la política, é in- 
cautos entregarse al letárgico abandono 
de los más preciados intereses, en el mis- 
mo cráter del volcan que amenazaba se- 
pultarlos. La abatida energía de los unos, 
la desesperación impotente de los otros, 
y el cansancio que en todos producia aque- 
lla lucha interminable, fué sin duda la 
razón misteriosa que motivó el entusiasmo 



con que acogió el público la apertura de la 
nueva temporada musical. La compañía 
lírica, con los dulces encantos de las hijas 
de Aquéolo, vino como á endulzar todas 
las penas, y á hacer olvidar, en cuanto 
era posible, las escenas sangrientas y crue- 
lísimas con que la exaltación de las más 
enconadas pasiones, aniquilaba cuantos 
elementos de futura prosperidad germina- 
ban aún en Venezuela, después de cuatro 
lustros de continuas revueltas. 

La música arrebató para sí el pres- 
tigio que mendigaba la política; el di- 
lettantismo se erigió en soberano; y los 
mismos personajes que regiau el país, 
por más que cada dia se les hiciera menos 
fácil la administración del poder público, 
rudamente combatido, no lograron escapar 
del contagio. 

Caracas, cual indolente cortesana, des- 
vanecida por el lujo y arrobada por la 
magia del arte lírico, repetía, sin cuidarse 
de lo porvenir, los motivos más sim- 



6 

páticos de las óperas que se ejecutaban ; 
y extraviada hasta la demencia, en medio 
de la tempestad política que rugia ful- 
minando sobre ella rayos destructores, 
se abandonaba á la molicie y danzaba 
aturdida, cual la inocente infancia á la 
lumbre del hogar, en el seno mismo del 
gigantesco incendio que abrasaba el país. 

La insensatez y el delirio habían lle- 
gado al colmo ; los diarios más respe- 
tables de la capital, por conservar la po- 
pularidad que amenazaba abandonarlos, 
habían abierto sus columnas á pueriles 
crónicas teatrales ; y más de una vez en 
aquella época extraña, no definida aún 
por nuestra historia contemporánea, épo- 
ca de risas y de lágrimas, de exterminio 
y placeres, se exhibieron á un tiempo en 
el mismo periódico, y á veces en la misma 
columna ; ¡ ¡ chocante confraternidad ! ! ! 
los anuncios pomposos de El Trovador, 
Hernani ó La Traviata, con todas las 



exageraciones de costumbre ; a continua- 
ción de uno de aquellos partes militares, 
de exclusiva literatura nuestra, cortantes 
cual las espadas que se esgrimen en las 
luchas civiles, ampulosos é hiperbólicos, 
como cuadra á la fatuidad de quien los 
dicta, despiadados y crueles, como partos 
de una razón pervertida, en los que te- 
nientes del gobierno anunciaban al país, 
la fausta nueva, como solia decirse, de 
uno de aquellos triunfos desastrosos que 
tanto enorgullecen al vencedor como al 
vencido, que sin embargo, nada deciden 
de por sí, y que en cambio ; cuántas vidas 
inocentes y útiles arrebataban sin mi- 
sericordia á este suelo intortunado ! 

No nos parece fuera de propósito aña- 
dir en corroboración del carácter distin- 
tivo de la época aludida, que la fiebre 
del dilettantismo se habia apoderado hasta 
tal punto de nuestra sociedad, que el fin 
trágico de Hernani, al suicidarse entre 



8 

aplausos en el regazo de la mujer ainada, 
y la muerte de Jenaro, envenenado por 
Lucrezzia su madre, producían en el pú- 
blico que los contemplaba una impresión 
más profunda y herían con más inten- 
sidad las fibras delicadas del sentimiento, 
que todos los estragos de la lucha fra- 
tricida, del drama monstruoso, que fuera 
del palco escénico, se representaba en 
toda la extensión de Venezuela. Una per- 
turbación, engendro del más criminal ex- 
ceptisismo, se efectuaba en la generalidad 
de los espíritus : viciado el corazón é in- 
sensible á los ayes de las víctimas que 
caían inmoladas en la terrible lucha, 
sólo anhelaba goces ; la fiesta triunfaba 
sin esfuerzo, del duelo ; y por una de 
esas transiciones repentinas, tan frecuentes 
en la volubilidad de nuestra raza, Euterpe 
acallaba á Belona ; el oido se cerraba al 
estruendo del cañón que rugia sin tregua, 
al clarín que excitaba á la carga, y á 



los mil gritos de rabia, desesperación y 
agonía, que como los tiples de una or- 
questa infernal, repercutían estridentes 
por los dilatados ámbitos de la patria 
acongojada. 



II 

El poeta Franz. 

En uno de los tantos dias de aquella, 
época memorable ; dias de auroras de- 
sangre y noches de placer ; el periódica 
ministerial que, entre paréntesis, armo- 
nizaba poco con su título insostenible. 
anunció en sus columnas la representa- 
ción de La Lucrezzia. Esta hermosa 
creación del inspirado Donizzetti, hasta 



10 

entonces poco repetida ea nuestro teatro, 
provocó en la falanje dilettante un entu- 
siasmo tan ruidoso, que sólo podríamos 
compararlo al estrépito amenazador de 
las tumultuosas pobladas que en aquellos 
i dias clásicos de nuestras luchas civiles, 
recoman las calles, después de una vic- 
toria en la que sin piedad se habia acu- 
chillado al enemigo del momento, acaso 
al compañero de mañana, en esas horas 
de feroz extravío, en las que todo se 
olvida, menos la ruin rencilla que muerde 
el corazón. 

Medraba, no obstante, la empresa 
lírica. Apenas publicados los anuncios, 
la mano teñida aún con la sangre de- 
rramada en el combate, abandonaba 
la empuñadura de la espada, las riendas 
ennegrecidas por el polvo, para calzar 
el blanco guante y arrojar coronas á la 
escena, sin cuidarse de tan rápida y 
chocante transición. 

Pero ¿ á qué pensar en los muertos y 



11 

mutilados de la jornada, " cobardes de- 
sertores de la vida, " (como graciosamente 
se los calificaba) euaudo obtenido el triun- 
fo, nos espí'ia la gloria y nos sonríen ten- 
tadoras beldades á quienes á veces no 
detiene la sangre derramada, ni la mor- 
taja de egoísmo y de crueldad que nos 
envuelve el corazón ? 

" Y no hallarán nuestros semblantes feos, 
Que siempre brilla hermoso el vencedor." 

Ellas también participaban, sin darse 
cuenta de ello, del delirio insensato de 
aquellos dias incalificables, y del indi- 
ferente estoicismo que se apodera del 
espíritu tras largos años de agitación y 
duelo, no soportados con la entereza 
de la virtud. Ellas reían cuando debían 
llorar ; pero ¿ á qué perder lágrimas pre- 
ciosas, si la tragedia lírica las reclamaba 
todas para hacerlas más interesantes f 
Apagado el ruido del último disparo en 
la vecina aldea, sus bellos ojos dejaban 
<le mostrarse conturbados; las alegrías de 



12 

las fiestas les devolvían los deslumbrantes 
reflejos; el carmín del entusiasmo susti- 
tuía en las mejillas la mate palidez del 
temor ; los niveos pechos que estremecía 
el espanto, se desbordaban de la tela 
que los aprisionaba, para respirar dichosos 
con mayor libertad ; todo cambiaba : emo- 
ciones y- luidos dejaban de obedecer á 
funestos agentes; la espada, volvía al 
cinto ; la galantería despertaba ; y el pelu- 
quero, personaje importante é* influyente 
en aquella actualidad, daba principio á 
las visitas domiciliarias. Sarcasmo vi- 
viente, lanzado por la coquetería en medio 
del huracán de tan enconadas pasiones, 
él solo parecía poseer el privilegio de 
disipar con sus manos de hada las som- 
bras en que languidecían aquellas ca- 
bezas abatidas por el terror, y de trans- 
formar con un toque de su vara encantada, 
á la triste Malvina en radiante Cleo- 
patra. Las damas se le disputaban con 
la pasión y el ahinco que no hubieran 



13 

empleado para separar de una rival al 
más tierno Don Juan ; y más de una, 
con el tono irritado que produce en el 
bello sexo la contrariedad de un capricho 
de tocador no satisfecho, es fama que 
escribió á su galán en la forma desespe- 
rada que Teresa Cabarrus al convencio- 
nal Tallien, la víspera del 9 Termidor : 
" Si U. no es un cobarde, evíteme la 
humillación que sufro. Si el peluquero 
no viene, mañana seré cadáver." 

Buenas gentes ! gran siglo ! Y trona- 
mos después desde el Olimpo de nuestra 
decantada filantropía, contra aquellas eda- 
des de hierro en que la razón inerme 
y la virtud no reconocida, sucumbían 
bajo el hacha ó la maza de los bárbaros 
ennoblecidos por Oarlo-Maguo. 

A la hora fijada en los carteles que tapi- 
zaban las fachadas de los cafés, las igle- 
sias y los principales almacenes de moda, 
el teatro contenia una tercera parte más 
de los espectadores de que era capaz- 



u 

Güelfos y Gibelinos se disputaban los 
asientos con no menos ardor del que hu- 
bieran mostrado unos y otros al encon- 
trarse á campo raso. En pocos minutos 
la platea quedó llena, las galerías ame- 
nazaban desplomarse; y sin embargo, la 
multitud se agrupaba á la puerta y 
formaba cola á lo largo de la calle. La 
policía intervino, hizo prohibir la entrada, 
y más de un pisa-verde retardado, mor- 
diéndose los guantes de despecho, tuvo 
que aplazar para ocasión más propicia la 
estudiada, exhibición de su pulidísimo 
tocado. 

Menos imprevisivo que muchos de mis 
colegas literarios, desde las siete ocupaba 
mi asiento; y plenamente satisfecho de la 
artística habilidad con que habia trans- 
formado mis lacios cabellos en intrin- 
cado laberinto de rizos, que hubieran 
realzado la misma cabeza de Medusa; 
así como de la rigidez del cuello de ini 
camisa, que á manera de corbatín de mi» 



lo 

litar, me obligaba á guardar una apos- 
tura erguida é* insolente, por entonces 
de moda ; y sobre todo, de la blancura 
de mis guantes, en los que no se había 
escaseado la tiza, me distraía con ver 
crecer aquella humana marejada, que á 
grandes oleadas invadía todas las locali- 
dades. 

Las puertas de los palcos se abrían 
y cerraban con ruido premeditado, ya 
para dar paso á esas adorables compañe- 
ras de nuestra existencia, que tan felices 
nos hacen al derramar sobre las mise- 
rias de esta vida el bálsamo misterioso 
de su cariño, y que como bandadas de 
pájaros de variado plumaje, tornaban po- 
sesión de sus nidos ; ya para dar entrada 
á los altos personajes de la política, á 
quienes la multitud, como un can con- 
sentido, gruñía ó acariciaba á su ca- 
pricho. 

Un murmullo inarmónico de alientos 
confundidos, de palabras cortadas, de ad- 



16 

miraciones y estornudos, se esparcía en 
la tibia atmósfera que se respiraba en el 
recinto, donde el gas, de nuevo introdu- 
cido, lanzaba con profusión sus penachos 
ñv fuego. 

A pesar de la muda contemplación á 
*|tie se entregaban mis ojos, y de la 
curiosidad avivada a cada instante por 
la presencia de nuevos astros que venían 
4 deslumhrarme ; no dejaba por eso de 
experimentar los rudos empellones con 
que la muchedumbre que se agrupaba 
«n torno mió, acariciaba mi pobre hu- 
manidad. Por flemático que fuera mi 
•carácter, la paciencia empezó á abando- 
narme ; los empellones se haciau tan 
repetidos, que no rae daban tiempo para 
devolver los afectuosos saludos que creia 
recibir. Tres duelos había evitado ya 
á tuerza de prudencia ; y convencido al 
Su, no sin trabajo, de la imposibilidad 
áe sostenerme en el puesto que ocupaba, 
me., disponía á efectuar una prudente re- 



17 

tirada, cuando sentí de improviso que 
me tiraban por las faldas del frac. Lle- 
no de ira volvíme con presteza, dispuesto 
á castigar tanta insolencia, y mis ojos 
airados se fijaron en un brazo enjuto, 
forrado de casimir, que atravesando por 
entre dos espaldas corpulentas, estre- 
chamente unidas, amenazaba arrancarme 
las faldas; mientras que el resto del 
cuerpo del que así me acariciaba y á 
quien no alcanzaba á distinguir tras la 
espesa muralla que le cubría, hacia he- 
roicos esfuerzos por llegar hasta mí. La 
mano que tan vigorosamente tiraba de 
mis faldas, con grave detrimento del 
paño de mi frac, debilitado por el abuso 
de los álcalis, era pequeña ; pero calzada 
como estaba por un guante pajizo pla- 
gado de viejas escoriaciones y tres veces 
mayor que la medida que venia á su ta- 
maño, me era desconocida. Sin embargo, 
la brega continuaba, mi pobre frac, hasta 
2 



18 

entonces paciente, comenzaba á quejarse ; 
el temor de una violenta poda reanimó 
mi energía, y exasperado por la teme- 
ridad de aquel impertinente, quien á pe- 
sar de sus reiterados esfuerzos no lograba 
realizar su intento, así el brazo con fuerza 
y lo tiré hacia mí. La presión de mi mano 
debió causar poco agrado al paciente, 
porque le oí exclamar de pronto con 
tono lastimero: 

— Cuidado, querido, me vas á arrancar 
la manga : 

Y luego más distintamente: 

— Señores, señores, tengo el numero 
16: déjenme UU. pasar. 

Lleno de gozo y de sorpresa, reconocí 
la voz ; solté el brazo, que dejó en mi 
enyesado guante una mancha bien de- 
finida de índigo, y saludé á Franz, cuyos 
atusados mostachos alcancé á divisar. 

Por una íeliz casualidad, el número 16 
marcaba el asiento inmediato á mi de- 
jecha, y Franz, ayudado por mí, logró 



19 

instalarse en él. Entonces le pude con- 
templar á mi sabor, y confieso que rae 
dejó absorto la habilidad con que Labia 
podido hilvanar su tocado. Los ojos r 
azules, más vivos que de ordinaria, le 
brillaban con la perfecta lucidez del genio, 
bajo el negro sedoso de los cabellos y 
sobre el tinte sombrío de los mostachos, 
embadurnados con abundante y vigoroso 
cosmético. El coronamiento de la fa- 
chada de Franz, nada dejaba que de- 
sear; y por lo que hace al resto de su 
simpática persona, debo añadir que 
se hallaba en armonía con tan bien exhor- 
nado capitel. El talle, feble y elegante, se 
lo ajustaba con \m estrecho frac, militar- 
mente abotonado, para ocultar la ausencia 
del chaleco; y aunque las mangas, por 
extremo cortas, (capricho de poeta) dis- 
taban no poco de sus manos, lo que bien 
podia darle un aire picaresco de estu- 
diante estrafalario, tal desperfecto lo 
corregía el batista de la corbata pulcra- 
mente irreprochable.. 



20 

Nadie, hasta ahora (y permítaseme 
esta pequeña digresión) sin pecar de in- 
justo ó descontentadizo, se ha atrevido 
á contestar la superioridad de Franz sobre 
la generalidad de los que, con justo tí- 
tulo, pueden llamarse nuestros poetas pa- 
trios ; pero corno pocas veces obtiene 
el mérito cumplido galardón, las pro- 
ducciones literarias de nuestro amigo, 
aplaudidas con sincero entusiasmo has- 
ta por sus propios rivales, no han lo- 
grado proporcionarle una posición ven- 
tajosa en el comercio de la vida de este 
país, donde la poesía no corre ni á la 
par de la deuda consolidable ; y más de 
una vez este hijo privilegiado de las 
musas, á pesar del lustre de su nombre 
y de su reputación merecida, se ha visto 
compelido á abandonar el Parnaso, no 
por falta de inspiración, sino de aliento, 
para buscar en el trabajo material el mez- 
quino vivir que por las calidades de su in- 
genio no ha logrado procurarse. Sin em- 



21 

bargo, y esto vaya, en abono de nuestro 
amigo, á pesar de todas las contrariedades 
sufridas, Franz ha conservado su espiri- 
tualidad : la filosofía en que abunda, le 
salva del suicidio, y sin analogía con el 
vate quejumbroso, que harto de desen- 
gaños, rompe la lira y se ahorca con sus 
cuerdas plañideras, Franz se rie de sus 
penas con estoica resignación, y repite 
como Galileo á los que se esfuerzan en 
desconocer su ingenio : 

" E pur si muove /" 

Ya se comprenderá por esto que la 
llegada de un personaje como Franz, pro- 
dujo no poca sensación entre mis veciuos, 
los que gustosos se estrecharon para 
dejarle asiento. 

— Diablo de muchedumbre! exclamó el 
poeta, dando espansion á sus fatigados 
pulmones, y corrigiendo en cnanto era 
posible el desorden de su traje. — Por 
poco me hacen dejar en la contienda 
el paño que me sirve de capullo. Pero 



r 7<> 

¿¡A 

al fin, ya estamos instalados. Y vol- 
Tiéndose bácia raí, añadió á tiempo que 
armaba sus je molos : por lo que á tí 
respecta, te considero encantado, pues 
veo exbibirse á tus ojos todo lo que 
ía fatuidad tiene de más halagador. 

— Vienes de mal humor esta noche, 
íe dije, y te aseguro que lo siento, 
porque podríamos divertirnos. 

— I De mal humor! Por el contrario ! 
Jamas me he sentido más satisfecho de 
mí mismo. A tuerza de ser lógico, he 
ganado una apuesta. 

— Una apuesta f Pues estás de suerte. 

— Así lo creo. Pero juzga por tí, si 
tengo ó no razón para darme por satis- 
fecho. Terminé hace algunos dias una 
oda á la Boma de Augusto, que á 
juicio de los clásicos y románticos que 
se reúnen en casa de Eloy, es una obra 
acabada de alta poesía; la crítica no 
halló dedo que morderle, y todos á una, 
entusiasmados, me pronosticaron un gran 



23 

triunfo. Pero yo que me precio de 
conocer mi país en su parte moral, 
tanto como Oodazzi su geografía, y que 
he visto marchitarse sobre trentes pri- 
vilegiadas, á la sola influencia del soplo 
abrasador de nuestra zona, como deci- 
mos nosotros los poetas, laureles más ver- 
des y más llenos de savia que los míos» 
me reí hasta reventar de la necia pre- 
sunción de mis cofrades, que se ima- 
ginan todavía causar sensación en Ve- 
nezuela con rimadas querellas. Mas ah! 
yo no contaba con que mi descreimiento 
en materia tan delicada iba á herir vi- 
driosidades. El Capítulo olímpico, re- 
bosado de indignación, estalló como una 
bomba, lanzó un grito unísono capaz 
de rivalizar con el más ruidoso tutti 
de nuestra tropa lírica, y sin pararse en 
pelillos, me llamó pesimista, exagerado, 
excéptico ; y después de razones negadas 
por mi parte y de ejemplos académicos 
que no pudieron convencerme, oí excla- 



24 

mar de improviso á uno de mis colegas, 
rimador mal seguro, pero no del todo mal 
bailado con el Código de procedimientos : 

— " En nombre de Apolo escarnecido y 
de las nueve hermanas, sospechadas aven- 
turadamente de falta de influencia moral 
en nuestra patria, por tí, mal sacerdote 
de su culto, te reto, autor desalentado. . 

— " A un duelo ! pregunté sorprendido. 

— " No ; á que apostemos 

— " Dinero ? volví á exclamar inte- 
rrumpiéndole. 

— " No desciendas á la grosera prosa. 

— "Pues, qué diablos! 

— " Un billete de entrada á la próxima 
ópera, á que tu numen inspirado, me- 
rece esta vez, como siempre, los aga- 
sajos que en castigo de tu descreimiento 
no debían tributarte. 

Sólo me detuve en contestar á esta 
proposición, espetada á quema ropa (y 
que á otro menos convencido que yo de 
un éxito desfavorable habría hecho ti tu- 



25 

bear) el tiempo indispensable para hacer 
el inventario mental de mi bolsillo ; y 
afrontando luego la mirada de mi colega, 
que, cual la de Júpiter Tonante, trataba 
de sojuzgarme, cerramos el pacto con un 
fuerte apretón de manos. Dos días des- 
pués, la oda en cuestión salió inserta 
en El Independiente. 

Franz se detuvo, y asestando sus je- 
melos á los palcos, como un cazador sn 
escopeta sobre una bauda de perdices,, 
comenzó á recorrerlos. 

— Y bien, le dije, viendo que no pa- 
recía dispuesto á terminar su narración. 
I Cuál fué el resultado ? 

— Qué! no lo adivinas? 

— No ; y ni aun me atrevo á sospe- 
charlo. 

— Pues no estás poco simple esta 
noche. ¿ Me ves aquí en el teatro, á tu 
lado, y todavía no entiendes ? 

— Será posible f 

— Por cuan poco te asombras, sen- 



26 

■cilio y bondadoso amigo! exclamó Frana* 
con ironía. Ni mi novia tnvo la curio- 
sidad de leer los tales versos, pretextando 
haberlos leido, no sé donde, con distinto 
encabezamiento. En el club y los cafés, 
los suscriptores encontraron el principio de 
3 a composición exageradamente mi tolo. 
gico, y no la terminaron; y tú mismo, 
añadió fulminando sobre mí una mirada 
inquisidora, estoi seguro que á pesar 
de tu espíritu romancesco, no le has sa- 
crificado los tres minutos que te habrían 
bastado para leería. 

— Oh ! lo que soy yo. . . .es distinto. . . . 
pero en fin, no es de extrañarse. . . .dije 
cortado y buscando una disculpa : tú sa- 
bes que entre otras razones tengo la 
mui especiosa de no estar suscrito á los 
periódicos. 

— Vamos! déjate de tonterías! prosi- 
guió Franz con la mayor cachaza. No 
te atormentes en buscar á tu indiferencia 
una disculpa que no has de encontrar; 



27 

y conténtate con saber que mi contrario^ 
que aun conservaba algunas ilusiones 
sobre el ascendiente de la poesía en nues- 
tra sociedad, ha quedado confundido con 
el triunfo de mi experiencia; pagó el 
billete que me permite el placel- de en- 
contrarme á tu lado, y me prestó estos 
guantes. 

Yo bajé los ojos conmovido, y, á mi 
pesar, volví á ver aquellos guantes pajizos 
de mi amigo, tres puntos mayores que 
su mano, que t^nto me habían impresio- 
nado. Pero Franz, si notar siquiera 
mi emoción, y como si ninguna huella 
hubiera dejado en su alma la anécdota 
que acababa de referirme, continuó tran- 
quilamente recorriendo los palcos con 
el auxilio <le sus jemelos ; mientras que 
yo, realmente impresionado por tanta 
filosofía, lo contemplaba con el alma 
oprimida por esa aguda pena con que 
nos atormenta la desgracia de un amigo. 

— Mi quejido., dije á Franz, después 



28 

de algunos instantes de silencio, con el 
objeto de alentarle : no creo que por 
esa simpleza vayas á abandonar tu lira. 

— Te equivocas, me dijo, la lie roto 
ya sobre la espada del un usurero que 
no quiso empeñarla por dos cuartos. 

— Tendrás entonces que cambiar de 
manera de ser, lo que á tu edad no es 
fácil. 

— Vaya ! hace tiempo que no soi el 
mismo y, te juro, me siento mejor. 

— Pero si te divorcias de la poesía 
¿en qué piensas emplearte! 

— En lo que todo el mundo hace en 
este país privilegiado, donde nada bueno 
se estimula y alienta de una manera 
razonable : en forjarme ilusiones gastro- 
nómicas, en conspirar sotto voce, en ras- 
guñar al prójimo, y en mis largas horas 
de aburrimiento, en rimar villancicos cri- 
ticando las modas, única cosa que se 
puede criticar sin peligro y responsa- 



: 



29 

bilidad, los que, á módico precio, obtendrá 
de mí la complaciente multitud. 

— Siempre es hacer algo que no se 
aparta del todo de tus arraigados há- 
bitos. 

— Sin embargo, no es de lo más di- 
vertido, cuando se tienen saboreados to- 
dos los fastidios y se han desechado 
todas las quimeras que pueden exaltar 
la imaginación y los sentidos. 

— Qué ocurrencia ! Los hombres como 
tú no deben creerse nunca abandonados ; 
pues cuando todo les falta, siempre les 
queda, para consuelo de la vida, una 
porción de esos buenos amigos, jamas 
desleales ni displicentes, que habitan 
sin importunarnos el viejo estante donde 
á más de ellos guardamos nuestra mise- 
ria, y que después de recrearnos con su 
lectura, depositamos por la noche bajo la 
almohada confidente de nuestros sueños. 

— Oh ! exclamó Franz, no pudiendo 
disimular el sentimiento que despertaba 



30 

en él este recuerdo : ya esos amigos no 
existen. 

— Cómo ! i Has perdido tus libros ? 
¿Te has deshecho de tus severos clásicos 
y encantadores románticos! 

— Hace tiempo que paulatinamente han 
ido abandonando el viejo armario, para alo- 
jarse aquí, díjome mostrando su enjuto 
vientre, donde no habrían cabido dos 
hojas de papel arrolladas. 

— Qué me dices ! 

— Que me los he comido. 

— Es posible ! exclamé abrumado por 
doloroso asombro. 

— I Y qué habla de hacer con ellos ? 
me contesto con abandono. Después de 
exaltarme, la imaginación, era de justicia 
que por lo menos confortaran mi estó- 
mago. Así, en este escaso vientre que 
me ves, yacen sepultados con Homero 
y Esquilo, Virgilio y Calderón, Sófocles y 
Shakespeare, Byron y Víctor Hugo, clá- 
sicos y románticos, griegos y latinos, 



31 



antiguos y modernos rimadores: hé aquí" 
su sarcófago, continuó señalándose el vien- 
tre. Y por qué no ? Esta es una tumba 
tan buena como cualquiera otra. 

— Jamas llegué á figurarme que fuera 
U. antropófago ! exclamó un impertinente- 
dirigiéndose á Franz. 

— Y hace U. muí mal en sospecharlo, 
contestó con rapidez el poeta, porque lo 
que soi y lo que he sido es simplemente 
polilla. 

— Pero mi querido, dije á Franz, esa 
es casi increíble. 

— Oh! no hay pero que valga, me 
contestó con volubilidad. Tú no sabes 
lo agradable y delicado que es un clá- 
sico sazonado con hongos. Homero, sin 
embargo, me produjo una fuerte indiges- 
tión ; pero verdad sea dicha, no fué suya 
la culpa sino mia, que tuve la estupidez 
de estofarlo con Zorrilla. 

Incliné la cabeza ante tanta desven- 
tura, y algunos instantes trascurrieron 



32 



sin que mis labios, sellados por la medi- 
tación, tornaran á desplegarse. Este corto 
silencio pareció importunar al poeta, pues 
le oí exclamar de pronto con voz sorda : 

— Todavía hay visionarios ! 

Y cambiando de tono, añadió con ra- 
pidez : 

— Mi querido, persuádete de que las 
viejas ilustraciones son un bocado sucu- 
lento ; pero si esto puede mortificar tu 
ánimo, pasemos á otro asunto. Olvidar 
os una necesidad para el espíritu, como 
comer para el estómago ; y ahogando un 
suspiro que á su pesar estremeció un 
Instante su respiración, añadió alegre- 
mente : 

— Si he podido afligirte, sentimental 

paraninfo, tócame consolarte, y nada más 

ú propósito para volverte la alegría, que 

hacerte notar la fijeza con que te miran 

aquellos bellos ojos desde el palco tercero. 

— Te engañas, contesté, no es á mí á 
«quien ellos se dirigen. 



33 

— Pues entonces será á mí, exclamó 
pavoneándose. 

— Eres portentoso en la exajeracion. 

— Cómo así? 

— Orees ver sombras donde sólo hay 
¿claridad. 

— Que deslumhra. 

— O que engaña, le contesté con toda 
la firmeza que pude dar á mis palabras. 

— Y si para distraerme no me forjo 
una intriga, ¿ qué quieres que haga en- 
tonces ? ¿Te figuras acaso, que mientras 
principia la función y tii te entregas á 
tus quiméricas alucinaciones, debo per- 
manecer con la boca cerrada bajo el vien- 
tre de ese voluminoso contra-bajo que 
amenaza desplomarse sobre mi cabeza ; 
y sometido á los rayos atray entes de tan- 
tos bellos ojos que me ven sin mirar- 
me, y de tantas sonrisas seductoras que 
no me piden ni un madrigal ? Pues en- 
tiende que tiene poco de divertido ; pero 

3 



34 

así son UU. los enamorados, egoístas 
hasta la crueldad, y reservados basta el 
punto de desmentir con los labios lo que 
pregonan con los ojos. 

— Adoleces de una indiscreción in- 
corregible. 

— Y tú de una severidad desespe- 
rante. Pero no tendrás más de qué que- 
jarte 

Y cambiando la dirección de sus je- 
melos añadió con malicia : 

— Supongo que por este lado no hay 
inconveniente, á menos que aquel palco 
que queda aun vacío junto al del Mi- 
nistro americano, se llene favorablemente 
por tu cuenta. 

— Transémonos, dije á Franz, y ya 
que te obstinas en descubrir incógnitas, 
trata al menos con tus ojos de Argos 
de encontrar á Beltran, quien acaso nos 
busca, y cuyo asiento á tu espalda acaba 
de ocupar un importuno. 

Sin contestarme púsose el poeta á la 



35 

caza del amigo que deseábamos, y mi- 
nutos después, con el alborozo del ca- 
zador que descubre la pista, exclamo en- 
tusiasmado : 

—Hele ahí ! 

—Dónde T 

— En el sexto palco de la izquierdas- 
Míralo como se desata en requiebros. El 
mui tuno la está echando de Adonis; 
pero mucho me engaño, si el grupo de 
beldades que le escucha, menos conmo- 
vido que asustado, no tiembla al aspecto 
de sus barbas de Fauno, cual tímidas 
palomas á la vista del halcón. 

— Ya lo veo, dije á Franz. Pero qué/ 
diablos! está desconocido. 



36 



III 
Beltran. 

En efecto, para otros que no fuéramos 
sus más íntimos amigos, Beltran estaba 
desconocido. Una raía metamorfosis se 
había operado en él aquella noche. Ges- 
tos y movimientos extraños á su carácter, 
le daban ese tinte extravagante y pin- 
toresco que tan bien saben afectar los 
calaveras á la moda, y que, hasta entonces^ 
jamás habíamos notado eu nuestro amigo. 
Verdad es, que nada disfraza tanto al 
hombre como la vida de sociedad. ¡ Cuán- 
to distamos de lo que realmente somos 
en privado, cuando tomamos puesto en 
las escenas de la comedia social ! La 
humanidad es tau artista, que apenas 
reunidas tres personas bajo cualquier 
pretexto, empieza el carnaval ; cada cual 



37 

se planta su careta, afecta lo que mejor 
le cuadril, se da un carácter especial, 
miente basta quedar satisfecho, y condena 
la sinceridad á refugiarse avergonzada 
en el fondo del corazón. Honrosas ex- 
cepciones, no me frunzáis el ceño ; re- 
cibid la venia á que sois acreedoras. 

Beltran, el más franco de los nacidos, 
pecaba á nuestros ojos; pero ¿ quién no 
lia cometido una falta ? 

Una casaca verde, que, por lo alto 
del cuello y lo prolongado de las faldas, 
habría figurado con ventaja en la Con- 
vención de Ocaña, realzaba el aspecto 
desenvuelto de nuestro amigo, mal ave- 
nido de ordinario con las exigencias ele la 
moda. 

Con todo, é indisputablemente, de los 
tres era el más opulento: calzaba guan- 
tes frescos. El menos millonario era 
Franz. 

Los músicos, preparándose á dar prin- 
cipio á la obertura, ensayaban el tono 



38 

de sus instrumentos : chillaban los violi- 
ínes hambrientos de pezrubia, modulaban 
las flautas, roncaba el contrabajo; y el 
maestro Oarmona, henchidos los carrillos 
de portentoso aliento, lanzaba en las en- 
trañas de su fiel clarinete, todo un 
soplo de tempestad, cuando Beltran, que 
á su vez nos buscaba, alcanzó á divi- 
samos. Arrastrado por su carácter entu- 
siasta, nos saludó con una enérgica pal- 
mada que puso en libertad sus manos 
<le las costuras de los guantes, lo cual 
provocó en el impaciente concurso una 
•de taconazos y aplausos, capaces de ensor- 
decer al mismo diablo. Desconcertado 
-nuestro amigo por aquel prolongado re- 
doble, que sirvió como de eco á su amis- 
tosa manifestación, y por la hilaridad de 
sus vecinas, á quienes no se les habia 
escapado el percance de los guantes, sa- 
ludó confundido, y huyó veloz del grupo 
encantador que le rodeaba, para venir á 
^ocupar su puesto á nuestro lado. 



39 

— Estás magnífico! exclamó Franz, 
examinándolo detenidamente. Las musas 
no habrían vestido á Apolo con más 
gracia, para un baile en el Olimpo. 

— Y UtL, mis amigos? no sé como 
expresarles la admiración que me causan, 
contestó Beltran, sin embargo de que pre- 
fiero esta holgada opalauda á ese frac 
sempiterno de Franz, abotonado hasta el 
pescuezo, y bajo el cual tantos misterios 
pueden ocultarse. 

— Prescinde de semejautes paralelos, 
replicó con rapidez nuestro poeta, en ma- 
teria de buen gusto, no eres autoridad ; 
mira, si no, como llevas los guantes. 

— Como los llevaba, contestó Beltran, 
haciéndolos desaparecer en el bolsillo. 

— Otra inconveniencia, señor mió; los 
guantes han sido hechos para llevarlos 
en las manos. 

— Y cuando rotos? 

— Para ser repuestos. 

Beltran miró á hurtadillas las manos 



40 

del poeta, y dando libertad á una franca 
carcajada, le dijo : 

— Vamos, querido, por fortuna estás 
á salvo de percances como el mío. Pero 
qué diablos ! hablemos de otra cosa ; ocu- 
pémonos de un extraordinario descubri- 
miento que he hecho, y que en cual- 
quiera otro país me valdría de seguro el 
privilegio de invención. 

— Por mi parte, dijo Franz, te res- 
peto desde ahora y considero, como si lo 
hubieras obtenido, pues lo menos que 
se me ocurre suponer, es que has encon- 
trado la manera de hacer odas vendibles. 

— En eso no habría originalidad, tie- 
nes no pocos colegas que de las suyas 
han sabido hacer un buen mercado. 

— I Habrás resuelto entonces el gran 
problema de vivir sin dinero 1 Si es 
así, mi querido Beltran, has conquistado 
toda mi gratitud. 

— Apuras demasiado el rnajin,sin atinar, 
caro poeta. 



41 



— Qué lástima ! Me hiciste concebir 
una hermosa ilusión; y nos saldrás ahora 
con que has descubierto un nuevo pla- 
neta, al cual piensas acaso dar tn nombre. 

— No haya más conjeturas, replicó Bel- 
tran. Mi descubrimiento en nada se re- 
fiere al cielo, donde todo es luz, como 
dicen UU. los poetas, sino por el con- 
trario, á un abismo profundo, donde todo 
es oscuridad y donde difícilmente al- 
canza á penetrar la mirada investigadora 
de la ciencia. 

—El infierno? 

— Te acercas. 

—El limbo? 

— Más oscuro. 

— Ah! la pobreza ! 
- — Te fuisteis demasiado abajo. 

—Pues qué entonces ? 

— El corazón humano. 

— Vaya! exclamó Franz, se trata de 
una autopsia. El asunto es más serio 
de lo que suponía. 



42 

— Y bien, dije á mi vez á Beltran, 
qué has extraído de ese abismo 1 

— Oh ! lo que se saea siempre que 
pretendemos sondearlo, me con testó con 
-amargura : miserias desconocidas que es- 
pantan, mezquindades ridicula* que so- 
brepujan al sarcasmo. 

— Pero en fio, exclamó impaciente el 
poeta, que termine el exordio, que se 
aclare el misterio. Qué has descubierto f 

— Un tipo precioso, mis amigos ; un 
tipo al cual doi caza ha mucho tiempo, 
y cuyo análisis me valdría una fortuna 
si yo fuera romancista. 

— Al fin se nos concede alguna explica- 
ción, murmuró Franz. Pero explícate 
mejor, pues son tanto los estravagantes que 
tenemos á la vista, que difícilmente po- 
dríamos atinar con el que te preocupa. 
* — Supongo que no me creerán UU. tan 
pueril, que descienda á ocuparme de esa 
multitud de comediantes, más ó menos 
hábiles, que nos aturden con sus giros 



43 

fantásticos y nos estragan el estómago con 
el perfume afeminado que despiden. Líbre- 
me Dios de mirarlos siquiera ; lo que yo ad- 
miro, estudio y me euvanezco de haber 
descubierto, entre nosotros, es el gran 
tipo del fantasmón de nueva especie, ó 
del %oseur por excelencia, como dicen 
los franceses; con todos sus ribetes gro- 
tescos, presuntuosos y á veces infa- 
mes: extraño personaje en quien á pri- 
mera vista nada descubi irnos, por más 
que á cada paso le encontremos, ve- 
lado y misterioso como un esbirro ve- 
neciano, ó festivo y azucarado como 
una égloga de Theócrito. Nada en 
su exterior, que nos recuerde al bello rap- 
tor de Elena, ó al amante de Haidea. 
Vanidad y flaqueza es cuanto nos re- 
vela su palabra. "Pobre diablo!" ex- 
clamamos engañados por su humilde apa- 
riencia; pero no procedamos de ligero; 
estudiémosle de cerca, sigamos sus vueltas 
y revueltas, analizemos sus gestos, sus 



44 

miradas, sus hechos ; y. ¡ cuántas re- 
velaciones no esperadas, cuánto lodo, baj« 
tan lucientes atavíos, encontraremos en 
el fondo de esos Adonis misteriosos, de 
esos seres extraños tan difíciles de 
apreciar ! 

— Me estás entristeciendo, exclamo 
Eranz, lo que es una maldad, con un 
deseo de divertirme como el que tenga 
— Oaro poeta, continuó Beltran, esa 
fingida pena me recuerda lo que algu- 
nas veces suelo echar en olvido ; que 
pretendes verlo todo bajo una prisma es- 
pecial, que nada te sorprende, y que 
todo lo juzgas natural y lógico. Pero entre 
nosotros, por lo menos, abandona ese es- 
cudo de mentida filosofía, tras el cual 
tratas siempre ocultarnos tu excesiva 
delicadeza ; y fíjate en mi descubri- 
miento con la seriedad que se merece 

— Me someto, Beltran, me someto k 
seguirte por entre las grietas de ese in- 
fierno á que desciendes, en rolicitud de ¿le 



45 

carbón encendido con qué abrasarme el 
corazón ; tú liarás lo que mejor te plazca ; 
te seguiré; pero á condiciou expresa de 
ao dilatarnos dentro. 

— Aceptado, aceptado, no tendrás de 
qué quejarte, contestó Beltran, y empie- 
cen por conocer uno de los modelos 
más perfecto de esa especie singular. 

Y volviéndose á la derecha, nos indicó 
recostado negligentemente á la puerta 
de un palco, á un melancólico personaje 
eomo de treinta y ocho á cuarenta años, 
dotado por la naturaleza de una de esas 
isonomías que nada dicen espontánea- 
mente, pero en las que con facilidad todo 
puede finj irse ; el cual, en actitud de 
curiosear lo que pasaba en la platea, mi- 
raba asiduamente y con mal ungido di- 
simulo, á una hermosa señora, de traje 
©olor de rosa ; la que sin haber no- 
tado la presencia de tan singular perso- 
naje, era sin embargo la víctima de tan 
extraña pantomima. 



40 

A primera vista, y sin gran esfuerzo 
de nuestra parte, comprendimos el pro- 
pósito que abrigaba aquel hombre, quien 
bajo la capa de una discreción aparente, 
trataba de exhibirse como amante dis- 
creto y apasionado. 

— Adivinan UU? nos preguntó Beltran, 
satisfecho de la impresión que leia en 
nuestros ojos. 

— Semejante propósito es infame, ex- 
clamó Franz, arrebatado por una justa 
indignación; tanto más, cuanto que co- 
nozco la joven contra quien ese hombre 
dirige sus alevosos tiros; y les protesto, 
que es incapaz de permitir que se afecten 
por su cuenta semejantes apariencias. 
Pero volviendo al tipo á que según Bel- 
tran pertenece ese farsante, no estamos 
de acuerdo ; á mi entender, como al de 
todo el mundo, el poseur es el elegante 
infatuado que se exhibe en estudiadas 
actitudes, y que no pierde ocasión de 
hacerse visible, mientras que el personaje 



47 

aludido, á más de carecer de toda ele- 
gancia y atractivo físico, más bien se oculta 
que se exhibe. 

— Precisamente, contestó Beltran, esta 
es la gran variante de ese tipo tan común, 
la que forma una especialidad y motiva 
nuestra investigación. Pero estudiémosle 
á fondo, que no es prudente despreciarle, 
expuestos como estamos á tropezar á 
cada paso con esa especie de reptiles 
ponzoñosos, cuya mordedura no se siente, 
pero cuyo veneno mata. 

Beltran nos hizo notar de nuevo la 
pantomima del individuo del palco, quien 
con una perseverancia sin igual persistía 
en su propósito ; y haciéndonos fijar en 
una multitud ele detalles, que para otio 
menos observador habrían pasado inad- 
vertidos, continuó : 

— Supongo que no desconocen Uü. 
á ese curioso personaje, á quien bien 
puede calificarse de peligroso, y á qnien 



48 

acaso prodiguen alabanzas, labios que no 
debieran abrirse sino para maldecirlo. 

— Lastimosa ceguedad ! murmuró Frauz. 

— Sin embargo, no todos somos ciegos, 
prosiguió Beltran; y aunque los de su 
especie se arrastran de ordinario, no por 
eso se ocultan lo bastante por hacerse 
invisibles. Comediantes de profesión, se 
amoldan sin dificultad á las circunstancias 
más difíciles, y ejecutan el papel que 
ne impouen, con acabada perfección. Tai- 
ma, habría envidiado el repertorio de 
muecas, risas, lágrimas, suspiros y asom- 
bros de uno de estos prodigios de la 
tice ion ; y á fe que mucho habría tenido 
que aprender de ellos el trágico francés á 
pesar de su ingenio. Sentimentales de ofi- 
cio, rasgo característico de que á veces abu- 
san, la nota más insignificante los hace sus- 
pirar y estremecer ; la narración de ac- 
ciones generosas, de escenas conmove- 
doras, hace que sus ojos, secos por na- 
turaleza, se humedezcan de ternura ; 



49 



todo en ellos al parecer, es sentimiento, 
pasión, delicadeza ; sus discursos respiran 
misticismo y amor; hablan de sus afectos 
como Lamartine, entre lágrimas; de Dios 
y de María, como verdaderos poseídos 
de la idea cristiana; y en el fondo, tras 
el velo de la falacia, ríen como Satanás 
de lo que todos veneramos. Su ma- 
yor empeño es aparecer, como hom- 
bres ele ingenio á quienes mima cons- 
tantemente la fortuna; su historia, se- 
gún ellos, es una gran novela, á la 
que cada dia se agrega una pajina 
desgarradora, una aventura galante, un 
triunfo literario ó político. Pero aña- 
damos á lo dicho este último rasgo 
de fatuidad para terminar el bosquejo ; 
protegidos por las sombras, no es ex- 
^ra»o encontrarlos á menudo junto á la 
ferrada ventana de un hogar respetable, 
[onde duermen tranquilas la inocencia y 
virtud. Qué pretenden í Ser vistos; 



50 

el embozo no siempre oculta bien el rostro: 
se dejan conocer. Satifaccion ! ! 

A la mañana siguiente, la calumnia 
con sus mil lenguas emponzoñadas, pro- 
pala la aventura ; el galán crece en la. 
opinión de sus cofrades ; y para el munda 
entero hay un padre ó un marido más, 
engañados. JEJcce homo. 

— Exajeras, dije á Beltran : tan mons- 
truosa comedia es casi incomprensible. 

— Pero no es eso lo que más debe 
sorprenderte. 

— Y qué, hay algo más abominable t 

— No tanto, aun que sí más irritante : 

—Qué ! 

— Que semejantes miserables tengan 
admiradores ! 

— Queridos mios, dijo Franz, calzándose 
los guantes que sin sentirlo se le es- 
capaban de las manos : no formemos es- 
cándalo por semejantes tonterías ; la hu- 
manidad debe aceptarse tal cual es ; y 
los críticos de nuestro pelaje, á más de- 



ol 

pasar por visionarios, caemos con fre- 
cuencia en el ridículo. Esto sentado, 
dejemos que cada cual proceda corno me- 
jor le plazca. 

Beltran lanzó sobre el excéptico poeta 
una mirada de reproche ; y apostrofán- 
dole violentamente iba á espetarle todo 
un curso de moral, cuando se vio in- 
terrumpido por los acordes de la orquesta, 
laque hábilmente dirigida por el maestro 
Servadlo, banquero y personaje en ciernes, 
daba principio á la obertura. 

El silencio no se dejó esperar; ce- 
saron los murmullos; nuestros oídos se 
aprestaron á oir la anhelada sinfonía, y 
con el corazón palpitante de emoción, 
vimos descorrerse la tela y aparecer los 
cantantes. 



OJJ 



IV 

La mujer del collar de rubíes. 



Oh música ! ¡Cuántos desconocidos en- 
cantos, cuántas sensaciones ignoradas y 
aspiraciones agenas de toda miseria des- 
piertas en el alma revelándole su divina 
esencia ! 

La impresión que produjo en mi ánimo 
la triste faz de aquel carácter, aualizado 
por Beltrau, y que en toda otra cir- 
cunstancia me habría sumido en profundo 
desaliento, desapareció á los primeros com- 
pases de la orquesta, permitiendo á mi 
alma embelezacla desasirse de sus míseras 
trabas, y en alas de mil dulces ensueños, 
de mil anhelos desconocidos, vagar sin 
rumbo, por ese mundo misterioso de las 
inefables emociones. 



53 

Amarguras y penas, por esta vez, ha- 
bíais sido vencidas ! Un poder sobre- 
natural os arrebataba vuestra víctima 
y os condenaba á esconderos en el abismo 
del olvido. 

Beltrau, en un arranque de entusiasmo, 
proclamó á Donizzetti el gran arcángel 
del sentimiento rítmico. 

Franz, aplaudía furioso á la Morensi 
por su traje de Orsini. ¡ Pobre Franz ! 
De sus amigos, acaso era yo el único 
que sabia comprenderlo ; por lo que no 
me causó gran extrañeza oirle exclamar 
suspirando, al terminarse el primer acto : 

— Amigos mios, me declaro enemigo de 
Donizzetti. 

— Quieres decirnos la razón 1 

— Por qué no ? Hace soñar de ma- 
siado con esos ilusorios fantasmas tras los 
cuales corremos desatentados sin alcanzar- 
los jamas. Gloria, fortuna, amor, prosiguió 
Franz con amargura | sois acaso otra 
cosa ? Sí. Sois tres furias, que habéis 



54 

jurado enloquecerme ; tres demonios, en- 
carnizados en destrozarme el corazón. 

— -Más filosofía, señor poeta, dijo Bel- 
tran, poniéndose de pié, puede que algún 
dia logres echarles la garra, y vengarte 
hasta la saciedad. 

— Alguu dia!. . .Bella esperanza ; cuan- 
do ya no me quede de juventud ni un 
minuto que ofrecerles ; cuando mi co- 
razón envejecido sea un sepulcro vacío, 
y mi alma desmayada, la prostituida cor- 
tesana del egoísmo. Mira, Beltrau, para 

entonces, hay algo más consolador. la 

muerte. 

— Qué bellos ojos los de Laura, mur- 
muró tímidamente á nuestra espalda un 
imberbe adolescente. 

— Amelia, es más hermosa, agregó un 
compañero. 

— No tiene su candor. 

— Le sobra gracia. 

— Seria feliz si pudiera atraerme una 
sola <le sus miradas. 



55 

— -Yo daría la existencia por merecer 
de ella una sonrisa, 

— Escucha, escucha, dijo Beltran al 
poeta, tienen menos que tú, y no se dan 
al diablo. 

—Precisamente, porque carecen de as- 
piraciones. 

— Te engañas, porque saben confor- 
marse. 

— Bella virtud, señor filósofo, la de co- 
mer con las encías cuando faltan los dientes. 
Por mi parte declaro, que he de de- 
sear siempre tanto, que el cielo para satis- 
facerme ha de verse en aprietos. 

— Comprendo, señor mió, dijo Beltran : 
César, Creso y don Juan fundidos en 
un ser. No pide poco. 

— Acaso me supere Humberto. 

— Yo, dije al poeta; tengo una ilusión, 
que basta sola para llenar mi alma. 

— Idealidades, mi querido, prosiguió 
Franz, idealidades como las mias : humo 
de estufa que se apaga, incienso sin 



56 

altar, altar sin diosa. Te compadezco ! 
La mujer con que sueñas, no exis- 
te. Desechemos, Humberto, la mala 
yerba con que se nutre nuestra imagi- 
nación. Imitemos á Beltran. Ser filó- 
sofo en la tierra, equivale á haber com- 
prado una poltrona en el cielo. Cantemos 
y riamos; y sin quejarnos, dejemos que 
la rueda del infortunio nos triture los 
huesos. 

— Prefiero oirte en ese tono, dijo Bel- 
tran al poeta : por lo menos no me re- 
galarás á cada paso con un monólogo de 
Hamlet, ó una sátira de Marcial. 

— Pues si te agrada, juro que he de 
dejarte satisfecho. 

Y cojidos del brazo, mis dos amigos- 
dejaron la platea, después de hacer vanos 
esfuerzos por arrancarme de mi asiento. 

En la situación de ánimo en que me 
encontraba, me fué imposible seguirlos. 

Mil recuerdos queridos, mil halagos 
arrobadores, evocados por el prestigio de 



57 

la música, acariciaban mi memoria, ex- 
tasiaban mi espíritu. En el lejano ho- 
rizonte del pasado, iluminado por vivos 
y frecuentes relámpagos, veia reflejar se r 
como sobre el cristal de un espejo en- 
cantado, los primeros años de mi vida r 
poblados de simpáticas imágenes, de sen- 
tidas memorias y de tiernas caricias. 
Dominada la imaginación por una vo- 
luntad superior, complacíase en descorrer 
uno á uno, los densos velos que va arro- 
jando el tiempo á nuestra espalda, sobre 
cada una de esas horas felices de la 
juventud, cada vez más deseadas, á pro- 
porción que las dejamos más distantes ^ 
y traspasando luego los estrechos límites 
déla memoria humana, flotaba á merced. 
de aspiraciones ideales, en las regiones 
misteriosas de los sueños y de los recuerdos 
de otra vida, donde nos parece haber 
volado con alas de querube antes de 
ser mortales, y á donde llenos de amo* 
esperamos volver algún dia, impelidos por 
el soplo de Dios. 



58 

Entretanto, al drama interrumpido j 
la escena, seguíase la variada comed 
que se representaba en los palcos, don» 
los actores sosteniau sus papeles con : 
menor perfección. 

Mis dos amigos, rompiendo con s 
preceptos filosóficos, no fueron de 1 
áítimos en tomar parte en esas comedi 
ée circunstancia, en que tauto se fio 
y aparenta. Franz, el espiritual, el poei 
el noble companero de todo infortur 
bien llevado, tuvo el capricho (quizá p 
vengarse de los ultrajes de la pobrez 
de hacerse presentar como banquero j 
tirado, á una familia recien venida 
provincia; y Beltran, el hombre re( 
por naturaleza, el crítico severo, el 
iósofo observador, no pudo resistir á 
tentación de olvidar por un instan 
tras la careta de un carácter cualquie 
sus penas importunas ; y á pesar de 
haber montado en su vida otro esqu 
que un bote, y de no haber surca 



59 



otro océano que el lago de Valencia, 
se hizo pasar, para con dos viajeros portu- 
gueses, que venían de recorrer el Ama- 
zonas, como uno de los exploradores del 
polo ártico, digno émulo de los Franklin 
y los Cook. 

La empresa era difícil, mas no des- 
esperada, para quien como Beltran tu- 
piera sobra de audacia. El éxito coronó 
•sus esperanzas ; y diez minutos después 
de haberme abandonado, mis dos amigos 
volvieron á ocupar sus asientos : Franz, 
tranquilo y satisfecho, cual conviene á un 
envidiado millonario ; Beltran alegre y des- 
i pejado, como cuadra á los héroes del mar. 

Por segunda vez se descorrió el telón 
y*los cantantes absorbieron de nuevo la 
| atención general. Farfan ( # ) á la cabeza 
de los coros, hizo prodigios de voca- 
lización ; Colon (*) no fué menos feliz, con 



(*) Antiguo corista de nuestro teatro, 
(*) ídem. 



60 



su voz estentórea logró apagar e¡ 
trabajo y enmudecer el bombáis 
la galería estuvo de su parte, 
estos triunfos alcanzados por tan t 
pitosos coristas, el resto de las es< 
de este acto, llenas de simpática iL r 
lidad, pasaron sin mucho efecto. IíL 
lanje dilettcmti esperaba con i mpacitl 
el gran terceto, y entre un nutrido 



leí 



de bravos y palmadas, aparecieror, 
fin, el duque y la duquesa de Ferr 
La 'Cortes!, espléndida de magestad 
su carácter de Lucrezzia; Amodio, su I 
me, en la manera de servirse de su 
ganismo privilegiado. Los aplausos e 
vez fueron justamente prodigados, y 
entusiasmo de los espectadores rayfj 
en frenesí, cuando apareció MussianiJ 
comenzó el tgrceto. 

I Quién que baya oído una vez solí 
este sublime concierto de voces, opuesti 
en sus modulaciones, cambiantes en s 
giros, y fundidas, puede decirse así, p 



61 

io inspirado de Donizzetti, en arre- 
ara melodía, ha podido olvidarlo ? 
n no se ha sentido fascinado por 
scena conmovedora, en que el amor 
venganza, la desesperación y el 
imo, luchan sin abatirse con el cri- 
que los domina? 

erceto se cantaba en medio de un si- 
profuodo, guardado por los especta- 
que reprimian el aliento, temerosos 
>ar á los ecos dulcísimos que vibraban 
recinto, sus menores detalles ; y 
•as almas, arrulladas por una su- 
de gratas emociones, mecíanse blau- 
ite, sobre ondas de indecible ar- 
L cuando de súbito, á un tiempo, 
io tocados por un mismo resorte, 
Mecieron los cautantes á la mitad 
la frase comenzada, y una excla- 
E de asombro sobrenatural brotó 
una sola voz, de las dos mil personas 
[ncerraba el recinto, 
paralización repentina del drama, 



62 

la admiración que se r 

blante de los artistas. ^ ÍDtate en el se f 
exclamación que ' y ^ mli * multi l 
despertaron mi < reSon6 %m mis oid * 
lezo. Sin cor ^ nia c * e sia *°^® e ern * 
volví los oj' -^Prender lo que pasal 
convergían JS hacia eí pnnto á don 
de pasr ' ^das * as i»*tadas t y un gri 

•p, jo se escapó de mí pecho, 

pocr !**&*>> hasta entonces vacío, qi 
., ,* tefces me habia indicado Fran 

M%i al dei ministro americano, no 

/4$i?aba ;ya-; y «el nuevo ocupan tp, de p 

/"y >eigukfo entibe las gasas que le rodeabaí 

jpaseaiba sus miradas tranquilas sobi 

-nuestras calzas, sin notar siquiera 

'írripresion profunda, causada por su pr< 

•sencia. 5Lste ser extraordinario era un 

5 mujer, desconocida para todos, pero par 

•todos reina por la actitud, diosa por 1 

'hermosura. Altiva y voluptuosa, ins: 

nuante y fascinadora, su belleza sobrehu 

mana •atraia el corazón como un pol 

: imaritados Para apreciarla, la imagina 



63 



¡ion tenia necesidad de levantarse é ir 
i, buscar, lejos del mundo, la misteriosa 
üente de aquella creación maravillosa. 
Reminiscencia palpitante de todos nues- 
bros sueños de amor, fantasías de ju- 
ventud, ángeles vaporosos, sirenas en- 
cantadas, diosas olímpicas, todo, todo 
se revelaba y traslucía en aquella criatura 
sorprendente, que nadie se explicaba, 
¡y que, dominados los ánimos por las 
impresiones del drama que se representaba 
a nuestra vista, aparecía como la propia 
hija de Alejandro VI, evocada de su 
tumba de cuatro siglos, con toda la pom¿ 
pa y majestad de sus dias privilegiados* 
A manera de la túnica antigua ce^ 
ñia su talle esbelto un traje de ter- 
ciopelo negro como sus ojos, en el 
cual resaltaba la blancura láctea de sus 
hombros desnudos y de su seno W~ 
luptuoso, mal aprisionado. Su opulenta 
cabellera, recogida á la griega por una 
diadema de diamantes,esplendorosos como 



64 

estrellas, dejaba á descubierto el. contorno 
delicado de su cuello y las clásicas líneas 
de sus pálidas facciones, que habrían 
podido tomarse por las de un antiguo 
camafeo de Aspasia, si el brillo de los 
ojos no expresase más vida en aquella 
estatua de alabastro, que la acaso otor- 
gada á una simple mortal. La cintura 
j" los brazos, modelados por los de la 
Venus de Arles, estaban aprisionados con 
«cintos y brazaletes de brillantes ; y sobre 
el seno de ondulaciones palpitantes, des- 
causaba como dormida sierpe, un triple 
collar de rubíes peregrinos que lucian 
á distancia como gotas de sangre. M 
«na flor, ni una cinta, ni otro alguno de 
Jos sencillos atavíos, compañeros de la 
íuocencia y la virginidad, adornaban su 
traje, quizá severo hasta el desabrimiento, 
sin la abundosa profusión de piedras precio- 
sas que lo esmaltaban, y cuyos prismáticos 
reflejos, la hacían aparecer tras una atmós- 
fera resplandeciente de púrpura y de luz. 



05 

Jamas, desde la odalisca hasta la sul 



tana, desde Semíramis hasta Cieopatra 
profusión más espléndida de encantos y 
riqueza, ostentó sobre sí la fantástica 
vanidad de la mujer. 

A su presencia todo quedó eclipsado; 
la hermosura de nuestras beldades, sus 
adornos elegantes, sus gracias seductoras, 
y los mil atractivos que hasta entonces 
nos habían embelezado, desaparecieron 
instantáneamente, cual una pléyade de 
estrellas sorprendidas por el sol en medio 
de la noche. 

El asombro que produjo semejante mu- 
jer rayó un instante en lo maravilloso, 
y, fué tal la alucinación de nuestro es- 
píritu en el primer momento de es- 
tupor que se siguió á la aparición de 
la desconocida, que llegamos á creer que la 
tierra precipitando su carrera, habia 
vuelto á la luz la faz por entonces su- 
mergida en las sombras, y que el dia, ines- 



66 

perado, con sus orlas de iris y sus rayos de 
fuego, nos sorprendía de improviso. 

Por algunos minutos contemplamos 
absortos aquella portentosa aparición ; y 
sólo cuando la nueva Aurora se hubo 
sentado en su cano de triunfo, que 
en tal se transformó su palco, pudimos 
advertir que un hombre, tan extraño 
como ella, la acompañaba. 

Los cantantes, vueltos de su estupor, 
continuaron el interrumpido terceto ; pero 
ya nadie se curaba de ellos : al oido 
se sobreponía la vista doblemente im- 
presionada; y entre un murmullo de 
preguntas, exclamaciones y extravagantes 
conjeturas lanzadas en voz alta, terminó 
con frialdad glacial aquel bello terceto que 
tanto nos habia cautivado en su principio. 

— Esa mujer es un ángel, dije á mis 
amigos, sin poder dominar la emoción 
que me abogaba. 

— Un áugel ? repitió preocupado Bt*f- 
tran ; los ángel es no qu e m .• n i I 



67 

— Pues yo sostengo, agregó Franz, 
que á no ser un ángel como supone 
Humberto, es una nereida, una sirena, 
una diosa escapada del Olimpo: Venus 
ó Diana; Minerva ó Proserpina. 

— Disparatas, poeta, tornó á decir 
Beltran, esa hermosa criatura es sim- 
plemente una mujer. 

— Eres de mármol. 

— Y tú, querido Franz, de yesca. 

— Lo prefiero. 

— Quizá no diga menos. . . . 

— Di cuanto quieras, pero conven con- 
migo... , .. 

-—En qué! pregunto Beltran interrum- 
piéndole. 

— En que todo lo que vemos es sobrena- 
tural. Por un inesplicable fenómeno q le 
no trataré de protundizar, mi espíritu 
despliega las abatidas alas, remóntase 
ufano á las regiones venturosas donde 
no alcanzan las mezquinas miserias te- 
rrenales, y al rededor del almo sol de la 



68 

dicha y la gloria gira aturdido, como un 
insecto de doradas alas en torno de la 
llama en que habrá de abrasarse. 

— Lo dices con una seriedad tan trá- 
gica que espanta. 

— Es posible, amigo mió ; pero si 
quieres convencerte y experimentar lo 
que yo experimento, agregó Franz ex- 
tremeciéndose, antes de que el astro te 
deslumbre, analiza á su satélite, y di nos 
de dónde habrá salido. 

— Oh ! lo que es el, del infierno, 
exclamé descubriendo en el fondo del 
palco de la desconocida, á un sombrío 
y taciturno personaje, cuyos .¿ojos ^Pe- 
netrantes, fascinadores é inmóvilesjcomo 
los de un ave de rapiña, le resalta- 
ban siniestros en las profundas órbitas. 
Cubierto por la capa que hasta entonces 
le sirviera de embozo, aquel ente sin- 
gular habría podido pasar por una sombra } 
pero de pié y erguido como en aquel 



69 

momento se ostentaba á nuestros ojos, 
me pareció un fantasma. 

— Curioso personaje ! dijo Beltran ofre- 
ciéndome sus gemelos. 

— Y tan curioso, añadió Franz, que 
si uno de nosotros fuera Fausto, ya 
habría reconocido en ese hombre á Me- 
fistófeles. 

Sin hacer uso del ofrecimiento de 
Beltran, volví á mirar de nuevo hacia 
el palco encantado, y por una de esas 
extrañas coincidencias, que á veces co- 
rresponden á nuestros más íntimos y 
ardientes deseos, mis ojos y los de la des- 
conocida se encontraron. 

Di un grito; mis pupilas quedaron 
deslumbradas, y un torrente de fuego 
me abrasó el corazón. 

— Oh ! estoi ciego, estoi ciego, exclamé 
horrorizado ; no miréis á esa mujer. 

— ¿ Qué tienes ? qué sucede ? excla- 
maron mis amigos. Explícate, y salgamos, 
si es que estás indispuesto. 



70 

— Oh! no podría hacerlo, una fuerza 
irresistible me lo impide. 

— Estás loco, ó te burlas de nosotros,, 
argüyó Beltran que no alcanzaba á 
comprender lo que pasaba en mi or- 
ganismo. 

— Xi lo uno, ni lo otro, les contesté 
confundido : pero siento que se ejerce 
sobre mi ser moral una presión que rae 
subyuga. 

Y en efecto ; algo oculto, pero de una in- 
fluencia extraña y misteriosa, dominaba 
mi espíritu. Una chispa infernal parecía 
incendiar mi cerebro, y sin fuerzas que 
oponer al trastorno en que giraba mi 
cabeza, me encontré sometido al encanto 
que me fascinaba, como la mariposa 
al atractivo de la llama. Por fortuna esta 
impresión penosa, esta sobre-excitacion 
inexplicable fué apenas de un instante ; 
mis pupilas encontraron de nuevo la 
sombra apetecida, para reposar de tanta 
claridad ; mi espíritu abatido tornó & 



71 

vigorizarse; abrí los ojos r y no sin pe- 
sadumbre vi que mis dos amigos, dudando 
de mi sinceridad, reian á mis expensas ; 
mientras que la extranjera, acaso sa- 
tisfecha de su triunfo, buscaba entre la 
multitud otra víctima que incendiar con 
el fuego de su mirada. 

— Caro amigo, díjome Franz, armado 
de una de esas sonrisas en la que se 
trasluce fácilmente el sarcasmo, te bas 
convertido en una sensitiva, ó eres un 
gran farsante; pues nos lias representado 
tan á lo vivo la escena de Minerva y 
Thiresias, que casi nos la bas hecho creer. 

— Y qué! exclamé ingenuamente sor- 
prendido, l uad-i han sentido UU ! 

— A no ser un pequeño movimiento 
aquí dentro, dijo Beltran indicándose la 
parte del pecho que corresponde al co- 
razón, nada hemos experimentado. 

— Entonces, habré sido el más necio ó 
el más desgraciado. 

— Por el contrario, se apresuró á con- 



testarme Franz. A creer lo que has dicho, 
gesticulado y suspirado, nadie ha ex- 
perimentado lo que tú, a la vista deesa 
portentosa beldad ; lo cual debe probarnos 
que sus efluvios magnéticos tan sólo han 
simpatizado con los tuyos. Esta habría 
sido la opinión del gran Mesmer si se 
la hubieran exigido ; puedes estar seguro. 

—Y la tuya? 

— Oh ! la mia, añadió el poeta afec- 
tando la suficiencia de un consumado 
taumaturgo, no será menos científica, 
pero sí más atinada ; pues se reduce á 
sostener que casualmente en el momento 
en que tus ojos y los de la desconocida 
se encontraron, efectuábase en tu estó- 
mago, acaso mal alimentado, una revo- 
lución inesperada, y que engañado por tu 
genio fantástico, te has creído atravesado 
por un rayo de Júpiter, cuando sólo 
eras víctima de una aguda gastritis. 

— Búrlate cuanto quieras, le dije, más 



73 

ojalá 110 llegue el caso de que experimen- 
tes lo que yo. 

Singular coincidencia! Apenas había 
terminado de pronunciar estas palabras, 
cuando una mano larga y descarnada se 
apoyó familiarmente en el hombro de 
Franz, quien como tocado por la electrici- 
dad, dio un salto en el asiento, permitién- 
donos ver á nuestra espalda al misterioso 
compañero de la desconocida, que cere- 
monioso y diligente se apresuró á de- 
cirnos, presentándonos una esquela per- 
fumada: 

— Caballeros, Ja persona que á vuestras 
manos hace llegar esta esquela, espera, 
confiada en vuestra cortesía, que no 
opondréis excusa á la súplica que en- 
cierra. 

Dicho esto, [y sin siquiera esperar de 
nuestra parte una respuesta, que dada 
nuestra turbación, difícilmente habríamos 
encontrado, nos hizo una profunda re- 
verencia,} y desapareció. 



Beltran, que babia tornado el billete 
sobre cuya cubierta se leían nuestros 
nombres, rompió el sello y leyó lo si- 
guiente : 

" Señores: si no tenéis inconveniente 
en hacer nuevas relaciones, venid, ter- 
minada la ópera, á cenar á mi casa, 
donde seréis tratados como amigos." Esta 
esquela no estaba firmada, pero en cambio 
tenia esta posdata : "Cómo probable- 
mente no sabéis donde vivo, mi coche 
os esperará á la puerta." 

No causó tanto asombro á Don Juan 
la aparición del Convidado de piedra, como 
á mis dos amigos y á mí esta singular in- 
vitación que precisamente lecibiamos en el 
momento en que los convidados de la Bor- 
gia apuraban el veneno fatal; y cuando más 
que nunca, ofuscada la imaginación 
por el lujo y la hermosura de aquella^ 
mujer extraordinaria, resbalábamos sin 
notarlo hacia el abismo de la superstición. 



75 

Sin dirigirnos una mirada, sin mur- 
murar una palabra, mudos y extáticos 
de asombro, permanecimos todo el tiempo* 
que nos fué indispensable para vencer 
las sobrenaturales sugestiones que nos 
dominaban, y darse cada uuo á su ma- 
nera la explicación de tan inusitado pro- 
ceder. Luego, por una sucesión de apre- 
ciaciones más ó menos halagadoras, al 
asombro siguió la admiración ; á ésta,, 
un sentimiento indefinible tras el cual se 
irguió la vanidad ; y al fin, la satisfacción 
y el orgullo aparecieron dominándolo todo.. 

A un tiempo, y con simultánea ra- 
pidez, nuestras cabezas abatidas tornaron 
á levantarse ; nuestras miradas se encon- 
traron ; y en los labios de mis amigos, 
yí dibujarse lo que sentía en los míos r. 
ana sonrisa de triunfo. 

Olvidándose de su expuesta teoría, Franz 
peyó encontrar la cau-a de la predi- 
lección de que era objeto, en los pro- 
fundos misterios de ese imán poderoso^ 



76 



oculto en nuestras almas, al que da» 
el dulce nombre de simpatía. 

Beltran, por el contrario, inclinado i¡ 
la escuela, materialista, se atuvo án| 
-que todo ¿i los atractivos de la plásti 
comparó con las nuestras sus natura 
prendas, y se adjudicó la victoria. 

Yo, á mi vez, declaro mi debilid. 
me creí el agraciado ; y sin fatigar 
en buscar nuevas pruebas, me confori 
con lo que habia sentido. 

— Oh vanidad ! cómo perturbas el < 
imita con tus engañosas presuncione e 
Pero ai! cuan pocos son aquellos, qu 
una vez por lo menos en el corto períon, 
de esas horas felices de la juventi$ 
no se han sentido poseídos de esa in 
¿eente fatuidad, que la experiencia 1 
gra hacer menos halagadora, pero q 
los años difícilmente nos hacen olvidí 
Decidida que fué la aceptación del obs 
quio, Franz tomó una actitud señoril, qi 
«cuadraba admirablemente con su aire ari 



77 



■ático y con el papel del millonario 
poco antes habia representado. Bel- 
se atusó los mostachos ; despejóse la 
inada frente de la invasión de su des- 
nada cabellera ; y con la arrogancia 
el marino avezado al peligro descubre 
ontananza naves enemigas, esperó,, 
uo y confiado en su estrella, los lau- 
del triunfo. 

ira no faltar á la verdad, añadiré 
por mi paite no dejé de estirarme, 
decimos vulgarmente; y que mis 
ios, hasta entonces tranquilos, se 
sron incomodados, ya por la hin- 
bn que sabe producir la vanidad, 
lorque mis nuevas y hasta entonces 
ijadas actitudes, requerían amplio 

3Í0. 

I medio de tan variadas emociones, 
era habia llegado á su término., 
^feliz Genaro, rechazando noble- 
> 3 el antídoto que no bastaba para 
también á sus amigos, espiró re- 



78 

signado entre notas de incomparable du 
zura, en tanto que el remordimiento 
la desesperación desganaban el alma d 
Lucrezzia, Satisfecho de la veugauz 
que le ofrecia el acaso, Don Alfonst 
apareció á su vez fulminando sobre aquell 
escena desastrosa una sonrisa de inferna 
triunfo y de feroz alegría. Y el maesti 
•Servadlo, cual mágico encantador, co 
un movimiento de batuta, á manera d 
acápite, dio punto al drama y enmudecí 
la orquesta. 

La tela, en giro lapido, cayó esta ve 
para no levantarse. Los espectadore 
requirieron sus sombreros y sus capas; j 
del drama conmovedor que acabábanlo 
de presenciar, no quedó en el proscenio otr. 
huella palpable que las rígidas pierna 
de un moroso comparsa, extendidas 
abiertas, cual desmedido compás, entre € 
pintado lieuzo y la concha del consuet 



79 



V 

Soñar despierto. 



No sin dificultad logramos, mis amigos 
¡y yo, abrirnos paso basta la calle, donde 
la multitud que abandonaba el teatro, 
con la misma precipitación con que á 
iél había entrado,se deteuia á contemplar un 
magnífico carruaje, uncidos al cual estaban 
seis soberbios caballos, de ojos centellan- 
tes, de crines erizadas, y cuyas negras pie- 
les brillaban á la pálida claridad de la 
luna con fosfóricos reflejos. 

Envuelta en amplio chai de cachemira 
[escarlata, y sentada en la testera del ca- 
rruaje, sobre almohadones de plumas bor- 
dados de oro y seda, vimos á una mujer en 
¡quien al punto reconocimos á la miste- 
riosa desconocida que tantas emociones 
t>s había proporcionado. A sus espaldas, 



80 

dos lacayos de librea color de fuego, 
se mantenian inmóviles, como si fueran 
de piedra : sobre el pescante, que cubría 
una carpeta galoneada, alardeaba de 
vigoroso cual ninguno un cochero corpu- 
lento ricamente equipado, que apenas al- 
canzaba á refrenar con dificultad la im- 
paciencia de las fogosas parejas ; mien- 
tras que todavía en tierra, cou la 
mano apoyada en los cordones de oro 
que caian sobre el estribo, esperaba el 
sombrío Mefistófeles las órdeues de su 
encantadora soberana. 

Como habia acontecido á todo el mun- 
do, nos detuvimos á contemplar admira- 
dos tanta magnificencia ; pero apenas 
descubiertos entiv, los atolondrados cu- 
riosos por el siniestro persouaje á quieu 
Franz habia bautizado antes con el nombre 
fantástico del tentador de Fausto, le 
vimos dirigirse á nosotros y con voz 
cavernosa decirnos: 

— Caballeros, la señora os espera. 



81 

Impelidos por una fuerza misteriosa 
seguimos á aquel hombre, cuyo aspecto 
repulsivo nos hacia titubear á cada paso ; 
y dominados por violentísima emoción 
llegamos al carruaje. 

— Perdonad, señora, si por causa nues- 
tra os habéis detenido, dije á la bella 
desconocida que, cual perezosa sultana 
se inclinó para recibirnos. 

— Oh ! subid, subid ! exclamó ella con 
dulcísima voz, prodigándonos la más 
seductora sonrisa. Llegáis á tiempo. 

Y recogiendo los pliegues de su tra- 
je, me hizo sentar á su lado, indi- 
cando a mis amigos los dos asien- 
tos vacantes que quedaban al frente. 

Su taciturno compañero cerró la por- 
tezuela; saltó sobre el pescante; y 
arrancando á un silbato de plata que 
colgaba de su cuello, prolongado y agudo 
silbido, dio la señal de partir. Formi- 
dable relincho ensordeció á la multitud ; 
6 



82 

los caballos sacudieron las erizadas crines, 
y partieron veloces arrastrando el so- 
berbio carruaje, con la vertijinosa ra- 
pidez del huracán. 

Nuestro asombro creció de punto con 
la proximidad de aquella mujer fasci- 
nadora, cuya hermosura sobrehumana 
se nos revelaba más que nunca en to- 
da su plenitud; y sin hallar en el 
primer momento de ofuscasion, palabras 
adecuadas con que expresar la emoción 
que sentíamos, permanecimos mudos á 
la par que embriagados por los mag- 
néticos efluvios que exhalaba á torrentes 
nuestra misteriosa compañera. Pero si 
la carrera vertijinosa de los caballos, 
cuyas levantadas cabezas divisábamos en- 
tre el torbellino de las revueltas cri- 
nes; si el estrepitoso choque de las 
herraduras sobre el mal unido empe- 
drado, que chisporroteaba á su contacto ; y 
sobre todo, si la agitación que experi- 
mentaba mi alma me impedia coordinar 



83 

algunos pensamientos y ahogada eu la gar- 
ganta mis palabras, otro medio de co- 
municación quizá más íntimo, me quedaba 
aun con aquella mujer: ya eran sus 
ojos, cuyas miradas rápidas descansaban 
sobre las mi as con fascinadores hechizos, 
ya sus cabellos, los que flotando á la mer- 
ced del viento acariciaban mis mejillas, y 
embriagaban mis sentidos con el perfume 
que exhalaban. El roce de su traje 
producía en mi organismo una sobreex- 
citación violentísima; como metal tundido 
corría la sangre por mis venas, y per- 
díase mi espíritu en esa vaguedad mis- 
teriosa que precede á la muerte oca- 
sionada por los narcóticos. 

En confuso torbellino giraba todo en 
torno mío : plazas, calles, árboles y luces, 
pasaban y volvían á pasar en confuso 
tropel ante mis ojos ; una música extra- 
lla vibraba incesantemente en mis oidos, 
y desconociéndome á mí mismo, parecíame 
haber asceudido á una región privilegiada, 



84 

separada por el infinito de la miserable 
humanidad. 

Después de algunos minutos de fre- 
nética carrera, trotaban los caballos sobre 
el césped de una hermosa avenida. Tras 
los nocturnos vapores que la brisa arro- 
jaba sobre las gargantas del Avila, di- 
visábamos á lo lejos las pardas torres y 
los reflejos luminosos de la dormida ciu- 
dad que se extendía á nuestras espaldas, 
mientras que en la opuesta extremidad 
deslizaba en silencio el apacible Guaire 
sus rumorosas ondas. 

Al acercarnos al rio, el perfumado beso 
de la brisa campestre pareció despertar 
al poeta, quien á media voz rimó todo 
un idilio. 

Beltran, ásu vez, bizo un esfuerzo como 
para romper las misteriosas ligaduras que 
aprisionaban su espíritu, é incorporán- 
dose de súbito, exclamó resueltamente : j 

— Señora, sois maravillosa ; nos habéis 
abrumado. No extrañéis, pues, la es- 



85 

peeie cte estupor con que os miramos, 
ni las extravagantes conjeturas que nues- 
tro espíritu exaltado por tan repetidas 
emociones, llegue á forjarse de vuestra 
incomparable belleza. 

— Exageráis, caballero, contestó nuestra 
compañera con melancólica dulzura; lo 
que experimentáis es obra exclusiva de 
vuestra imaginación ; habéis creído ver en 
mí un ser extraordinario, y la alucinación 
ha acabado por haceros dudar de la 
realidad. 

— Si así fuera, me creería loco, mur- 
muró Franz. 

— Comprendo, señores, que ini con- 
ducta pueda pareceros singular, prosiguió 
la desconocida ; pero sois jóvenes, en 
vuestros ojos leo la expresión de la alegría, 
l á qué, pues, mejor explicación ! Yo 
hago de la vida una fiesta ; mis convi- 
dados deben saber reír ; y riéndonosjuntos, 
las horas se deslizaran sin habernos im- 
portunado. 



86 

— Delicioso programa ! exclamó Franz 
con exaltaciou. Reir es la felicidad ; pero 
no siempre nos es dado reir. 

— Quién os lo impide! 

— Quién ! repitió el poeta. Consolaos 
con no saberlo. 

— De ninguna manera. Llevad vuestra 
amabilidad hasta nombrarme ese ene- 
migo encubierto de la dicha. 

— La desgracia, señora, la desgracia, 
dijo Franz melancólicamente. 

— La desgracia. No sé que significa 
esa palabra. 

— Quién sois entonces? pregunté ¿i 
mi vez á la desconocida, venciendo la 
emoción que me abrumaba. 

— Quién soi ! repitió nuestra miste- 
riosa compañera, cuyos ojos se ilu- 
minaron de súbito. ¿ A qué deseáis sa- 
berlo, si siempre quedareis en la duda? 

— Sin embargo, la dije, decidnos algo 
que nos revele vuestra divina esencia, 
para adoraros de rodillas, ó vuestra hu- 



87 

mana naturaleza para no creeros ema- 
nación del Cielo. 

— Del Cielo ? repitió ella estremecién- 
dose, á tiempo que su sombrío compa- 
ñero daba un salto en el pescante, que 
el gigantesco auriga hacia chasquear el 
látigo, y que los ardorosos caballos, de 
nuevo enfurecidos, partiau con la veloci- 
dad del rayo.— Estáis equivocado, soi una 
simple hija de la tierra. 

— Y hacéis de vuestro nombre un mis- 
terio ! 

— No tal, me contestó con abandono. 
Mi nombre os lo diré más tarde ; por 
ahora llamadme simplemente Esme- 
ralda. 

— Esmeralda ! exclamamos á un tiem- 
po, asaltados por el recuerdo que nos 
traia este nombre. 

— Esmeralda, señores. Tiene eso algo 
de raro? 

— Ciertamente que no, la dije preocu- 



88 

pado. Es un nombre muí bello, aunque 
un tanto caprichoso. 

Y á mi pesar, el recuerdo de " Nuestra 
Señora de París," de aquel drama del siglo 
XV, arrancado al pasado por el genio 
fantástico de Víctor Hugo, se apoderó 
de mi espíritu con perseverante tena- 
cidad. Claudio Frollo ; Quasimodo ; La 
Corte de los milagros ; Olivier Le Dain, 
el barbero ministro ; La reclusa de la 
plaza de Greve; Las negras horcas de 
Montfaucon ; Tristan el Ermitaño, el 
gran prevoste ejecutor de las sentencias 
del terrible Luis XI; La Cabra de los 
dorados cuernos y de la piel de armiño ; 
y él Panderillo á cuyo son metálico dan- 
zaba sobre las plazas del antiguo Paris, 
aquella preciosa Esmeralda, perdida entre 
el fango de la corrompida capital, pa- 
saron por mi imaginación, con todo el 
cortejo fantástico de monstruos y es- 
tatuas y mascarones y dragones; como 
si todas aquellas figuras, grotescas en 



89 

su mayor parte, de mármol y granito,, 
que en la edad inedia decoraban la gó- 
tica catedral de Felipe Augusto, se hu- 
bieran despreudido de sus nichos, cor- 
nisas y capiteles para seguirlos en con- 
fuso tropel. Por un momento me creí 
trasportado á las márgenes deí Sena, al 
pié y luego á la cima de las gigantescas 
torres de la vieja Basílica ; y desde allí, 
escalando los siglos, me' pareció contemplar 
aquellas pasadas generaciones, llenas de 
vigor, actividad y vida, hoi sepultadas en 
el polvo y confundidas con la tierra. 

Mi cabeza se perdía en un laberinto- 
de recuerdos históricos, novelescas imá- 
genes, quiméricas alucinaciones. Mi es- 
píritu exaltado erraba lleno de asombros,, 
cual perdida carabana, en el anchuroso 
espacio que le ofreciau los siglos. Ab- 
sorto en la extravagante confusión de 
ideas que germinaban en mi mente, di- 
fícil rae habría sido precisar el camino 
de la razón, enfrenar el pensamiento. 



90 

que corría desatestado, y que á cada 
nuevo esfuerzo de la imaginación iba 
ú, estrellarse contra el escollo de la lo- 
cura, ó á hundirse en los -abismos de 
io infinito. 

Inexplicable desconcierto del espíritu 
humano, en que la más insignificante 
paradoja puede precipitarlo. 

Mis amigos, entre tanto, acaso menos 
impresionables que yo, sostuvieron la 
tüás galante plática con la nueva Es- 
meralda, hasta que el carruaje después 
de atravesar el rio y de franquear la 
verja de un extenso jardín, iluminado á 
fjiorno, se detuvo sin que yo lo advirtiera. 

Mi espíritu en sus divagaciones se 
habia alejado tanto de la realidad, que 
oo era de esperarse volviera á ella con 
4a presteza y lucidez que merecía el 
-espectáculo que se ofrecía á mis ojos ; 
y solo cuando Frauz, sacudiéndome con 
violencia, me hizo comprender que era 
necesario bajar, fué que noté que había ce- 



91 

sado el movimiento, y que otro campo, aun 
más vasto para la alucinación de mis 
sentidos, se extendía ante mi ofuscada 
razón. 

El carruaje se había detenido junto 
al peristilo de un palacio de elegante 
arquitectura, completamente desconocido 
para mí, y en el centro de una plazuela 
semicircular, rodeada de estatuas y ja- 
rrones de mármol, en la cual se agitaba 
por entre carruajes de caprichosas for- 
mas, todo un pueblo de lacayos recamados 
de oro y vistosas libreas. 

En el primer momento, creí soñar des- 
pierto, y volviéndome á Franz, quien tan 
aturdido como yo, coutemplaba embele- 
zado la animada escena en cuyo fondo 
se elevaba el hermoso edificio que nos 
parecía baber surgido de la tierra como 
por efecto de un conjuro, le pregunté 
asombrado : 

— En qué país estamos ? 

— Vaya, exclamó Beltran con ligereza 



92 

y examinándome detenidamente como si 
no comprendiera el sentido de mis pala- 
bras, hace rato creo notaren tn espíritu nn 
oscurecimiento inexplicable; y á menos 
que sueñes, lo que seria de mui mal 
gusto, frente á la más hermosa de las bijas 
de Eva, supongo no creerás encontrarte 
en la región privilegiada que habitaron 
nuestros padres entre el Eufrates y el 
Tigris. 

— Difícilmente, contesté admirado de 
la naturalidad con que me hablaba, podría 
soñarse nada comparable á cuanto nos 
rodea; por lo que no debes extrañar 
que nuestros sentidos imperfectos se 
postren ante lo maravilloso. 

— Si quieres huir de la locura, díjome 
Franz con tono sentencioso, has lo que 
yo : entrégate á discreción al genio que 
nos conduce, imita á Beltran á quien 
nada sorprende ; y no pienses. 

Antes que abandonarme á las cons- 



93 

tantes divagaciones en que á cada nueva 
sorpresa se lanzaba mi espíritu, Érate de 
seguir el consejo de Franz ; descendí 
con mis amigos del carruaje, y como ellos 
ofrecí mi mano á nuestra extraordinaria 
compañera. Esmeralda, sin no^ar nuestra 
turbación, ó aparentando no advertirla, se 
detuvo indecisa antes de elegir entre las 
nuestras la mano en que debia apoyarse ; 
pero esta indecisión fué apenas de un 
instante y con gozo iufinito sentí al fin 
que su mano se posaba en la mia. 
Todo lo que la sensibilidad puede ofre- 
cernos de agradable, todo lo que nues- 
tra organización puede experimentar de 
dulce é inefable, lo sentí al suavísi- 
mo contacto de aquella mano blauda y 
perfumada que desnuda del guante se 
abaudonaba entre las mias, despertando 
en mi alma nuevas y hasta entonces 
desconocidas sensaciones. Ebrio de go- 
zo la estreché con deleite y cediendo 
á la tentación que me abrasaba, posé 



94 

en ella mis labios, y mis labios sedientos 
se quemaron. Ella á su vez se ext re- 
meció ligeramente, y volviéndose á mis 
amigos, que entre sí ponderaban mi 
audacia : 

— Venid ! les dijo. 

Y nos llevó al palacio. 

Una ancha escalera de mármol nos 
condujo á una elegante galería que mi- 
raba á un jardín interior, á cuya extre- 
midad entre mil luces resplandecientes 
se levantaba un templo griego sostenido 
por columnas de mármol y rodeado por 
setos y bosqnecillos de jazmines y rosas. 
Varias puertas cubiertas de doradas mol- 
duras, se abrían sobre esta hermosa ga- 
lería, invadida por un enjambre de convi- 
dados, completamente desconocidos para 
nosotros. Esmeralda desapareció entre la 
multitud, la que á su paso se inclinaba res- 
petuosamente como los Incas ante el Sol ; 
mientras que nosotros, cada vez más 



95 

sorprendidos, fuimos á estrecharnos contra, 
la balaustrada que miraba al jardín, 
diciéndonos con los ojos lo que la admira- 
ción nos i m pedia expresar con la lengua ^ 
Y desde allí, mudos y avergonzados (le 
la pobreza de nuestros vestidos, que re- 
saltaban en medio de aquel lujo por- 
tentoso como manchas de lodo sobre la 
blanca túnica de una vestal, vimos pre- 
cipitarse en los salones aquella corte 
oriental en que la belleza y el lujo se 
disputaban nuestro asombro. 

— Y ahora, qué hacemos ? dijo Franz, 
terminado el desfile. 

— Qué hacemos? repitió Beltran con 
exaltación, seguir la corriente que nos 
impele, entrar en el torbellino que nos 
convida á la dicha, y que arda Troya. 

Y sin esperar nuestra aquiesencia, nos 
arrastró con él a uno de los salones, 
donde el baile no tardó en comenzar, 
gracias á una orquesta atronadora que hizo 
estremecer de alegría todos los corazones. 



06 

IV 

El gran vals. 



El salón donde entramos en seguimiento 
'de Beltran, resplandecia á la luz de 
cien arañas que derramaban sus torreutes 
de fuego sobre aquella multitud centellante 
<de oro y pedrerías, y afanada en seguir los 
rápidos compases de la orquesta. Arre- 
batados por el movimiento general que, 
cual torbellino de encajes, giraba á nues- 
tros ojos, seguimos la impetuosa corriente 
iiasta situamos tras las flotantes cortinas 
■de uno de los balcones, burlando así 
¡la admirada curiosidad que nuestra exó- 
tica pobreza despertaba en aquella rui- 
dosísima asamblea, mecida por la opulen- 
cia, en columpios de felicidad. 

— Qué espectáculo ! ! exclamó Franz 
apenas nos encontramos detras de la cor- 
tina. Podría decirse que asistimos á una 



97 

danza de estrellas, á una fiesta en el 
zenit, dada por el sol a sus satélites. 

— Tu dirás siempre, todas las extra- 
vagancias qne se te ocurran, dijo Beltran 
al poeta ; pero no sabrás explicarte cómo 
es que ese mismo sol que te deslumhra, 
ha engendrado en la tierra un rival 
omnipotente. 

—Y puedes tú saberlo ! 

— Estoi en el secreto. 

— Que reservas para tu sola ciencia ? 

— No, porque quiero que se curen UU. 
de esa peste de poesía tan perniciosa 
en nuestro siglo. ¿ Me has entendido ? 

— Absolutamente, dijo Franz. 

— Lo mismo vale, impenitente soñador, 
á quien no ha enseñado la experiencia 
que los que eternamente ven al cielo, 
tropiezan á cada paso con las desigual- 
dades de la tierra. Pero si lo que bus- 
cas en lo alto, es la fuente de los goces 
materiales, cometes una insigne tontería ; 
7 



98 

mira á tus pies más bien, y verás á 
ese sol que te abrasa, infiltrar en las 
rocas sus zaetas de fuego. Ármate de 
una maza, golpea la dura piedra, des- 
trózala en pedazos, y en sus entrañas 
de granito encontrarás para tu dicha, 
ese rayo de luz convertido en metal, 
metal precioso que sabe hacer prodigios; 
y que no reconoces esta noche á pesar 
de manifestarse más que nunca en todo 
su explendor. 

— El oro, siempre'el oro, exclamó Franz 
con abatimiento. 2Qué fuerza! qué po- 
der! he ahí sin hipérbole el rayo for- 
midable de Júpiter. Tienes razón, Bel- 
tran; los efectos de la riqueza no los 
comprende sino quien la posee. 

— Procúratela, pues, y podrás echarte 
panza arriba, confiado en que la dicha 
vendrá á tí sin que te tomes el trabajo 
de buscarla. 

— Seguiré tus consejos, sabio amigo, 
cuando lo crea prudente; por ahora 



99 

deja extender sus alas á mi espíritu^ 
añadió Franz con creciente exaltadlo;, 
déjalo que se embriague en «sta ab- 
mósfera de voluptuosidad. 

— Qué diablo te lo impide? le con- 
testó Beltran; has lo que más te cuadren 
la música es alegre ; las mujeres son 
bellas ; mis piernas me piden ejercido. 
Adiós! y entre un grupo de danzantes 
desapareció á nuestros ojos. 

El hombre parece haber venido al 
mundo con innata inclinación á la danza^ 
pues, desde tiempos mui remotos^ la hu- 
manidad hace piruetas y gira al compás 
de armónicos ó discordantes instrumento^ 
deleitándose en este ejercicio fatigan!© 
y frivolo, tanto en estado de cram 
salvajismo, como después de modificada 
por la civilización. Mui pocos son las- 
que han logrado escapar á esta in- 
clinación acrobática, que forma, des4e 
que salimos de la cuna, una de Sa& 
gracias de la infancia, y á la que ná~ 



100 

llares y millares de seres han profesado 
y profesan verdadero culto; lo cual me 
hace creer que el hombre nació para 
danzar; que nuestros padres bailaron en 
el Edén ; y que fué al son del -arpa y 
entre dos compases de una danza pri- 
mitiva, que tuvo lugar la tentación de 
la. señora Eva. Dadas estas razones, 
supongo que nadie extrañará que Bel- 
tran y sus dos compañeros se dejaran 
arrebatar por la vieja costumbre de dar 
vueltas y medir el compás. 

Para un mal bailador nunca falta una 
buena pareja : Beltran lo sabia de me- 
moria. Una hermosa sirena no desoyó 
su ruego; con el desenfreno peculiar de 
su carácter, nuestro amigo se lanzó á 
la corriente, y varias veces le vimos 
cruzar y desparecer en el laberinto de 
aturdidos danzantes, que en alas del en- 
tusiasmo giraban á merced de la m tí- 
sica, como revolotean en el estío ía's 
hojas secas de ios árboles a*, impulso 
de vientos encontrados. 



101 

Como era de esperarse, no tardó la 
emulación en incendiar nuestros cere- 
bros; la tibia atmósfera que respirábamos, 
impregnada de esencias, acabó de atur- 
dimos; y abandonando el hueco del bal- 
cón y la cortina protectora que nos 
ocultaba, nos disponíamos á imitar áBel- 
tran, á punto que vimos á Esmeralda di- 
rigirse á nosotros trayendo de la mano 
á una linda y encantadora joven. 

Mi corazón latió de nuevo con ce- 
leridad, mi sangre circuló con rapidez, 
y todas las emociones que al contac- 
to de aquella criatura prodigiosa ha- 
bía experimentado en el carruaje, se 
repitieron aguijando mis sentidos. 

— No bailáis, caballero ! preguntó Es- 
meralda dirigiéndose al poeta. '¿No os 
estimula el entusiasmo de vuestro com- 
pañero? 

- -Oh ! señora, exclamó Franz, acari- 
ciado por aquella voz, que no obstante 



102 

su dulzura, le hacia extremeeer, como el 
tímido paj arillo al grito del gavilán ; basta 
abora nada ha podido seducirme, pero 
ir&estra presencia me hace anhelar en este 
alistante lo que ha poco me era indi- 
Jerente. 

— Si es así, permitid que os presente 
a mi amiga Tercícore. Su nombre, (pie 
liebe seros familiar, le sirve de recomen- 
ilaeíoa ; sed, pues, su caballero, y que 
tev íioras vuelen para ella y para vos 
alegres y dichosas. 

Contrariado en la esperanza de ser el 
caballero de Esmeralda, Frauz estrechó 
la cintura de la musa gentil ; y ol- 
vidando, á su contacto, la decepción su- 
7'fiida, se precipitó en el torrente de la 
aturdida multitud. 

— Y vos? añadió Esmeralda dirigién- 
dose á mí, tan pronto como el poeta y 
la musa hubieron desaparecido; uo le 
imitáis I 

— Yo, señora, le dije conmovido, creo 



IOS 

ser más ambicioso que mis amigos ; sólo 
bailaría con vos ; pero me encuentro tan 
indigno de merecer esa felicidad, que 
jamas me habría atrevido á solicitarla. 

Estas palabras casi ahogadas en mi 
garganta por una invencible timidez' 
no obtuvieron respuesta ; pero en cambio, 
una sonrisa de aquella maravillosa mu- 
jer me abrió las puertas del paraíso. 
Su mano cayó en la mía electrizándome 
de dicha ; su aliento embalsamado, aca- 
rició mi frente ; junto á mi pecho con- 
movido sentí latir su pecho palpitante ; 
y ebrio, loco, sumerjido en un piélago 
de ventura infinita, la sentí abandonarse 
entre mis brazos, que, se abrieron para 
recibirla, con la espontaneidad con que 
las plantas henchidas de rocío reciben 
los ardorosos besos del sol del mediodía. 

El frenético vals uos arrebató entonces 
en vertiginoso torbellino, y estrechados 
como dos hojas de un mismo ramo que 
lleva el huracán, giramos aturdidos entre 



104 

la delirante multitud. Poseídos de in- 
decible arrobamiento, nuestras almas se 
abrasaban en una misma llama : flores, 
luces y diamantes, como anillos de fuego, 
giraban con nosotros ; el delirio nos pres- 
taba energía, alas nuestra pasión Oh ! 

volábamos, volábamos, y casi podría de- 
cirse que nuestros pies, desdeñando la 
tierra, resbalaban en el aire. 

Impelidos por tempestuosa ráfaga re- 
voloteamos largo tiempo. Esmeralda se 
mostraba infatigable ; pero el vigor ex- 
traño que me comunicaba con su aliento. 
comenzó al fin á abandonarme. 

A pesar del incendio que abrasaba 
mi alma, la materia, agobiada de laxitud, 
se abatía á mi pesar; y la virilidad 
de los veinte años, sorbida como por 
implacable vampiro, sentíase sujeta á 
degradante extenuación. Después de 
un cuarto de hora de violento ejercicio, 
giraba sin concierto ; á cada nuevo cír- 
culo que describían mis pies creía mi- 



105 

rar abismos que me atraían con es- 
pantoso vértigo; y al cabo, exánime, an- 
helante, sintiéndome sucumbir, exclamé 
anonadado: 

—Gracia! señora, gracia! si no queréis* 
que muera. 

Esmeralda, sin experimentar mi de- 
bilidad, volaba más ligera que nunca ;■ 
pero mi agonizante súplica, antes de per- 
derse en el tempestuoso torbellino que 
nos arrebataba, debió llegar á su oido, 
porque sin detenerse la oí exclamar con» 
pesadumbre : 

— Es posible ! cuando me hacéis tan» 
feliz ? 

— Feliz! repliqué con apasionado en- 
tusiasmo, i podría yo acaso daros la fe- 
licidad ? 

— Por qué no ! 

— Oh! porque no la poseo. 

— Se puede hacer dichoso á los demás,, 
sin que nosotros mismos lo seamos. 



106 

— El amor solamente puede tener ese 
poder 

— El amor! ¿creéis en sus prodigios? 

— Sí, porque -os amo. 

— Me amáis ? ¿ Sabéis lo que habéis 
dieho! exclamó Esmeralda con una exal- 
tación hasta entonces no revelada en 
sus palabras; | podríais amar á una mujer 
sin conocerla I 

— Con todo el corazón; y reanimán- 
dome eon extraordinaria nerviosidad : 
I qué me importa, añadí, que seáis un 
demonio o un ángel I vuestros ojos me 
queman, vuestro aliento me embriaga. 
— Oh! decidme que no mientes, Hum- 
berto, exclamó Esmeralda, deteniéndose 
de súbito y [cubriéndome con las llamas 
deslumbradoras de su mirada de fuego» 
— Dejaríais, señora, de ser la deidad 
misteriosa de mis ensueños, si hasta 
ahora no lo hubierais adivinado. 

Y arrullado por la angélica sonrisa 
de aquella mujer fascinadora intenté 



107 

arroja™ e á sus pies y adorarla, cuando 
lina violenta carcajada, sarcásticay caver_ 
losa, como un rugido del infierno, heló mi 
sangre de pavor ; y volviéndome atur- 
dido al punto de donde babia salido ? 
vi al sombrío Mefistófeles perderse entre 
la multitud. 

— Sigúeme, dejemos esta sala, dijo á 
mi oido Esmeralda, reanimando con su 
voz el abatimiento de mi espíritu; nuestra 
felicidad ba engendrado la envidia. 

Seguíla adonde quiso conducirme. Sin 
cambiar una sola palabra llegamos á la 
elegante galería ; y llevándome hacia la 
balaustrada, añadió con precipitación, 
mostrándome las columnas de mármol 
que se levantaban en el fondo del jardín : 

— Es allí solamente, don de sin testigos 
importunos podemos ser felices. 

— Descendamos, la dije, rebosando de 
dicha. 

— Ahora es imposible ; pero si dentro 



108 

de dos horas no habéis cambiado dt. 
sentimientos, me encontrareis allí. 

— En dos horas, mi corazón habrá 
estallado veinte veces de amor. 

— Sé prudente, por el contrario, y 
trata de vencer los obstáculos que puedan 
impedir nuestra felicidad. 

— Oh ! Esmeralda, Esmeralda, exclamé 
arrebatado por ardiente delirio, seiás obe- 
decida aunque tenga que combatir para 
llegar al cielo que me ofreces, con todos 
los monstruos que exterminó Theseo. 

— Me basta, amigo mió, dijo apoyando 
sobre mis labios, que de nuevo se abrían 
para hacerle mil protestas, sus dedos de 
azucena : id ahora á buscar a vuestros 
amigos que sin duda os desean. 

Y ligera como una mariposa, se alejó 
dejándome abismado en mi triunfo. 

Tanta felicidad llegó á parecerme una 
quimera, que sólo como un sueño irrea- 
lizable habia pasado por mi mente la 
posibilidad de conquistar el amor de 



109 

I Esmeralda.. Semejante victoria, alcanza- 
da sin combatir, se rae hacia inexplicable ; 
mas no por eso halagaba menos mi va- 
nidad, la cual se empinaba hasta tocar 
el cielo. Sin embargo, en medio del 
trastorno qne producían en mi cerebro 
las variadas emociones que desde el prin- 
cipio de la noche venia experimentando, 
la carcajada de Mefistófeles vibraba en 
mis oidos como un mentís terrible, lan- 
zado por el infierno, á todas las expan- 
siones de mi alma. Con los ojos fijos 
en el templo de Venus, que del follaje 
del jardín surgía risueño, como la diosa 
de Oíteres de las espumas del Océano, 
permanecí largo tiempo, inmóvil, preo- 
cupado y absorto. 

Con extraño terror veía acercarse la 
hora de aquella cita misteriosa. Algo 
semejante á una sombra comenzaba á 
oscurecer el horizonte lleno de clari- 
dades, en que hasta entonces había re- 
creado la imaginación; y dando pábulo 



110 



á las ideas supersticiosas con que um : 
mala educación nos enferma el espíritu. 
me parecía hallarme aislado y perdido 
en medio de aquella fiesta, como en 
medio del caos. Ingratas emociones me 
bacian estremecer de espanto ; é indigno 
de la felicidad que me esperaba, tuve 
miedo. De qué f no sabia explicármelo ; 
de todo y de nada ; del aire que res- 
piraba, de la música que oia, de mí 
mismo quizá. Los apasionados trasportes 
á que aquella mujer me habia arras- 
trado, cesaron con su ausencia ; una 
frialdad glacial sustituyó al fuego que 
poco antes me quemaba, y un pensa- 
miento tan cobarde como ridículo, cruzó 
por mi mente, aconsejándome huir de 
los encantos de aquella fantástica beldad. 
Pero no tuve fuerzas para ejecutar 
tanta vileza; huir de la felicidad es un 
absurdo que no se le ha ocurrido á 
nadie ; sin embargo, el corazón, siempre 
fiel á esas misteriosas agitaciones que á ve- 



111 

ees pasan por funestos presagios, lo acon- 
sejaba coa instancia. Yo debía estai 
loco ; la lucha que sostenía conmigo mis- 
mo, lo demostraba claramente, y aturdido 
y perplejo, vagaba de quimera en qui- 
mera, y de alarma en alarma, cuando 
vi aparecer á mis dos amigos, que es- 
pectadores de mi triunfo, me buscaban 
deseosos de recibir mis confidencias. Su 
vista tranquilizó mi alma, y la alegría 
que revelaban sus semblantes diafanizó 
las sombras en que me envolvia la 
preocupación como en fúnebre sudario. 

— Hé aquí al afoi tunado- mortal, ex- 
clamó Beltran r llamando sobre mí la aten- 
ción del poeta; lié aquí al privilegiado 
de la suerte, cuyos dones no merece, y 
cuyas penas cambiaría gustoso por todas 
las alegrías de mi vida. 

— Al fin te encontramos, dijo Eranz ; 
pero qué diablos, añadió, descubriendo 
en mi trente las visibles señales de la 
oculta tempestad que me agitaba el co- 



112 

razón, te suponíamos rebosando de dicha, 
^ no mustio y sombrió corno estás. 

— Ya ves que no me falta razón para 
decir, que no merece Humberto los ha- 
lagos de la fortuna, exclamó Beltran. 
Yo en su caso, habría escandalizado 
•con la explosión ele mi alegría, mientras 
que á este tierno soñador sólo le falta 
•deshacerse en lágrimas para probarnos 
su perplejidad. Fortuna! Fortuna! descú- 
brete por lo menos un ojo ! 

— Amigos mios, dije á mis implacables 
^acusadores, la felicidad tiene también sus 
amarguras, entre las que puede contarse 
en primer término, la falta de vigor de 
que se resienten nuestras imperfectas 
facultades, para gozar de ella por com- 
pleto. Pero no es á mí solo á quien 
•de los tres se le puede calificar de di- 
choso. UU. no lo han sido menos, y 
sin embargo no rien como debían reír. 

— Dichosos ! exclamó Franz con in- 
dignación. ¿Dónde está mi felicidad? 



113 

La Tersícore que me dieron por pareja, 
es el diablo más sordo que he encon- 
trado en mi vida ; un paso no dio al 
-compás, y entre porrazos dados y reci- 
bidos, pancadas y estrujones, me ha 
hecho expiar todas mis culpas en ese 
Tais infernal. 

■ — De seguro que el chasco te pasó 
por andar a caza de deidades mitoló- 
gicas, exclamó riéndose Beltran. Si hu- 
bieras hecho lo que yo, no tendrías de 
qué quejarte: sin pararme en pelillos 
eché garra á la primera que encontré, 
y asunto concluido. 

— Y quedaste satisfecho? 

— Oh ! plenamente. Figúrate que me 
tocó por suerte un torbellino, de pies 
ligeros como el viento, de miradas de 
fuego, dócil á mis deseos como la barca al 
piloto, y frenéticamente apasionada por la 
danza. ¡ Que más podia desear 1 La hice 
.girar cien veces con la velocidad de una ve- 
8 



114 



leta, y en medio del vals creí dos veces su- 
bir al paraíso. Mas á pesar de tales mé- 
ritos, tú no la habrías encontrado de 
tu gusto. 

— Y porqué lo supones? preguntó el 
poeta. 

— Porque mi seductora sílfide tenia 
otra cualidad que olvidé enumerar; cua- 
lidad que para mí la hizo más interesante; 
pero que para tí, ciego adorador de la 
palabra, te la habría hecho insoportable : 
porque era muda. 

— Muda ! exclamó Franz asombrado^ 
Tersícore me pareció lo mismo. Esto 
es incomprensible ! 

— Será todo lo que quieras, añadió 
Beltran ; pero de hoi en adelante, sos- 
tendré ante el inundo entero, que el 
mutismo es la perfección de la mujer. 

— La exajeraciou y las hipérboles han 
abierto al fin profunda brecha en tu filoso- 
fía, dijo Franz. 

— Qué quieres, mi querido, contestó 



115 

Beltran, el contagio de UU. es tan grande^ 
que acabará por inficionarme. Pero de- 
jemos por ahora con sus puerilidades 
á esas aturdidas seductoras que no 
han podido fijarnos el corazón ; y síganme 
donde los lleve, si quieren olvidar las 
viejas penas y las nuevas ilusiones, ante 
la más estupenda maravilla que hayan 
visto mis ojos, y que, de seguro, jamas 
habrán recreado los de UU. 

La proposición de Beltran fué acep- 
tada sin titubear, sobre todo por mí, 
pues que ella me evitaba el embaraza 
de una confidencia que no me atrevia 
á hacer. Seguí á mis dos amigos á 
donde quisieran conducirme, y después 
de cruzar salas y galerías, más 6 menos 
repletas de convidados, nos detuvimos á 
la puerta de una estancia donde una sola 
mirada, lanzada en el interior, me bastó 
para reconocer el objeto á que estaba 
destinada. 



116 

¥111 

Los agraciados de Plutus. 

La franca y cordial alegría que rei- 
naba en aquel encantado palacio, parecía 
desterrada de esta sala de abrumadora 
atmósfera, á cuya puerta nos detuvimos, 
y donde una de las pasiones que más 
dominan al hombre, había sentado sus 
reales. Bruscos acentos, nerviosos, dis- 
cordantes, expresión del despecho y la ira, 
de la codicia y de la envidia, brotaban 
de la afanada muchedumbre que rodeaba 
algunas mesas, cubiertas de verdes tapetes 
y esparcidas sin concierto en aquel caótico 
recinto, tan pronto silencioso como lleno 
de estrepito. 

Así como Tersícore, Mercurio tenia 
abierto su templo en aquel encantador 
palacio, y numerosos prosélitos rendían 
ardiente culto al dios proveedor del in- 



117 

fiemo : y apelo al travieso Mercurio, por- 
que ninguna de las deidades del paga- 
nismo, ine parece más digna, dada sus 
innumerables habilidades, de presidir cum- 
plidamente los azares del juego. 

— Estamos en íjp orillas del Pactólo, 
exclamó Beltran, apenas nos detuvimos, 
un paso más, y verán que no miento. 

— En pleno garito, querrás decir! re- 
plicó Franz con extrañeza. 

— Y qué ! te espanta í preguntó Beltran. 

— No propiamente; pero hasta hoy 
había creído que solo sobre el lodo se 
revolcaba el vicio ; es decir, sobre esa 
multitud desheredada, embrutecida por 
la miseria. 

— Desciendes de la luna, candoroso 
poeta, tornó á exclamar Beltran. ¿Ig- 
noras, por ventura, que el gusano pro- 
ductor de la seda, sabe ocultarse en 
ella, y que el oro que puede servir al 
cuerpo de coraza jamas podría defen- 
dernos el alma ? Vaya ! veo que tengo 



118 

que enseñarte muchas cosas, porque á 
pesar de tu talento, nada sabes. 

— Y qué podrías añadir á lo que lias 
dicho ? preguntó Franz picado. 

— Que para posar su garra, no detiene 
novicio la condición social; y que de 
ordinario, su presa predilecta la encuentra 
sin trabajo en los cebaderos de la mo- 
licie. Pero vamos! añadió cambiando 
repentinamente de tono : 'consuélate con 
saber que la opulencia ha logrado conver- 
tir en lujo hasta los mismos vicios, y que 
so hay razón para impugnarlos con tal que 
se practiquen con cultura y gasten guan- 
tes frescos y vestidos de moda. 

— Es U. un corruptor, señor Beltran, 
exclamó Franz mirando á nuestro amigo 
con sincera sorpresa. 

— Y U., señor Franz, el candido más 
candido que ha venido á este mundo. 
¿ISTo ves, añadió Beltran volviendo á 
esgrimir el sarcasmo, no ves que la moral 
de nuestros dias sólo se ensaña contra 



119 



esas mezquinas ruindades que cometemos 
en silencio y á la sombra, y de ninguna 
manera contra las iniquidades que au- 
dazmente ostentamos coronadas por el 
buen éxito ? El malee money de los 
yankees, no es de ellos solos, mi que- 
rido, es de todos los hombres que han 
comprendido antes que tú el valor del 
dinero. Entremos, pues, á este santuario 
que nos abre sus puertas, y abísmate de 
de tu insignificancia. 

Precedidos por Beltran penetramos 
con dificultad en el más numeroso de los 
grupos que rodeaba una de aquellas mesas 
y, empinándonos cuanto nos fué posible, 
alcanzamos á ver, mudos de asombro, 
jigantezcas montañas de ese metal pre- 
cioso que en poesía no nos cansamos 
de despreciar, pero que en prosa esti- 
mamos debidamente. Sobre el verde 
tapete saltaba el dado inquieto, mostran- 
do sus pintadas facetas al anhelante corro 
que rodeaba la mesa ; ora arrancando 



120 

exclamaciones de esperanza y contento,, 
ora sordos rujidos y maldiciones y 
sarcasmos. Con magnética atracción 
seguían todos los ojos los saltos y 
las caídas de este fatal instrumento de 
ruina, con que el hombre, ciego de in- 
sensatez, asesina y se suicida; y oprimi- 
dos de angustia, palpitaban con rapidez 
los corazones, ó dejaban de hacerlo en 
absoluto, siguiendo las vueltas repetidas,, 
los traidores engaños y trepidantes con- 
vulsiones del microscópico instrumento. 

El oro fascinador deslumbre nuestros 
ojos, que llenos de codicia se abrieron 
con la elasticidad de una bolsa de pobre. 
Jamás, ni en sueños, habiamos visto 
tanta riqueza junta, ni la idea de un 
juego tan terrible como fabuloso babia 
podido pasar por nuestra mente. Las 
apuestas que se hacian en aquella mons- 
truosa partida, tenían por unidad los 
millares ; y difícil habría sido calcular,, 
siquiera aproximadamente, la euorme 



121 

cifra de Napoleones de oro, de Victorias 
y Luises que circulaban en la mesa. 

— Y bien, he exagerado? preguntó 
Beltran tan pronto corno la admiración 
nos hubo devuelto la palabra. 

— Asombroso! le contesté, sin apartar 
los ojos de aquellas movedizas pirámides 
que divisaba deslizándose entre nervio- 
sas manos, y que á voluntad de la suerte 
cambiaban á cada instante de dueño y 
de lugar. 

— La ambición de Midas habría que- 
dado satisfecha con la posesión de lo que 
vemos, agregó Beltran. 

— De Midas 1 repitió Franz preocupa- 
do ; ya que te has erigido en mentor 
mió, ¿quieres decirme quién era ese 
sujeto ! 

— Como ! no lo recuerdas ? 

— Supongo que no sea yo. 

— No era tan poco práctico, aunque 
llegó á excederse. 

— Pues, quién era ? 



122 

— Te lo diré, porque puede serte útil 
Midas fué un rey hospitalario que supo, 
dar á Baco la más grata acogida, por lo 
-cual el dios reconocido prometió conceder- 
le, en un dia de buen humor, todo lo que 
deseara. Midas, que no era corto, le pidió 
la bicoca de hacer que se trocase en oro 
cuanto tocasen sus manos y Baco, siempre 
generoso, satisfizo á su huésped. Pero 
viendo en seguida el ambicioso monarca, 
que hasta los alimentos que llevaba á la 
boca se le trocaban en el metal precioso, 
cantó la palinodia reconociendo su impru- 
dencia ; y el dios enternecido, para librar 
á su vi tima de aquel don tan funesto, 
le hizo bañar en el Pactólo, que desde 
entonces, nos añade la fábula, arrastra 
en su corriente arenas de oro. Conque 
aplícate el cuento si te cuadra. 

— A haber sido yo Midas, no me hu- 
biera bañado, dijo Franz. 

— Eso habría sido condenarte á un 
suplicio espantoso. 



123 

— Más espantoso es lo que vemos, 
añadió Franz con profundo abatimiento. 
Nuestra miseria gime aquí más que nun- 
«a, y nuestra humillación no se puede 
medir. 

— Qué diablos ! le contestó Beltran á 
fjuieri el oro impresionaba de manera 
distinta que al poeta; más de lo que 
|rémós descendido en la escala de la 
miseria, no es posible bajar. Aquí, como 
en todas partes, somos y seremos los 
mismos; anímate, pues, y tentemos la 
fortuna que, como ciega al fiu, no verá 
nuestras cataduras para ofrecernos ó re- 
Lujarnos sus dones. 

. — Y con qué piensas tentaría ? le pre- 
gunté sorprendido. 

— Con qué ? repitió Beltran, con la su- 
ma de nuestros tres bolsillos, que expri- 
midos arrojarán alguna cosa. Vamos, 
manos á la obra. Cuánto tienes f 

— Tan solo dos francos, que había 
destinado para cigarrillos, le contesté. 



124 

— Venga el dinero, y prescinde del vi 
ció si perdemos. Siempre será una ga- 
nancia. 

A fuerza de buscar en mis bolsillos, 
tropecé con el par de francos que pa- 
saron á manos de Beltran, quien, vol- 
viéndose al poeta, añadió con rapidez : 

— Y tú, cuál es tu capital ? 

— Mi capital !! ! exclamó Franz mirán- 
dole asombrado. 

— ¿ Eres sordo, ó no quieres compren- 
derme? | Cuánto tienes en el bolsillo? 

— Yo no tengo bolsillo; tornó á excla- 
mar el poeta, suspirando. 

— Déjate de simplezas y dame lo que 
tengas. 

— Lo que tengo no será de gran prove- 
cho, replicó el poeta. Sin embargo, ya 
que te empeñas, consignaré en tus manos 
este resto mi sera ble de Tácito, añadió 
presentando franco y medio, resto pie- 



125 

cioso, con el cual esperaba procurarme 
lo que á tantos les sobra. 

—Qué diablo f 

— Una cuerda paia ahorcarme. 

— Aplaza, para ocasión más propicia, 
ían sublime resolución, le contestó Bel- 
tran. Por ahora venga ese miserable 
resto del gran historiador, que acaso 
nos atraiga la fortuna, y que unido á 
los frustrados cigarrillos de Humberto, 
y á este par de duros, que no han de 
ablandar mis acreedores, hacen un capital 
de consideración, que á no ser la suerte 
más tirana que todos los tiranos conoci- 
dos, multiplicará al infinito. 

— ¿Pero no te avergüenza, le dije, 
exhibirte con trece francos y medio ante 
tantas riquezas? 

— Qué vergüenza, ni qué cuernos, me 
contestó con rapidez ; el dinero mientras 
menos es, más se estima. 

Y volviéndonos la espalda se encaminó 
resueltamente á la mesa de la gran ju- 



126 

gada, añadiendo en son de despedida : 

— Si ustedes no quieren fastidiarse, 
permanezcan donde están, que cuando 
resuelva jugar los llamaré. 

— Trece francos y medio ! trece fraíl- 
eos y medio ! exclamó Frauz, con pro- 
fundo dolor; he ahí todo lo que juntos 
nos es dado aventurar para tentar la 
fortuna. Miserables mendigos ! Beltran. 
tendrá siempre razón. 

Y dirigiéndose con lento paso á uno- 
de los balcones que daban al jardín, 
recostóse en la dorada balaustrada: 
aspiró un momento, con nerviosa avidez, 
las perfumadas emanaciones que agitaba 
la brisa, y levantando luego, como ilu- 
minado, sus azules ojos hacia el cielo, 
exclamó con punzante sarcasmo : 

— Eiqueza: tú eres en realidad la 
deidad omnipotente, el astro deslum- 
brador á enyo brillo lucen como dia- 
mantes las más exiguas cualidades del 
hombre; mientras que tú, Pobreza, n 



• 



127 

eres sino profunda oscuridad, caos tene- 
broso, donde nada se distingue y donde 
todo se oculta. 

— Oh ! qué aforismos tan crueles ! dije 
á Franz, quien sin contestarme prosi- 
guió : 

— Ser rico es ser algo; ser pobre es 
no ser nada. La pobreza es una nece- 
dad inexcusable, y sin embargo el pres- 
tigio del dinero no se confiesa aunque se 
siente. 

— Exageras, amigo mió, exageras, le 
dije. 

— Te engañas, me contestó; y luego 
cual si temiera romper el hilo miste- 
rioso de sus ideas, añadió con la misma 
solemnidad : 

— La riqueza modifica al hombre dig- 
nificándolo ; M pobreza, por el contrario, 
lo reduce á la condición de simple ani- 
mal, ella es un escarpelo que diseca á 
la criatura hasta presentarla tal cual es: 
gusano. 



128 

— Franz ! exclamé verdaderamente 
mortificado, no te reconozco. 

— Porque no quieres, ó porque no sa- 
bes que un hombre sin dinero es el 
emblema de las dificultades. Mira, Hum- 
berto, la vista de un rico alegra el 
espíritu, la de un pobre lo entristece, 
nada es más natural : la pobreza trae á 
la memoria el recuerdo de todos los 
horrores que pueden hacer gemir á la hu- 
manidad ; mientras que por el contrario, 
la idea de la riqueza se presenta festiva 
siempre á la imaginación, y tras el pris- 
ma encantado de los goces nos hace en- 
trever la felicidad. 

— Mereces un auditorio más nume- 
roso, le dije, para que pudieras ir en 
triunfo á una casa de locos. 

— Un hombre que nada posee, nada 
merece, me contestó; los merecimientos 
deben tener razón de ser, y ¿cuál más 
justa que la posesión de una bella for- 
tuna! 



129 

— La del genio. 

— Ya no creo en patrañas, me dijo, 
y prosigió hablando como consigo mismo : 
La riqueza es una pirámide desde cuya ci- 
ma todo se domina ; la pobreza un abismo 
desde cuyo fondo se maldice. Los sa- 
brosos manjares provocan el apetito y 
fácilmente se digieren ; el pan del pobre 
«s indigesto, cae pesado en el estómago, 
y produce gran secreción de bilis : razón 
por la cual los pobres, casi en totalidad, 
son agrios. 

— -Sin embargo, tú eres un gran gas- 
trónomo. 

— Seré cuanto se te antoje; pero no 
eches en olvido lo que voy á decirte. 

— ISTo me digas más nada. 

— Oh ! debes oirme hasta el fin, ó 
lanzarme de cabeza, si te fastidio, por 
este balcón abajo; no hay otra disyun- 
I tiva. 

— Me resigno. 
9 



130 



— Haces bien, porque, como hace po- 
co me decía Beltran, al contarme la fábula 
de Midas, puede que te sea útil. Un po- 
bre en una fiesta es una mancha en un 
cielo sin nubes; en una discusión, es 
opinión de poco peso; en el trabajo 
es máquina ; entre personas acomodadas, 
punto de mira ; en el gran mundo, fan- 
tasma; en la iglesia, hipócrita; en el 
cementerio, oh! en el cementerio está 
en su puesto. Para los ricos, el pobre 
es una calamidad, un ser incomprensi- 
ble, cuyas costumbres es bochornoso co- 
nocer, y cuyo corazón no es posible 
sondear ; para sus amigos, ( si los tiene, 
porque debemos confesar que es muy 
sabia la amistad) es un impertinente 
que todo lo embaraza, un Jeremías que 
no cuenta sino penas, que no produce 
sino lágrimas ; para los materialistas, su 
vida es un problema; para los poetas 
(que no están en mi caso) es el espan- 
tajo que amedrenta, á las musas ; para los 



131 

filántropos ( si existen ) es un desgracia- 
do ; para los empedernidos, es un necio ; 
para los filósofos, un hombre ; para los 
imbéciles, un prójimo; para todos, en fin r 
una amenaza. 

— Terminaste ! 

— No aún : falta el epílogo. Un rico 
es y será siempre un terreno explota- 
ble, una California, un Potosí, las islas 
Chinchas. Un pobre es Beltran, eres 
tú, soy yo; es decir, un desierto, una 
roca, sobre cuya dura superficie no na- 
ce ni auu la ortiga, y en cuyo seno 

apenas si se puede alimentar lo que 

jamas sentiré yo, la envidia. Y resu- 
miendo: para ser hombre basta ser 
rico; para no ser nada, sobra con ser 
pobre. Así, mi querido Humberto, aña- 
dió Franz enjugándose la frente é indi- 
cándome el anchuroso espacio, si no 
quieres morir de desesperación, vuelve 
los ojos al cielo y espera en la supre- 
ma misericordia del Creador. Mas ape- 



132 

sar de todas las consideraciones ante- 
riores, la distancia que á veces nos se- 
para de la riqueza es tan pequeña, 
como la que media entre nosotros y 
aquel grupo palpitante donde vemos á 
Beltran. Pero, qué diablos ! para mi la 
fortuna no es la que es ciega, lo es el 
hombre. 

Yo babia seguido, profundamente con- 
movido, los tristes aforismos de Frauz ; 
y sin hallar al fin que contestarle, nos 
dirigimos sin proferir palabra, al grupo 
de jugadores desde donde Beltran nos 
hacia señas de acercarnos. 

— Éxito seguro, nos dijo este á media 
voz, apenas nos encontramos á su lado; 
tengo un juego infalible que se repite 
hace cinco minutos. 

Y sin más titubear entre el azar y 
la suerte, que el banquero decidía con 
los dados, depositó en el azar los con- 
sabidos trece francos. 

Oh! amor propio, cuánto te espera- 



133 

ba que sufrir todavía aquella noche ! 

Apenas cayó eu la mesa nuestro mez- 
quino tesoro, cien ojos sorprendidos se 
fijaron en nosotros, y una carcajada de 
insultante desprecio recorrió con rapidez 
el círculo infernal. 

— Cuidado, viejo Eleazar, exclamó un 
impertinente dirigiéndose á una especie 
de israelita jorobado, de nariz corva y 
de sínico aspecto, que sostenía la ban- 
ca; cuidado si no tenéis con qué abonar 
esa parada. 

—El banquero quiebra de esta fecha, 
agregó otro. 

— La jugada se anima! tornó á ex- 
clamar un tercero. 

— La casa Eothschild tiene agentes 
secretos, añadió uno ele mis vecinos, 
provocando la hilaridad de todos. 

— Es el banco de Londres quién nos 

honra, señores, gritaron tres á un tiempo. 

Y con insolente desprecio, la atrona- 



134 

dora turba contemplaba nuestra humi- 
llación y nos satirizaba sin piedad. 

Turbado por tan descortés recibimien- 
to, no encontré qué contestar á tantas 
insolencias ; la sangre toda me subia á 
la cara, y mis ojos, sin fijeza, erraban 
aturdidos de vergüenza. Franz á su vez, 
purpúreo y tembloroso, no sulria menos 
que yo; había ocultado el rostro entre 
las manos y sudaba á torrentes. Sólo 
Beltran parecía conservar su impertur- 
bable tranquilidad, y, aparentando no 
hacer caso de las rechiflas que nos 
atormentaban, seguía con desesperante 
fijeza las rápidas revoluciones de los 
dados, cada vez que el banquero, des- 
pués de agitarlos en un pequeño cuer- 
no, los hacia saltar sobre el tapete. 

La decisión de esta parada se hizo 
esperar algún tiempo, lo cual dio motivo 
á nuevos y numerosos comentarios, más 
ó menos picantes, que como dardos en- 
venenados nos herían el corazón ; hasta 



135 

que aturdidos, humillados, y casi exá- 
nimes, vino la suerte contraria á abo- 
fetear, si más era posible, nuestra ul- 
trajada miseria. 

Una exclamación de triunfo mezclada 
úe maldiciones, brotó como la voz de 
Estertor, de aquella multitud comba- 
tida por tan opuestos sentimientos. 
-Nuestros francos volaron, y nuestra po- 
sision, ya tan difícil, se hizo insopor- 
table. Los favorecidos por la fortuna 
reian alegremente de nuestra mala suer- 
te, y fincaban su victoria, en habernos 
¿seguido la contraria; mientras que los 
perdidos, irritados contra su mala es- 
trella, nos atribuían su desgracia, y 
reclamaban del banquero, quien apesar 
de la unidad establecida para hacer 
las apuestas, habia tolerado en la talla 
nuestra humilde parada. 

— Oh ! desde que vi aparecer los tres 
^apóstoles, comprendí que iba á perder, 
gritó uno. 



136 

— Trece francos y medio, añadió otro,, 
número cabalístico que debí comprender 
me arruinaría. 

Las lamentaciones y los insultos se 
cruzaban; y con espantosa exaltación 
llovían las imprecaciones y se olvidaba 
la desencia. 

— Salgamos de este infierno, exclama 
Franz recuperando la palabra ; me as- 
fixio en esta atmósfera de fango. 

— Salgamos si lo deseas, repitió Bel- 
tran, pero si no has olido antes lo que 
ahora, culpa es de tus narices que no 
son de podenco. Yo creo, por el con- 
trario, que debías mostrarte agradecido 
hacia esos caballeros, que han llevado 
su amabilidad hasta desnudarse, en tu 
presencia, de todas aquellas fórmulas so- 
ciales que tan bien revisten fuera de 
este santuario de la pura verdad. 

— Me vas á dar otra lección ? pre- 
guntó Franz con impaciencia. 



137 

— ]STo te alarmes, le contestó Beltrau, 
será simplemente un consejo. 

— Que no juegue más nunca ? 

— Precisamente, si no quieres poner 
en evidencia tus defectos. Una mesa de 
juego es la piedra de toque más segura 
para apreciar los quilates del corazón 
humano; lo que las otras pasiones no 
revelan en el que las padece, la del 
juego, como llave misteriosa, lo descubre 
y lo exhibe por guardado que esté ; la caí- 
da de un dado, la simple brújula de 
una carta de baraja, bastan para que se? 
traicionen las más nobles apariencias.. 
Pero 

— Pero no sigas, dije á mi vez 'k 
Beltran, y salgamos de aquí. 

Y oprimida el alma, con la vergüen- 
za en el rostro, y la rabia en el corazón, 
nos disponíamos á volver las espaldas 
á aquella espantosa vorágine, donde nau- 
fragaban las mejor sentadas reputacio- 
nes de decencia, generosidad y gallardía,, 



138 

cuando una voz aguda como el silbido 
de una serpiente, dominó la algazara, 
exclamando con amargo sarcasmo : 

— Esperad, poderosos caballeros, para 
que os llevéis vuestro dinero. 

Ciego de ira volvíme hacia el insensato 
que osaba insultarnos tan directamente, 
y los trece francos perdidos por Bel- 
tran, me golpearon el pecho, lanzados 
por la mano de Mefistófeles. 

Mis ojos se nublaron de sangre; y 
3ipesar del terror supersticioso que me 
infundía aquel hombre, mi mano ven- 
gó sohre su rostro el ultraje que me 
habia inferido. 

Un rugido profundo, que á mi pesar 
Tne hizo estremecer, se escapó de los 
labios de aquel animado fantasma, 
ú tiempo que un grito de sorpresa par- 
tió del vasto círculo de los espectadores 
de esta escena. 

Dispuesto á esperar el ataque de mi 
adversario, permanecí con los puños ce- 



139 

erados y en actitud amenazante; pero 
contra toda mi previsión, el abofeteado 
Mefistófeles no hizo un movimiento, y 
<con una frialdad más terrible que todos 
los furores, le oí decir, mostrándome las 
agujas de un péndulo que colgaba de la 
pared : 

— Mirad : dentro de dos horas, es decir, 
á las tres, si no sois un miserable, in- 
digno de pisar esta casa, me hallaré á 
vuestras órdenes en el lugar que os in- 
dique, y con las armas que elijáis. 

— Aceptado, señor mió, le contesté, 
sin recordar que para aquella misma 
hora habia recibido otra cita más inte- 
resante al corazón ; é impidiendo á Bel- 
tran, arrojar á la cara de mi enemigo 
los guantes del poeta, de que se habia 
apoderado, salimos de la sala insultados 
por un coro monstruoso de burlescas car 
cajadas. 



140 

VIII. 

El tokay misterioso. 

Apenas nos encontramos fuera de la 
sala de juego, oí que Franz decia: 

— Aunque parezca una debilidad de mi 
paite, declaro que el duelo aceptado por 
Humberto no se debe efectuar, é insis- 
to por el contrario, si aún les queda á 
ustedes un resto de razón, á que aban- 
donemos esta casa poblada de encantos 
y misterios, donde nada de cuanto ven 
los ojos se comprende, y donde por des- 
gracia todo nos cautiva. 

— Lo que preteudes, Franz, es impo- 
sible, dige á mi impresionado amigo; 
ahora diez minutos no habría titubea- 
do un instante en apoyar tu decisión; 
pero en este momento, después del in- 
sulto recibido, debo desoír tus consejos. 






141 

— Esa sola resolución es una locura 
imperdonable, que ojalá no nos llegue á 
pesar. 

- — Califícala como quieras; el deber 
me la impone, y cualquiera que sea 
la suerte que me espere, debo aceptarla. 
Ahora, por lo que á ustedes atañe, aña- 
dí, pienso siceramente de distinta mane- 
ra, y creo lo más prudente que se alejen 
de esta casa cuanto antes. 

— Amigo mío, me contestó Beltran, 
quién ^contra su costumbre no Labia 
hasta entonces desplegado los labios ; 
reserva para otros tus consejos, que nos- 
otros sabemos de memoria lo que debe- 
mos hacer. Juntos hemos venido, y jun- 
tos saldremos de aquí, mal que le pese 
al diablo. Sin embargo, si huir puede 
ser indecoroso, estar alerta no lo es ; ese 
señor Mefistófeles me inspira poca con- 
fianza; y mientras dure el peligro, debe- 
mos permanecer unidos. 

Entre tanto, y mientras que Beltran, 



142 

respetando mi silencio, se esforzaba en?j 
convencer al poeta, que, alarmado comal 
estaba, insistía en que aceptásemos su 1 
descabellado parecer, me hacia yo cargo- 
de mi difícil situación. 

El valor que mostraba á mis amigos- 
no era sino aparente ; allá en el fondo 
<lel corazón sentia destallecer mi ánimo. 
La espectativa de un duelo con aquel 
extraño desconocido, cuyo nombre ver- 
dadero ignoraba, cuyas ocultas intencio- 
nes no alcanzaba á comprender, y que do- 
minándome al par con singular ascendien- 1 
te, avivaba en mi alma el terror su- 
persticioso que me ofuscaba la razou ^ 
sentíame sumergido, á mi pesar, en un 
abismo de sombras en que se agotaba 
mi energía. Oh! yo habría dado en 
aquel momento diez años de vida y de 
placer, por que á Beltran no se le hu- 
biera ocurrido ir á tentar la fortuna, y 
el doble quizá, por no tener que habér- 
melas con aquel sombrío personaje, im 



143 

pasible y frió come la misma muerte. 
Pero no era esto solo lo que me 
preocupaba; en medio de aquel caos 
tenebroso que rodeaba mi espíritu, el 
recuerdo de Esmeralda, de sus innu- 
merables atractivos, y de la felicidad 
que me ofrecía, tornaba á mi memo- 
ria con todos los fascinadores prestigios, 
con todas las alegrías y los terrores que 
su fácil conquista habia logrado inspi- 
rarme. Sus últimas palabras, excitán- 
dome á superar cuantos inconvenientes 
pudieran estorbar nuestra proyectada en- 
trevista, resonaban en mi oído de una 
manera lúgubre. La idea de que estuvie- 
ra prevista la provocación de Mefistófe- 
les, me helaba de pavor ; y la especta- 
tiva para la misma hora, de un duelo á 
muerte y de una cita amorosa, acre- 
cía el combustible de la espantosa 
hoguera que me abrasaba el pensa- 
miento. 

Absorto como estaba en mi preocu- 



144 

pación, había olvidado amigos, fiesta y 
cuanto me rodeaba; y con los ojos fijos 
en el cuadrante indicado por Mefistófeles, 
que distinguía á lo lejos ; seguía el pau- 
sado movimiento de las doradas agujas, 
las que, en el estado de angustia en que 
me hallaba, me parecía ver correr hacia 
las tres, con rapidez desesperante: cuan- 
do un sacudimiento repentino me agitó 
de improviso, y sobre mi hombro estre- 
mecido sentí apoyarse una mano cuyo 
ligero peso me oprimió el corazón. 

Como por efecto de un conjuro, la luz 
volvió á mis ojos, la sonrisa á mis labios; 
mi espíritu, fortalecido por oculto poder, 
rompió los misteriosos lazos que para- 
lizaban su vuelo, y Esmeralda, más 
"bella y seductora que nunca, recogió to- 
do el fuego que á su vista arrojaron mis 
pupilas. 

— Sorprendido infraganti, amigo mió, 
díjome Esmeralda, con celestial son- 
risa : Si la memoria no me es infiel, 






145 

me decíais hace poco, que solo junto á 
mí podíais hallar la felicidad ; y ya veis 
que aun encontrándome ausente sois di- 
choso. 

— Y suponéis, por ventura, que os hu- 
biera olvidado ? 

— No puedo asegurarlo; pero si no 
seguís el hilo misterioso ele una nueva 
aventura ¿ qué hacéis aquí tan pensativo 
y apartado de todo el mundo ? 

— Oh ! algo más dulce que lo que to- 
dos hacen. Soñaba, díjela mintiendo. 

— Es posible! 

— Por qué no? cuando se ama y se 
espera, la imaginación se adelanta siem- 
pre á los trasportamientos de la realidad. 

— Y ese sueño encantador, porque á 
vuestra edad lo son todos ios sueños, 
l no podríais confiárselo á una amiga ? 

— No tendría inconveniente ; pero ¿ á 
qué procurar saberlo, si tan bien como yo 
conocéis á la mujer que lo inspira? 
10 



146 

— Oh! conque ha}' una mujer en la 
aventura? exclamó haciendo aparecer 
entre sus labios de rosa dos hileras de 
perlas ; ved que tendría razón para po- 
nerme celosa. 

— ¡ Celosa de voz misma ! No dejaría 
de ser curioso ; pero ¿ teméis acaso que 
se agoten las fuerzas de mi alma re- 
cordando vuestras gracias, cuando podría 
rendir á vuestros reales encantos tributo 
más ardiente? 

— Quizá, quizá; murmuró con acento 
dulcísimo que hizo estremecer hasta 
la más oculta fibra de mi abrasado co- 
razón. Pero calla; se acercan tus ami- 
gos. 

Y deteniendo un grupo de sirvientes 
que, á la sazón atravesaba la galería, lle- 
vando en pesados azafates de plata, ricas 
ánforas de oro donde humeaban chispean- 
tes y espumosos vinos, exclamó en alta 
voz dirigiéndose á Beltran y al preocu- 
pado poeta : 



147 

— Venid, señores, venid á gustar de 
este tokay, que aseguran fué el néctar 
de los dioses; y brindemos por los 
ensueños de vuestro amigo Humberto. 

Las espumosas ánforas, derramaron el 
ponderado néctar, las copas se llenaron y 
nuestros secos labios trataron de apagar 
en ellas la sed que los quemaba. A esta 
primera libación siguióse una segunda, 
luego se repitieron estas sin satisfacer 
nuestra sed, y nuestros exaltados cere- 
bros se inflamaron. 

— Verdaderamente, exclamó Beltra* 
apurando hasta el fin su rebosada copa, 
este licor delicioso tiene cualidades por 
tentosas: la sangre á su contacto circuí, 
con rapidez, los sentidos se exaltan; per* 
el espíritu se enerva. 

— Eso debe probaros que no en bald« 
gozaba en el Olimpo de gran predilec 
cion, dijo Esmeralda. 

— Y con razón, señora, exclamó Franz 
cuyos chispeantes ojos se agitaban entn 



148 

las enrojecidas órbitas, cou inusitada ra- 
pidez: vuestro tokay da la vida; los la- 
bios, abrasándose en su linfa de topacio, 
]o apurau con avidez ; la imaginación se 
enardece, y el alma llena de embriaguez 
flota arrullada por mil prestigios desco- 
nocidos, en una atmósfera de luz, de 
amor y voluptuosidad. Oh ! encantadora 
diosa, prosiguió Franz con creciente 
exaltación; ahogadme en este néctar mis- 
terioso, y moriré feliz como Jorge Cla- 
rence. 

Y empuñando una nueva copa que le 
ofrecia Esmeralda, exclamó radiante de 
suprema embriaguez : 

Sol de llamas, 

Luz que inflamas ! 

¿Ángel eres 

De placeres? 

¿ O demonio tentador ? 



I Y este filtro que me abrasa 
Y mi frente despedaza, 



149 

Es del cielo rico néctar, 
O del Tártaro licor? 



En trasportes de delicias, 

Siente el alma ixiil caricias, 

Al fulgor de tus miradas 

Empapadas 

De rocío celestial. 

Y al instante 
Delirante, 

Por mis venas fuego cunde, 
Que en torrentes se difunde 
Como ráfaga infernal. 

| Qué me importa quién tú fueres ? 
Qué el amor de otras mujeres 

Y su insípida ilusión ? 
De la vida los mil lazos 
Eomper quiero entre tus brazos, 
Con satánica pasión. 



150 

Y en las alas de mi anbelo, 
En tí hallando un nuevo cielo, 
Al deleite sucumbir. 

Y entre plumas y entre flores 

Y entre célicos amores 
Por el éter de zafir, 

Olvidando el necio mundo 

Su profundo 

Padecer, 

Transformarte en mi universo, 

Y después del alma darte, 
Ay ! matarte 

Y fenecer. 

El poeta, de un sorbo, escanció el rico 
j.éctar, lanzó al aire la copa que cayó en 
mil pedazos, y cual impetuoso torrente 
que desborda y destroza los diques 
que limitan su curso, se lanzó por los 
campos de la improvisación ; y en todos 
los ritmos que registra la métrica, cantó 
la gloria, el amor y todas las gracias de Es- 
meralda, con tanta rapidez y entusiasmo, 



151 

que al fin, falto de aliento, se vio forza- 
do á respirar. 

Por mi parte no habia sentido menos 
la influencia de aquel licor extraño, que 
con tanta prontitud habia exaltado á 
mis amigos, y que cual filtro misterioso, 
arrojaba de mi espíritu las sombras de 
!a preocupación. 

El entusiasmo y la alegría que me 
habían abandonado, volvieron á mi alma ; 
una sensación inexplicable de suprema 
dulzura, acarició mi organismo, y ebrio 
de felicidad y de esperanza, uní mi voz 
al concierto de lisonjeras frases que mis 
dos amigos prodigaban a aquella mujer 
tan hechicera. 

— Tregua, señores, exclamó Esmeral- 
da, aturdida por nuestro creciente delirar, 
tregua por un instante ó me haréis ca- 
pitular sin condiciones. 

■ — Lo que no seria decoroso de nuestra 
parte, dije á Franz, tratando de refrenar 
sus tempestuosos ímpetus. 



152 

— Convenido, exclamó Beltran ; pero- 
sepamos vuestras condiciones. 

— Una capitulación en toda forma,, 
agregó el poeta: no me opongo señora. 
Conceder al vencido una salida honorífi- 
ca, es de estricta cortesía; pero tened 
entendido, que sobre ciertos puntos soy 
inexorable. Vuestras falanges de en- 
cantos, atractivos y gracias, han de que- 
dar prisioneras: así lo exige la tran- 
quilidad de nuestros corazones. M una 
sonrisa, ni una mirada, ni un suspiro,, 
que no sea. nuestro botin ; todo conquis- 
tador es exigente, y no es de hoy que 
al que sucumbe, se le violente y se le 
oprima. 

— Convenido, señor mió, contestó rién- 
dose Esmeralda, de las extravagancias 
del poeta ; pero permitidme una pregun- 
ta, antes de considerar vuestra resolu- 
ción. 

— Haced todas las que queráis. 

— Se reduce á saber, si esta noche ha- 



153 

beis tentado la fortuna en el juego, 

— Oh ! exclamó Franz, herido repen- 
tinamente por tari funesto recuerdo: la» 
hemos tentado y nos ha sido adversa. 

Y apesar de la fiebre que exaltaba 
su espíritu, una sombra de tristeza, fugi- 
tiva, es verdad, oscureció su frente. 

— Aplaudo entonces vuestra mala es- 
trella, añadió con dulzura Esmeralda, 
pues que el mal estado en que deben 
hallarse vuestras finanzas, me proporciona 
un medio de rescatar mi comprometida 
libertad. 

— ¿Y ese medio, señora? 

— "Hele aquí, dijo quitándose del cue- 
llo el hermoso collar de rubíes. 

— -Vuestro collar ! exclamó Franz, es- 
tremeciéndose al contacto de aquella ma- 
ravillosa joya, que Esmeralda púsole eo 
las manos. 

— Sí, este collar es mi rescate ; pero os 
lo doy á condición expresa de que con él 
tentareis de nuevo la fortuna. 



154 

— Semejante rescate es de todo punto 
inadmisible, exclamamos desconcertados. 

— No alcanzo la razón ; pero aunque 
así fuera, juzgo que estáis en el caso 
de aceptarlo, si es que realmente os es 
grata mi compañía. 

— Lo dudáis? 

— Quiero creeros y eso más debe obliga- 
Tos á tomar el collar ; porque de lo contra- 
rio, me veis en este instante por la última 
Tez. 

— Seria una crueldad no merecida, 
exclamé suspirando. 

— Tolerad entonces mis caprichos ; 
aceptad el collar, jugad lo como vuestro, 
v si la suerte os favorece, él os servirá de 
talismán basta que volváis á colocarlo 
^n mi cuello. Y haciéndonos un gracio- 
so saludo, se alejó dejándonos perple- 
jos. 

— Esto es maravilloso, sin igual, estu- 
pendo, exclamó Franz, exhibiendo á 
nuestros ojos el fabuloso collar. 



155 

— Por primera vez tienes razón, caro 
poeta, le contestó Beltran, y como has 
andado parco en tus apreciaciones, agre- 
garé á mi tumo, que por esa sarta de 
rubíes, que te queman las manos, ha- 
bría dado Medea, sin titubear, el Vello- 
cino. 

— Y yo, todas las producciones de mi 
ingenio, añadió Eranz, 

— Las vendes caras. 

— Por hacerles justicia. 

7— Pues, por lo que á mí hace, dije a 
mi vez ¿í mis amigos, daria lo que no 
tengo por volverlo á ver de nuevo so- 
bre el seno en que hace poco descan- 
saba. 

— No sé francamente qué decirte ; pe- 
ro ya que se encuentra en nuestras 
manos, me contestó Beltran, justo 
es que llene el objeto para que nos ha 
sido confiado. 

— Y te atreverás á ello ! 

—Por qué no ? Nos ha sido entrega- 



156 

do con esa condición ; y de nuestra parte 
es un deber cumplirla. 

— Y si lo perdemos ? preguntóle Franz. 

— Se quedará perdido, porque ni aún 
vendiendo al diablo nuestras almas, con- 
seguiríamos lo suficiente para recuperar 
una sola de las piedras que lo compo- 
nen. Pero qué cuernos ! agregó Beltran ; 
á la espalda necias puerilidades ; el tokay 
uo incendia en balde mi cerebro, y el 
placer de vengarme de esos miserables 
ricachos que tanto escarnecieron nues- 
tra miseria, es mayor tentación que la 
de San Antonio. Vamos. 

— Piensa por lo menos en las conse- 
cuencias á que puedes exponernos, le 
dije. 

— No te canses ; las cosas que me ata- 
ñen las resuelvo una vez, y luego las 
ejecuto sin pensar más en ellas. 

— Y tomando el collar de manos del 
poeta, quién no opuso resistencia, se 
encaminó triunfante á la sala de juego, 



157 

á donde le seguimos Franz y yo, casi á 
nuestro pesar. 

Al vernos entrar de nuevo al escenario 
de nuestra primera desgracia, resonó en 
torno nuestro una estrepitosa algazara, 
y diez voces audaces exclamaron á un 
tiempo : 

— Vuelven los tres apóstoles ; los tre- 
ce francos van á entrar en jugada. 

A pesar de la influencia del tokay 
que bullía en mi cabeza, mis mejillas 
se enrojecieron, y con no poco asombro 
oí exclamar á Beltran al acercarse á 
la mesa: 

— Campo, señores mios : campo á los 
trece francos, que en realidad van á ju- 
gar de nuevo. 

Tanta audacia no dejó de producir 
efecto ; la tempestad que nos rodea- 
ba contuvo por un minuto sus estruen- 
dos, y apartando Beltran á los que le 
estorbaban el paso oponiéndose á su in- 
tento, logró al fin colocarse, seguido 



158 

por ; nosotros, frente al jorobado israe- 
lita que sostenía la banca- 
Durante nuestra ausencia, la jugada 
babia crecido de una manera asombrosa ; 
pero la banca, más feliz que los puntos,, 
habia recojido, casi por completo, todo el 
dinero circulante. Pirámides de orfr 
y de billetes de banco rodeaban al 
afortunado banquero; y sobre ellas, el 
despecbo y la envidia agitaban sus alas 
entre juramentos, maldiciones y blasfe- 
mias. 

Nuestra presencia produjo en la irrita- 
da multitud una sobreexcitación extraor- 
dinaria ; ojos feroces, encendidos por la 
desesperación, nos contemplaban con atro- 
ces miradas; y labios contraidos por 
satánicos gestos, nos mostraban los 
dientes apretados con horrible expre- 
sión. Las rechiflas comenzaron de nue- 
vo, 1& sátira esgrimió sin piedad sus 
ponzoñosos dardos; y la contenida tem- 
pestad de burlas y sarcasmos se desató 



159 

otra vez sobre nuestras cabezas con la 
impetuosidad del huracau. 

Beltran, imperturbable; ocultaba el 
precioso collar, y con rostro sereno es- 
tudiaba las diversas peripecias del juego, 
antes de aventurarse, cuando el banque- 
ro, satisfecho con su inmensa ganancia, 
anunció que iba á dar punto á la talla. 

Este anuncio inesperado rebosó la 
medida del despecho ; gritos de indigna- 
ción se dejaron oír ; y en medio del tu- 
multo que produjo este aviso, el collar 
de Esmeralda calló sobre la mesa, ro- 
deando con sus rojos anillos la suerte 
elegida por Beltran. 

La vista del riquísimo collar pro- 
dujo mil exclamaciones de indecible sor- 
presa ; y Beltran, más insolente que la 
que poco antes lo fuera con nosotros 
aquella envanecida multitud, exclamó 
con sarcástica conmiseración: 

— Cuidado, viejo Eleazar, si en rea- 



160 

Bdad no tenéis ahora con qué abonar esa 
miserable parada. 

Profundo silencio se siguió á estas pa- 
labras, y trascurridos algunos instantes de 
sorpresa y de estática inmovilidad, se 
oyó al espautado banquero, preguntar con 
voz incierta : 

— Y bien, caballero, | en cuánto esti- 
máis vuestro collar? 

— En lo que tenéis delante, exclamó 
Beltran con energía ; y si me toca per- 
iler, regalo á los mirones lo que sobre, 
eubierto vuestro fondo. 

El banquero después de dudar bre- 
Tes instantes, resolvió jugar la talla, 
y agitando el cuerno con mano tem- 
blorosa, lanzó los dados que corrieron 
veloces sobre el verde tapete, sin deci- 
dir la parada. Varias veces, sin éxito 
favorable ó adverso, se repitió la caida 
de los dados. Nadie respiraba ; nuestra 
apuesta absorbia la atención general. 
Hl grupo que nos rodeaba, poco antes 



161 

tan animado y bullicioso, parecía ha- 
berse petrificado, tanta era su imnobi- 
lidacl. La indecisión fué horriblemente 
larga. Las arterias me latian \ jirábame 
desvanecida la cabeza, y casi no distin- 
guía los objetos que miraba. Acome- 
tido de una violenta fiebre, mis músculos 
se estremecían con nerviosa rapidez : un 
sudor helado caía en gruesas gotas de 
mi frente; todas las torturas del infier- 
no me destrozaban el corazón, y la emo- 
ción amenazaba ahogarme, cuando un 
rugido del banquero, y una explosión 
de triunfo, que estalló de improviso, en 
mil gritos de asombro, me volvieron á la 
vida. Los dados acababan de detener- 
se frente á mí, y dos treses, deslum- 
bradores como dos espadas de fuego, nos 
daban la fortuna. 

Beltran, airado y fiero dominó la alga- 
zara con un grito de gozo capaz de en- 
sordecer al universo. 
11 



162 

Franz, más impresionable, saltó sobre 
una silla para dominar mejor la escena; 
y exaltado por el rápido cambio de la 
fortuna, prorumpió en Víctores, huirás- 
y palmadas, que hacian temer un comple- 
to desconcierto de su razón. 

Yo quedé anonadado en medio de lo» 
jugadores que aplaudían nuestro triun- 
fo como poco antes escarnecían nuestra 
miseria; cuando el judío Bleazar, pálido 
de ira y de despecho, cedió el puesto 
á Beltran, y éste, sobre las montañas de 
oro que poseía la banca, extendió sus 
hercúleos brazos como bandera protec- 
tora. 

Como es de suponerse, no nos falta- 
ron felicitaciones : la estima de ordinario 
está en razón del Quantum possedemus. 

Mientras mis dos amigos agasajados 
por la multitud, repletaban de oro y 
billetes de banco los bolsillos, y empa- 
quetaban en la carpeta de la mesa lo 
que no podían guardar en ellos, yo me 



163 

bahía apoderado del collar, y al contem- 
plarlo de nuevo en mis manos, recorda- 
ba absorto, que al decir de Esmeralda, 
aquella prenda fabulosa me serviría de ta- 
lismán, cuando sentí una voz que me 
dijo al oido : 

— A las tres, en la gran avenida del 
jardín. 

A pesar del trastorno que producia 
en mi ánimo tan inesperada fortuna, mis 
miembros se agitaron con repentino ca- 
lofrío, volvíme rápidamente, y con pro- 
fundo terror vi alejarse á Mefistófeles. 



164 



IX. 



Delirio. 

— Oh! somos ricos, poderosos, excla- 
mó Franz palmoteando de gozo, apenas 
dos encontramos solos. Adiós, miseria 
importuna, adiós, jurada compañera de 
todos los instantes de mi vida; ya no 
vendrás á tocar á mi puerta que encon- 
trarás cerrada con el doble cerrojo de 
la riqueza : ya no harás que maldiga la 
existencia que tanto me amargabas. Y 
decir que el dinero no regenera ! Míra- 
me, Humberto, me siento transformado : 
creo tener las fuerzas de Alcides y la 
virilidad de un hotentote de veinte 
años. Ahora sí que comprendo cuan- 
to miran mis ojos : prodigios de la opu- 
lencia; lo que nos rodea es digno de 
nosotros. Beltran sublime ! estás mag- 
nífico! Después de vencer á la íortu- 



165 

na rae pareces más grande y más osa- 
do que todos los titanes que intentaron 
el asalto del cielo ; y te juro por quien 
soy, que te admiro en este instante 
como al ser más prodigioso que ha 
producido la naturaleza. Qué versos 
voy á hacer ! Yo mismo casi me es- 
panto con la fecundidad que se des- 
arrolla en mi cerebro. No seré ingrato, 
no: una oda ponderando las ventajas 
y las delicias del juego, es de justicia 
y de rigor. Ya me bulle en la mente 
la primera estrofa: 

Fecunda fuente de la dicha humana, 
Pasión sublime de eternal ventura. 



Qué demonios ! se me tachará de in- 
moral, pero en cambio desahogaré el 
corazón agradecido y haré rabiar á los 
vapuladores del pecado. A quejarse al 
infierno ! Mi estrella ha cambiado de 
rumbo é irá á lucir sus destellos á re- 



166 

giones más altas. Paris ! París ! te ten- 
go en el bolsillo ; prosiguió Franz, jes- 
tieulando con el arrebato de nuestros 
oradores populares; iré á admirar tu 
grandeza, y saldré de esta posilga, de 
esta penitenciaría del genio, donde el 
alma se asfixia. Qué dieba ! no tornar 
á ver jamás la terrible Rotunda, ni la 
plaza Bolívar, ni el saman del Catu- 
che donde enlacé cigarras cuando niño, 
ni la cara avinagrada de tanto acree- 
dor ratero á quienes hice el honor de 
tocar sus mercancías ! ; Adiós, Caracas 
la triste ! á quién los poetas patrios, 
en un acceso de idiotismo ( y yo entre 
ellos), hau llamado la gentil y la sul- 
tana, quizá porque ba tenido sultanes; 
ya no me harás trotar por tus ásperas 
calles, meditando en el problema de la 
cuadratura del círculo; ó tras la piedra 
filosofal : mi pobreza pasó, y sin ella 
he dejado de ser tu parroquiano. Aux 
Champs-Elysées, Beltran querido; allí 



167 

y no en otro lugar de esa encantado- 
ra Babilonia, edificaré un palacio, con 
almenares moriscos, torres góticas y 
columnas de jaspe. Las artistas en bo- 
ga, y las Loretas á la moda, revolotea- 
rán al rededor de mis jardines, como 
palomas á la entrada del palomar. Ten- 
dré carruajes suntuosos; caballos que 
envidiará el Jockey-Club; intrigas á mi- 
llares. Du Bois de Boulogne mix, Ita- 
itens, ó á Mábille ; de allí, bien acom- 
pañado, por supuesto al café Biche, y 

luego al cielo. Compraré guantes 

frescos; estos están muy malos. Me 
haré copiar al óleo y en traje de ro- 
mano, conduciendo un carro antiguo, 
como las Victorias que sobre el arco 
de Carrousel guiaban los caballos de 
-San Marcos: visitaré el viejo Louvre : 
disputaré en Longchamps el gran pre- 
mio de las carreras. Me descubriré con 
religioso entusiasmo .trente la columna 
Vendóme, é iré á pensar en la gran- 



168 

deza humana, bajo la cúpula de los 
Inválidos, frente al panteón del sucesor 
de Oarlo-Magno. París, París, te sien- 
to en el bolsillo. Saciado de placeres 
olímpicos, (que así los llamaré) atra- 
vesaré la Francia, trasmontaré los Pi- 
rineos, y sin creerme en África, como 
han pretendido algunos, iré á sonar en 
la Alhambra con Boabdil y sus zegríes. 
Para evitar pesadillas, esquivaré en el 
Escorial la sombra del hijo de Carlos 
V; y de allí á la plaza de toros de 
Sevilla ó de Madrid; veré destripar 
caballos y funcionar á los émulos de 
Cuchares. Admiraré del Manzanares 
el puente que lo abruma ; en sus pretiles 
compondré las Orientales que le fal- 
tan á mis credenciales de poeta mo- 
derno; rivalizaré á Zorrilla, y seré ad- 
mitido á la Academia, mal que le pese 
á Villérgas y á los cofrades del no ol- 
vidado Larra Y á tí, Italia famosa; 

cuna del genio y de las artes, podré 



169 

olvidarte? íTo; mi bajel atraído por 
tus glorias, surcará el mar Tirreno. Su- 
biré el sacro Tíber hasta pisar tu suelo 
palpitante frente al mausoleo de Adria- 
no. La Roma pontificia no logrará que 
olvide á la Roma pagana, y franqueará 
sus catedrales y sus ruinas á mis ojos 
ansiosos. La encantada Venecia abrirá 
sus canales á mi ligera góndola; salu- 
daré al león terrible ; y en la moderna 
Parténope, cuna de Massanielo y Cima- 
rosa, lucharé con el Hércules Farnecio.. 
Me haré tallar una estatua con lava del 
Vesubio; buscaré sobre las rocas de* 
Oapri los vestigios del palacio de Tibe- 
rio ; arrojaré flores en Paussílipo so- 
bre la tumba de Virgilio : visitaré á So- 
rrento, ilustrada por el Taso ; y si la 
muerte llega á cortarme la vida, antes 
de ver á Atenas y de evocar en las rui- 
nas de Esparta la sombra de Leónidas ; 
á imitación de Chateaubriand, que pi- 
dió para sus huesos la cavidad de una 



170 

roca en las costas de Bretaña, exigiré á 
mis descendientes que me eleven un tú- 
mulo en el coufin del desierto, en la 
Sierra de la Luna, y reposaré tranquilo, al 
arrullo del simoun, en el corazón del 
África. 

— Pues, se está volviendo loco! ! ex- 
clamó, Beltran cortando la palabra al poe- 
ta, quien á pesar de haber ya hecho 
testamento, nos amenazaba todavía con 
proseguir sus fantásticos viajes. 

— Qué loco, ni qué cuerno ! contestó 
Frauz con ademan despreciativo; eres un 
ganso, buen amigo, y pues que no sa- 
bes soñar, no necesitas la riqueza. Pe- 
ro, qué veo ? Humberto no participa del 
júbilo que nos enciende. Y dirigiéndose 
á mí, añadió con profundo desden : ¿Sen- 
tirás por ventura mió carissimo la ausen- 
cia de tu vieja compañera, la pobreza ? 

— Cómo te hace olvidar la felicidad 
las penas de tus amigos! dije á Franz# 

— Y por qué tienes penas, cuando tie- 



171 

nes dinero! rae preguntó admirado ; á mi 
entender son cosas que se excluyen. 

— Olvidas por ventura que dentro 
«de algunos minutos debo afrontar la 
muerte! y que después de encontrar- 
me redimido de la miseria, debe ser- 
me doblemente terrible el lance que 
me espera! 

— Tieues razón ; dijo Franz, preocu- 
pado un instante ; ¿ pero quién duda, 
añadió luego con uerviosa rapidez, quién 
duda que cuando se está de buenas 
se echan suertes! Saldrás victorioso 
de ese duelo, como Beltran de la juga- 
da ; pues si te anima la fiebre que me 
abrasa, no habrá poder que te resista. 
La felicidad como las aguas de la lagu- 
na Estigia, hace al hombre invulnera- 
ble ; si quieres, cédeme el lance, y res- 
pondo del éxito. 

— Bravísimo, adorable poeta; exclamó 
riéndose Beltran ; la fortuna te ha conver- 
tido en león. Y volviéndose á mí : va- 



172 

mos, Humberto, añadió con desenfado; áV 
la espalda esos vanos temores : la suerte 
que te toque será la nuestra ; busquemos 
por ahora dónde escanciar un tonel de 
aquel precioso néctar que aun me alien- 
ta; y adiós de Mefistófeles. 

—Bien rimada, Beltran, esa bravata; 
exclamó Franz atusándose con insolen- 
cia los mostachos; me reconcilio con- 
tigo; pero probemos de nuevo ese licor di- 
vino preparado exclusivamente para 
nuestros paladares. 

— Para el muy delicado de los dio- 
ses, querrás decir¿ agregó Beltran. 

— Y qué otra cosa somos, aquellos á 
quiénes corona el mirto y pregona la fama 
como á mí? preguntó Franz con inso- 
lente jactancia. 

— ¡Desgraciados esclavos de la mate- 
ria, que apenas elevados sobre dos pul- 
gadas de tacón, ya se figuran haber 
tocado el cielo ! 

— Caíste de nuevo en mi rencor. 



173 

— -Y no me extraña ; porque sé, por 
experiencia, que el agradecimiento es 
una planta no fácil de ingertar en todo 
corazón. 

— No sé qué contestarte, replicó-Franz 
con desden; tendrás ó no razón ; seré 
ingrato y voluble; pero convéncete de 
que no soy lo que era ayer; mejor di- 
cho ; de que soy en realidad lo que basta 
boy be dejado de ser . 

— Un loco, un visionario presuntuoso. 

— Te engañas; un ser pensante, que 
tiene fé en sns fuerzas, y que no ba 
menester de alas ajenas para ascender 
basta el sol. 

— La vanidad no es un pecado nue- 
vo, le contestó Beltran ; por el contra- 
rio, es tan viejo como el mundo y tan 
insensato como el hombre; no hay pues, 
rareza en poseerla. 

— Demos de mano, mis amigos, al sen- 
timentalismo y á esa sempiterna filosofía, 
que es cuerda que en este instante me 



174 

disuena en el oído, exclamó Pranz con 
impaciencia. Yo los creia modificados, 
girando en otra órbita; y me encuentro 
con la vieja rutina sirviendo de fanal 
al porvenir. Es bien triste lo que á 
ustedes acontece; pero eviten contagiar- 
me, que no es caritativo amargar la fe- 
licidad á los amigos. Qué diablos ! galva- 
nícence al menos, y griten como yo á, 
plenos pulmones: ¡Muera el estro ele- 
jiaco, y en cambio viva Plutus, excelso 
dios que nos alienta, y Baco y Venus ale- 
gres cam aradas del placer. . .Y callan! 

y me miran espantados, como si no 
comprendieran mi alegría, añadió Fran& 
sorprendido. Qué posmas ! griten con- 
migo: "viva el vino y la mujer" y 
habrán dicho algo cuerdo. 

— íío hai caso, murmuró Beltran ; sal- 
drá de aquí para entrar á una casa 
de orates. 

— ¿ Porque no soy hipócrita, replicó 
el poeta; porque no me amilano; porque 



175 

no me embarazan las riquezas que po- 
seo ; porque rio, canto y me extasío en 
brazos de la felicidad T qué aberración ! 
Lo que poseo no rae es extraño : he so- 
ñado tantas vece» con la posesión de 
unos cuantos millones, que me encuen- 
tro, sin esfuerzo, connaturalizado con 
la opulencia; mientras que á ustedes, ya 
se ve, aun les queda en la mano el 
asa del cesto del mendigo. 

— Dejemos hacer á Franz cuantas lo- 
curas se le ocurran, dije á mi vez á 
Beltran ; y pensemos en la manera de 
procurarme un arma, si no quieres que 
acepte las que me ofrezca mi contra- 
rio. 

— Es de todo punto indispensable, con- 
testó Beltran, pero en donde sin salir de 
aquí, podremos encontrar lo que preten- 
des? 

— Oh ! No se preocupen ustedes, ex- 
clamó Franz interrumpiéndonos. Para 
salir de tal apuro tengo una idea feliz, 



176 

como todas las que de hoy en adelante 
poblarán mi cerebro. 

— Exponía, dijo Beltran mirando de 
reojo al poeta. 

— ¿Es á Humberto á quien toca la 
elección ele las armas ? 

— Se la han dejado. 

— ¿Y es él además, quién impondrá las 
condiciones del combate? 

— Así parece. 

— Pues todo está resuelto. 

— De qué manera ? 

— Batiéndose al canon, y á quince 
pasos. 

— Es una burla, Franz, que no me- 
rezco, dije á mi aturdido amigo. 

— Di más bien una tontería, que, á fe 
no le hace honor, agregó Beltran, con 
severidad. 

— Ni necedad, ni burla, contestó Franz 
^enseriándose; sostengo lo que he dicho. 

— No puede sostenerse por ser inad- 
misible. 



177 

— Por qué no 1 En buena ley, Hum- 
berto puede escoger el arma que le 
plazca. 

— El canon no es admisible en casos 
«orno este. 

— Pasará por estravagante. 
— Además, no tenemos cañones á la 
mano. 

— Precisamente, ahí quería yo llegar. 

—Y bien ? 

— Habrá que buscarlos. 

— No es posible conseguir á estas Lo- 
tos dos piezas de artillería. 

— Muy bien, me ayudas sin querer- 
Jo dijo Franz. 

—Cómo ? 

— Sosteniendo esa imposibilidad. Así 
pues, habrá que aplazar el duelo para 
mañana ; y 4 cuántas cosas pueden ocu- 
rrir entretanto que lleguen á impedirlo 
en absoluto? 

12 



178 

— Qué te parece, Humberto ? me pre- 
guntó Beltran. 

— Que lo expuesto por Franz es muy 
caritativo, pero que juzgo indecoroso re- 
currir á semejante expediente. 

— ¿Insistes entonces en batirte, en ver- 
ter sangre, en matar ó morir ! me pre- 
guntó el poeta. 

— No está en mi mano evitarlo, le con- 
testé pensando en aquellos misteriosos in- 
convenientes que, según Esmeralda, po- 
dían surgir é impedir nuestra entrevista. 

— ¿No está en tu mano, y sin embargo, 
vas á jugar la vida! 

—No. 

— 4 Quieres decirnos el por qué ! 

— Es un secreto que no puedo reve- 
lar. 

— Ni aun á nosotros? exclamaron á 
un tiempo mis amigos. 

— Lo que es por esta noche, ni aun 
á ustedes. 



179 - 

— Y mañana ? preguntó el poeta más 
curioso que Beltran. 

— Mañana es otra cosa; si estoy vi-- 
vo todo lo sabrán. 

— Oh ! humanidad, qué miserable eres f 
exclamó Franz, con desesperación ; ¡ có- 
mo ha de haber constantemente en el 
fondo del cáliz que te ofrece el destino, 
una gota de acíbar capaz de amargar la 
poca felicidad que puedes disfrutar en 
este mundo ! 

— Ya lo ves, le contestó Beltran ; la 
risa es de ordinario la precursora de 
las lágrimas. 

— Por mi parte protesto, que no he de 
llorar más nunca, exclamó Franz con 
exaltación. 

— Arroja al mar el corazón. 

— Si me fuera posible, no dudes que 
lo haria. 

— No es tan difícil, replicó Beltran; 
empieza por abandonar á Humberto á 
su destino; y sigue girando alegre en 



180 

el torbellino que te arrastra. 

Franz, hizo un jesto de dolor, guar- 
dó silencio un momento y luego, como 
quien toma una resolución superior á 
su energía, enjugóse la frente, suspi- 
ró con embarazo, y mirándonos con fije- 
za dijo pausadamente, indicándonos una 
puerta: 

— En aquella sala hay una gran pa- 
noplia, y en su ceutro dos espadas igua- 
les, examínalas, y que Dios nos prote- 
ja. 

Nuestros brazos se abrieron y Frauz 
se arrojó en ellos. 

La galería en donde nos hallába- 
mos había quedado sola ; la sala in- 
dicada por Franz también lo estaba ; 
fácilmente pudo Beltran examinar las 
espadas, que encontró de su agrado, 
y volviéndose á nosotros que le espe- 
rábamos á la puerta, nos hizo notar la 
soledad que nos rodeaba, y en la cual 
hasta entonces no habíamos reparado. 



181 

— Es singular, le dije. 

— Por el contrario, nada tiene de ex- 
traño, agregó Franz, nuestros compa- 
ñeros de fiesta deben de estar cenando, y 
el estómago me dice que no haríamos 
mal en imitarlos. 

— Opinas como este sibarita ! me pre- 
guntó Beltran. r 

— Haré lo que ustedes quieran, le con- 
testé. 

— Pues, en marcha, agregó el poeta. 
Pero qué veo ! aún conservas el collar en 
la mauo ! y á menos que pretendas ador- 
narte con él, para hacer rabiar de ce- 
los á ese buho de Mefistófeles, no sé 
por qué no has de guardarlo. 

— En efecto, exclamé sorprendido, lo 
había olvidado. 

Y contemplando de nuevo el pre- 
cioso collar, me pareció que aquellas pie- 
dras de rojos y deslumbrantes resplan- 



182 

dores, palpitaban llenas de vida entre 
mis manos. 

— Por qué nos detenemos? Qué te 
pasa ? preguntó Franz, mirándome con 
extrañeza. 

— Oh! lo más extraordinario que uste- 
des se pueden imaginar. Esta sarta de ru- 
bíes se estremece entre mis dedos cual si 
estuviera electrizada. 

— El electrizado eres tú. 

— Es posible, contesté al poeta; pero 
persuádete de que esta joya encierra 
un gran misterio; cada vez que la 
miro siento vigorizarse mi energía. 

— Tanto mejor si lias encontrado un 
talismán que te proteja ; pero recuerda 
que ya es tarde, y que no acostumbro 
dar suplicio á mi estómago. 

— Vamos, le dije, recobrando casi por 
completo la perdida tranquilidad, al sen- 
tir descansar sobre mi corazón el her- 
moso collar, que habia ocultado en 
la faltriquera de pecho de mi frac. 



183 

Y precedidos por Franz, que acariciaba 
las pesadas monedas que repletaban sus 
bolsillos, y los paquetes de billetes de 
Baueo, con que sabiamente habia logra- 
do pertrechar todos los escondrijos del 
vestido, nos dirigimos al comedor, guia- 
dos por el choque de las copas y la ex- 
plosión de las botellas, que no lejos 
destapaban. Atraídos por tan simpáti- 
co rumor, cuyo solo eco despierta el 
apetito del gastrónomo, atravesamos un 
terrado encantador, florecido de violetas 
de parma y de camelias blancas, y em- 
pujando las doradas hojas de una puer- 
ta, nos encontramos con un espíen, 
dido banquete, en el cual, el reflejo de 
las luces, el aroma de las flores, los 
manjares esquisitos y los humeantes vi- 
nos, avivaban la alegría en todos los sem- 
blantes. Sonaban los cristales, hacia 
explosión el champaña y en olas de 
hirviente espuma se desbordaba de las 
copas, entre alegres discursos y exclama- 



184 

ciones de júbilo. Mostrábanse risueñas 
las hermosas convidadas á tan magnífi- 
co íestin: las mejillas de roja púrpura 
encendidas, los húmedos labios entreabier- 
tos, como para recojer los mil besos que 
volaban audaces en aquella atmósfera 
de embriagador deleite, los mal velados 
senos palpitantes, y encendidos los ojos 
de amor y voluptuosidad. 

A punto que nos presentamos, la or- 
gía tocaba al extremo en que los 
brindis se confunden, en que la risa 
impera, en que todos hablan sin que 
nadie escuche, y en que el vino, cir- 
culando por las venas, adormece todos 
los sentimientos que no armonizan con 
la embriaguez y la locura. 

— Al fin llegáis, señores, exclamó 
Esmeralda, apenas nos miró aparecer t 
ocupad vuestros asientos, y esforzaos- 
en alentar á estas beldades con el ejem- 
plo de vuestro inagotable entusiasmo. 

Franz no se hizo repetir tan grata in- 



185 

vitacion ; tomó el asiento indicado, y 
sus narices se dilataron al aspirar tau de- 
leitosa atmósfera, como las del caballa 
del beduino, que, familiarizado con el 
fuego, se embriaga con el estruendo y 
con el humo del combate. En pocos 
minutos, gracias á las repetidas libacio- 
nes, que no quiso esquivar, el poeta 
se encontró al nivel del común aturdi- 
miento; y alegre y espiritual, con ma- 
neras de gran señor y audacia siu lí- 
mites, mesclábase en todas las locuras, y 
así se producía en epigramas punzantes, 
como se ahogaba en Champaña. Eti 
medio de su delirio solo le atormentaban 
las frecuentes observaciones de Beltran^ 
quien tan enardecido como el que más,, 
no cedia fácilmente al empuje de 
huracán que arrastraba al poeta, como 
á lijera pluma. 

Nuestra presencia produjo entre los 
convidados de Esmeralda una ruidosa ex- 
plosión de entusiasmo. 



186 

— ¡ Tres huirás, señores, por este ins- 
pirado mimen que nos presta el Olimpo ! 
exclamó un aturdido, indicando á nues- 
tro amigo Franz. 

— Nos hacia falta una lira para cantar 
nuestra alegría, agregó otro, después de 
hacer honor á los hurras propuestos; y he 
aquí que el cielo nos la envia, anima- 
dla y vibrante, á medida del deseo. 

— La felicidad es exigente, dijo á su 
"vez uno de mis vecinos, pero el cielo, 
su padre, no se cansa de mimarla. 

— Y con razón, señores, agregó una 
picante morena, de ojos de terciopelo 
con reflejos de infierno, que se hallaba ala 
derecha de Franz. 

— Y por qué, diosa del Tártaro 1 pre- 
guntaron varias voces. 

— Porque la felicidad es su remedo. 

— Vivir es gozar: luego la tierra es 
el cielo, exclamó una rubia seductora, 
.cuyas formas habria envidiado Aspa- 
ría. 



187 

—Bravo! murmuró una voz ronca, y 
la copa que llevaba á los labios Mefis- 
tófeles, estalló haciéndose pedazos. 

> — Parodiando á Descartes, dijo Franz: 
gozo, luego existo. 

— Magnífico! repitióla cavernosa voz. 

—La luz es la vida, añadió Franz, 
con extremada exaltación, la vida es el 
placel', el placer son los besos, los besos 
la mujer. 

— Por el poeta, señores! que ya em- 
pieza á limar, exclamó Esmeralda le- 
vantando la copa. 

—Y por las musas que lo inspiran ! 
agregó la picante morena. 

— Y por Baco ! el más amable de los 
dioses. 

— Y por Venus ! la seductora. 

—Y por Pistas ! mi patrón, gritó 
Franz. 

— Y por la reísa de la fiesta ! añadió 
Beltran indicando á Esmeralda. 

— Y por tí, ascua de infierno, volcan 



188 j 

ignívomo, cáustica Proserpina, repitió 
Franz vertiendo champaña en la copa 
de su vecina. 

— Que improvise el poeta! gritaron; 
veinte voces. 

— Sí, y que cante Esmeralda ! agre- 
garon otras tantas. 

— Improvisa, improvisa, dijo á Franz 
su picante compañera; figúrate que es- 
tás en el Olimpo, y que eres nuestro 
Apolo. 

— ¡Y tu, quién eres? preguntó Franz. 
con rapidez. 
— Yo? Venus. 

— Venus ! la hermosa Venus ! gritó 
Franz dando un salto y cayendo de pié 
con la copa en la mano; te reconozco; 
juntos jugamos en el mar con sus espu- 
mas. Dame vino ! 

Y agitando sus rizados cabellos, cual 
si fueran las llamas de un bracero in- 
flamado, exclamó delirante: 



189 

Cuando en las ondas jélidas, 
Al resplandor febeo 
Apareciste nítida, 
Cual sueño del deseo, 
Por tí mi pecho ignífero 
De amor se estremeció. 
Y al envidiar de Júpiter, 
La venturosa suerte, 
Sentí montado en cólera, 
No ser algo más fuerte 
Para con mano olímpica 
Arrebatarte yo. 
E interrumpiéndose de súbito: 
—Calla musa ! anadió ; no eres tú la 
que tienes puesto de privilegio en esta 
fiesta de las gracias; á Euterpe le co- 
rresponde pulsar antes que á tí el laúd. 
—Pues que cante Esmeralda dijo Bel- 
tran en alta voz. 

—Sí, que cante, que ría, y nos cautive 
con su acento celestial, repitió la atur- 
dida multitud. 
Esmeralda, hizo llenar su copa, y se 



190 

puso de pié. La orquesta, hasta en- 
tonces en silencio, dejó oír los primeros 
acordes de un acompañamiento, y con 
voz de sirena, cuyo timbre, dulzura y 
robustez, habría envidiado la inmortal 
Malibran, mi adorable Esmeralda ento- 
nó el alegre brindis de Traviata, que en 
ruidoso concierto repitieron en coro sus 
delirantes convidados. 

Aprovechando esta favorable circuns- 
tancia, Beltran, tostado por la sed, 
acercó á su cubierto cuantas botellas se 
encontraban al alcance de su mano. Yo 
incliné la cabeza, y cada vez más sub- 
yugado por el encanto de aquella mu- 
jer maravillosa, llegué a dudar si me 
hallaba en la tierra ó en el cielo, si 
era ángel ó mujer la que cantaba, si 
aquellas notas purísimas que cual cas 
cada de diamantes brotaban de su pecho 
no eran una alucinación de mis oidos 
en los que, por una infernal combinación 
se confundían con el falsete detestable 



191 

de Franz, quien, aturdido más que nun- 
ca por el tokay, la fortuna y el amoiy 
glosaba entusiasmado el canto de Esme- 
ralda. 

A medida que las estrofas del inspi- 
rado brindis se repetían con mayor en- 
tusiasmo, ereeia la exaltación y el de- 
lirio; una fiebre violenta abrasaba á es- 
pectadores y cantantes ; la locura cam- 
peaba, y el canto se convertía en estruen- 
do, cuando por sobre tanto ruido resonó- 
dominándolo, la triple campanada de un 
gran timbre metálico, que entrenó de^ 
improviso la desatada tempestad. 

— Las tres ! dijo Esmeralda, casi ro- 
sando mis mejillas con sus purpúreos 
labios; y envolviéndome en las ondas. 
de su aliento de fuego: Habéis oido? 
añadió. 

— Si, le contesté balbuciente, sintiendo* 
hervir la sangre en mis arterias; sí!: 
y acometido de nerviosa emoción, la vi 
desaparecer vaporosa y lijera tras la. 



192 

♦cortina de una- puerta, á tiempo que el 
sombrío Mefistóíeles exclamaba cou ca- 
vernoso acento : 

— Las tres! señores, sonó la hora te- 
rrible ! 

Yo salté del asiento como tocado por 
un hierro encendido, 

— Todo va á terminar, agregó el fan- 
tástico agorero, y espero me concedáis 
la honra de proponeros la última libación. 

— Brinda por tus ocultos cuernos, gri- 
tóle Franz, en el paroxismo del delirio. 

— Por la ausencia de tus carnes, agregó 
un convidado. 

— Por tu primer amor, añadió otro. 

— Por la alegría, que estorbas. 

— Por el mal, tu elemento. 

— Por la dicha, que envidias. 

— Por el infierno que presides, tornó 
á exclamar el poeta. 

—Bravo ! exclamó riéndose Mefistófe- 
les, con ruido igual al que pudiera pro- 
ducir una bala de acero, rodando á sal* 



193 

tos por una larinje de pedernal. Cuántas 
miserias! Por algo más trascendental y de 
mi agrado espero que brindareis conmigo. 

Y poniéndose de pié, como un espec- 
tro animado, añadió con la misma ironía, 
•dejando caer cada una de sus palabras en- 
tre los saltos de su satánica carcajada : 

— Pero, no os vayáis á reíros de mí. 
Brindo. . . . 

Y se detuvo con el brazo extendido, 
Ja copa en alto y acariciándonos con el 
siniestro brillo de su torva mirada. 

— Por qué diablos? repitieron cien voces 
juntamente. 

— Por el ángel terrible de la muerte ! 
exclamó Mefistófeles, que se cierne so- 
bre vuestras cabezas, y al que olvidáis 
*3u los trasportes de vuestra estúpida 
alegría. 

Las copas esta vez no se vaciaron : 
una sacudida eléctrica estremeció á la 
multitud. La palidez con que el terror 
13 



194 

amortaja á sus víctimas, sustituyóse á la 
púrpura que poco antes iluminaba todos 
los semblantes. A las palabras de Me- 
fistófeles siguióse un profundo silencio, 
y anonadados, contemplamos languidecer 
de súbito las luces, caer marchitas de 
sus tallos las más lozanas flores, y des- 
bordarse de las copas, como de fuente 
inagotable y abundosa, la blanca espuma 
del champaña. 

Yo, cual ninguno, sentí helarse mi san- 
gre y erizarse mis cabellos, pues era para 
mí para quien aquel lúgubre brindis tenia 
mayor significación. Más abatido que 
cuantos me rodeaban, sentí desfallecer 
el ánimo; pero un movimiento maqui- 
nal me llevó al pecho las manos, y es- 
tas tropezaron con los eslabones del 
collar que palpitaba en mi seno cual 
otro corazón. Como si hubiera tocado 
una sarta de encendidas brasas, lancé 
un grito ; y reaccionándome con extraña 
rapidez, sentí renacer con la energía 



195 

perdida, todas las aspiraciones de mi 
alma apasionada. Mefistófeles, que á 
la sazón se gozaba en su triunfo, fijó 
en mis ojos su mirada sombría, y un 
jesto de sorpresa hizo traición á la impa- 
sibilidad de su semblante. 

— Me resistís ? exclamó conturbado, 
— ISTo sé lo que queréis decir, le con- 
testé ; y tomando de nuevo mi abando- 
nada copa: vamos, le dije; si nadie te 
acompaña, yo lo hago : bebamos por la 
muerte. 

Y apuré el licor. 

— Prepárate á esperarla, me dijo. 

— No la olvidéis tampoco, respondí. 

Y seguido de mis amigos, que, pasma- 
dos de asombro, no hallaban cómo es- 
plicarse aquel cambio inesperado, sali- 
mos del comedor, donde absortos que- 
daron los convidados de Esmeralda, co- 
mo ante el mane, thecel, phaees, los 
delirantes concurrentes al último festín 
de Baltazar. 



196 

X. 

El talismán. 



— Ahora, que se cumpla el destina 
que me esté reservado, dije á mis cons- 
ternados amigos, al salir del comedor. 

— Mi última palabra, Humberto, mi 
última súplica, exclamó Franz, curado 
súbitamente de su febril delirio por el 
terror que le habia infundido Mefistó- 
feles : huyamos ! 

— Huir ! sabes tú lo que dices ! 

— Cómo ! replico Franz, mirándome 
asombrado g es posible que aún no ha- 
yas comprendido que en ese espectro 
sombrío, en ese histrión terrible se en- 
carna un maléfico genio f ¡No has sen- 
tido abrasarse tu cerebro en los des- 



197 

tellos elécricos de sus ojos de ascua? 
¿No te ha lastimado el alma la cons- 
tante sucesión de sus sarcasmos, ni he- 
lado la sangre y erizado el pelo su ri- 
sa convulsiva y estridente como un 
crujido del averno ? 

— Oh ! Todo lo que rae dices lo he 
sentido, exclamé, á mi pesar estreme- 
ciéndome; mas para llegar a la dicha 
que ambiciono, tengo por fuerza que 
tropezar con ese escollo, vencerlo ó su- 
cumbir. 

— Locura, locura imperdonable, dijo 
á su vez Beltran. Nada existe Hum- 
berto, sobre la tierra, capaz de merecer 
el sacrificio á que te prestas. 
Nada? 

— Nada ! repitió Beltran cou extrema- 
da convicción. 

— Te engañas esta vez, amigo mió, le 
dije ; hay sentimientos que nos exigen 
con apremio lo que pretendes negarles. 

— El honor, que es de los más impe- 



198 

tíosos, replicó Beltran, esforzándose en 
disuadirme de mi intento, no lleva sus 
instancias más allá de la esfera de 
'nuestras limitadas condiciones. 

— El honor en el presente caso, mi 
'querido Beltran, es un sentimiento de- 
masiado pasivo si se compara con los 
apasionados arrebatos del amor, del 
amor ! que nada teme ni respeta, y 
ante el cual se abaten, como castillos 
de naipes, las barreras de lo imposible. 

— El amor á ese grado de eferves- 
cencia, degenera en insensatez y pierde 
toda autoridad. 

— Mas no para impedir que se le es- 
torbe en sus fines. 

— Cuando el que estorba es un mor- 
tal. 

— Aun cuando sea el demonio! 

— Oh ! entonces todo intento es lo- 
cura. Convéncete, que un duelo con 
ese extraño incógnito, mitad hombre y 
mitad fantasma, es la prueba más com- 



199 

pleta del extravío de tu razo». Mien- 
tras le creí de nuestra misma especie 
no me opuse á que aeeptaras el funesto 
encuentro; pero después de lo que he 
visto, de lo que he oído y del estudio 
que llevo hecho de su diabólico proce- 
der, no hay razón para que aceptes un 
combate en que todas las ventajas le 
áavorecen por tener de su parte el in- 
fierno 

-—No te empeñes en disuadirme, ex- 
clamé sintiendo palpitar sobre mi pecho 
el collar de Esmeralda, cual otro cora- 
zón. 

— Humberto ! 

— Basta, añadí dominando á Beltran 
con la energía de mi resolución ; con 
Satanás en persona me atrevería á lu- 
char por poseerla. 

— Por poseerla ! repitió Franz asom- 
brado. 

— Sí ; por llegar hasta ella y exhalar 



200 

á sus pies con el último aliento, ini alma 
enamorada. 

— Humberto, Humberto, exclamó Bel- 
tran palideciendo ; esa mujer es un miste- 
rio impenetrable, un abismo de tinieblas 
en cuya sima, sin encontrar la felicidad, 
te hundirás para siempre. 

— Todo lo arrostro por tornar á verla. 

— Tal vez ya sea imposible tu deseo,, 
agregó Franz. 

— Me espera. 

— Te espera ! No mientes ? exclamó él 
poeta, cuyos ojos apagados volvieron á 
chispear un instante. 

— Me has arrancado el secreto que les 
habia ocultado. 

— Pues una fuerza superior á tu au- 
dacia, tornó á decir Beltran, te impe- 
dirá llegar á ella. 

— Con el fuego que me abrasa, no 
habrá poder humano que impedírmelo* 
pueda. 



i 



201 

— ¿Y sobrehumano! preguntó Bel- 
tran estremeciéndose. 

— Tampoco ! 

Y poseído de insensato delirio, me lan- 
cé sin vacilar por la escalera que des- 
cendía al jardín. 

— Detente ! exclamó Beltran anona- 
dado ; no des un paso más, aun es tiem- 
po de volver á la razón. 

— Imposible, le grité más y más ex- 
altado por las trepidaciones del collar 
que palpitaba sobre mi pecho ; mi alma 
está con ella, y la voy á buscar. 

Dispuesto á no volver atrás, seguí 
bajando á pesar de las súplicas de mis- 
amigos; pero ya al pié de la escalera 
un grito desgarrador deFranz me detuvo 
por un instante sorprendido. Torné á 
mirar á mis amigos, y sin comprender lo 
que les sucedía, divisé al poeta, quien 
con los ojos y los brazos dirigidos al 
cielo, exclamaba desesperado, con dolori- 
do acento : 



202 

— Me han robado ! me han robado ! 

!Ni un luis, ni un billete de banco . 

nada! nada ! 

— Humberto ! exclamó Beltran, no me- 
nos aterrado y con ademanes suplican- 
tes ; detente ; mira, en todo esto, otro 
misterio más ; nuestra riqueza se ha con- 
vertido en humo. 

— Pero aún existe para mí Esmeralda, 
He contesté poseido por el más cruel egoís- 
mo; y me lancé al jardin. 

— A lo menos espéranos para perecer 
«contigo, exclamaron mis amigos. 

— Hagan lo que les cuadre, menos 
«detenerme, les contesté alejándome. 

— Vas desarmado, me gritó Beltran. 

— Trae, si quieres, las espadas. 

Y, sin saber á punto fijo la dirección 
«que seguir debia para llegar más pron- 
to á una ú otra cita, tomé la primera ca- 
lle que se ofreció á mis pasos, y se- 
gundos después, me vi alcanzado por 



203 

Beltran, quien ti ai a las espadas, y 
por Franz, que no convencido aún de 
su desgracia, registraba con desesperación 
los vacíos bolsillos de su vestido. 

Un silencio profundo reinaba en el 
jardín; apenas una que otra ráfaga de 
brisa desbojaba con sus rápidos besos 
las copas de los árboles, y hacia osci- 
lar las luces de los mil farolillos que col- 
gaban de las flexibles ramas, derraman- 
do pálidos y vacilantes resplandores. 
Completa era la soledad y el reposo 
de aquel moderno huerto de las Hes- 
pérides, donde momentos antes todo era 
ruido, animación y alegría. El penacho 
cristalino del surtidor, cuyo grato mur- 
murio nos habia acariciado dulcemente 
al principio de la noche, parecía haberse 
congelado; y sus aguas inmóviles, como 
una lámina de pulido acero, reposaban 
tranquilas en su prisión de jaspe. Un 
soplo helado, peculiar de otras zonas, ha- 
cia languidecer las plantas y robaba los 



204 

fragantes aromas á las flores que, mus- 
tias y abatidas, inclinaban sus corolas 
marchitas. La soledad y el silencio des- 
terrados corno importunos de aquella 
fiesta de los sentidos, volvían á darse 
cita y á ocupar los vacíos que les aban- 
donaba el movimiento y el estrepito; 
su imperio se extendía entre las som- 
bras, y para hacer más triste y melan- 
cólico aquel cuadro de desesperante repo- 
so, bajo un cielo sin estrellas veíase 
suspendida, cual fúnebre faual, una luna 
rojiza, rodeada de cárdenas auréolas. 

Sin fijarnos al principio en estos aflic- 
tivos detalles, que á proporción que dis- 
curríamos por el mustio jardín, fueron 
haciéndose cada vez más visibles, nos 
detuvimos, al cabo, junto al mudo surti- 
dor, donde Franz, no convencido aún de 
la completa desaparición de sus rique- 
zas, hizo de nuevo entre maldiciones y 
suspiros, el examen tantas veces repe- 
tido, de sus vacíos bolsillos; á tiempo que 



205 

Bel tía u, á la manera de Pi latos, se lavaba 
las manos para probarme que no debía 
recaer si.bie su conciencia la responsabi- 
lidad de aquel duelo temerario. Pero ni 
la desesperación del poeta, ni esta nue- 
va protesta de Beltrau, por más solem- 
ne que tratara de hacerla, influyeron en 
mi resolución : la hora, para mí tan 
deseada ala vez que temida, habia so- 
nado, y, ya fueran las puertas del paraíso 
ó las del infierno las que encontrase 
abiertas, no era posible retroceder. 

Terminadas las protestas de Beltran 
y las amargas lamentaciones del poeta, 
mis amigos buscaron en todas direccio- 
nes, y con mirar inquieto, á mi terrible 
antagonista. 

— No ha llegado, dijo Beltran sus- 
pirando. 

—Y créeme que lo siento, añadió 
Frauz. 

— Qué dices ! exclamó Beltran horro- 
rizado. 



206 

— Lo que oyes. 

- — Tu enagenacion es completa. 

— Mi desesperación, querrás decir, ex- 
clamó Franz, cou febril agitación. ¿Te 
figuras por ventura que después de esta 
noche de ^inesperada opulencia, puedo 
descender sin reventar de indignación 
á la labor constante de la miseria; 
á surcir nuevas penas con qué ves- 
tir mi alma, y á devorar historiadores 
y poetas, si alguno queda en mis va- 
cíos estantes? No! y mil veces no; 
preferible es morir ó pactar antes 
con el diablo, si es verdad que posee el 
misterioso filtro que destierra las penas.. 

— Eecoje esas palabras insensatas, ex- 
clamó Beltran palideciendo, á tiempo 
que sobre la arena de una oscura ave- 
nida, oímos resonar lentos pasos que se 
acercaban á nosotros. 

— Lo que yo recojo en este instante 
es la bilis que me ahoga, replicó Franz 
fuera de sí, para escupirla á la cara de 



207 

ese funesto agente del infierno, si uo 
me devuelve mi perdida fortuna, de la 
cual le hago responsable. 

— 0b ! calla, calla, volvió á excla- 
mar Beltran estremeciéndose. Míralo i 
ya está aquí. 

Y mis ojos, fijos é i d móviles en la. 
dirección de los pasos que se acerca- 
ban, vieron aparecer á Mefistófeles. 

Mis amigos á su pesar retrocedieron ' r 
yo mismo sentí vacilar mi energía; pe- 
ro el collar oculto volvió con rapidez 
á palpitar sobre mi corazón, y de nue- 
vo levantó mi abatida entereza. 

— Heme aquí, señores mios, exclama 
el sarcástico Mefistófeles, acentuando de- 
una manera extraña sus palabras; na 
se dirá que me hago esperar. 

Franz, á quien la presencia de aquel 
hombre habia hundido en los abismos 
del pavor, hizo un esfuerzo sobre hu- 
mano, que nos dejó pasmados; y en- 
carándose de súbito á mi sombrío con- 



208 

tendor, exclamó tartamudeando al princi- 
pio y luego resueltamente: 

— Sí, os esperábamos para pediros 
cuenta de cuanto hemos perdido. 

— Perdido! exclamó riéndose Mefis- 
tófeles, con visible satisfacción ; nada de 
cuanto suponéis que os han quitado, 
trajisteis cuando entrasteis á esta casa. 

— Pero lo que aquí hemos adquiri- 
do legal mente, nos ha sido robado. 

— Exaj erais. 

— No tal, exclamó Franz excitándose 
á proporción que hablaba ; y yo os ha- 
ho responsable de tan infame proceder. 

— Cuánto me agrada oiros discutir 
esas cosas, dijo jovialmente Mefistófeles, 
acariciando á Franz con una mirada 
protectora ; pero vamos por partes, que 
acaso lleguemos á entendernos. 

— Pero no contais con que ponéis á 
prueba mi paciencia? le dije interrum- 
piéndole; bien sabéis que me esperan y.. 

— Faltareis, por más que estéis de pri- 



209 

sa, replicó Mefistófeles cortándome á su 
vez la palabra. 

— Te engañas, exclamé con crecien- 
te exaltación, viendo á lo lejos desli- 
zarse entre los árboles, la vaporosa som- 
bra de la mujer amada. Aunque fuera 
el infierno el que á mi intento se opu- 
siera, sabría vencerlo. 

Por toda respuesta, Mefistófeles me 
lanzó una mirada de profundo despre- 
cio, y volviéndose á Franz, añadió 
cou insinuante dulzura, mientras yo re- 
cogía las espadas : 

— No os alarméis caro poeta, por lo que 
.habéis perdido; podéis recuperarlo. 

— Recuperarlo!! repitió Franz lleno 
de júbilo. Repetid lo que babeis dicho. 
I Os habré entendido mal ? 

—No. 

— ¿Es decir que nos devolvereis nues- 
tras riquezas, sin atentar de nuevo con- 
tra ellas ? 
14 



210 

—Sí. 

— Oh ! no sois tan. . . . 

— Tan diablo como parezco, agregó 
Mefistófeles completando el interrumpi- 
do pensamiento de Franz. 

— Perdonad, si os hemos calumniado. 

— Sois adorable, joven. 

— Hagamos pues, las paces, exclamó 
Franz á quien ahogaba la alegría. 

— Convenido, pero á qué precio 1 con- 
testó Mefistófeles. 

— Cómo ! dijo Franz conteniendo sus 
trasportes de júbilo. 

— Oh ! no será de balde que os de- 
vuelva la perdida fortuna y la supre- 
ma felicidad a que aspiráis, 

— Y bien, qué me exigís % 

— Vuestra mano, y la promesa de ser- 
me fiel eternamente. 

Franz quedó perplejo; yo mismo, á 
pesar de la impaciencia que me de- 
voraba, me detuve cortado; Beltran pa- 
lideció. 



211. 

— Me habéis oído ? añadió el Tentador 
abrasando al indeciso Franz con las lla- 
mas de su mirada fascinadora. 

— Sí; contestó titubeando el poeta. 
¿No mientes? 

— No habría pacto posible sin el cum- 
plimiento de mi parte. 

— Entonces, exclamó irreflexivamente 
nuestro amigo, entonces. 

— Franz ! Franz ! gritó Beltran, vién- 
dole plegar á la voluntad de aquel ge- 
nio maléfico; qué vas á hacer! 

— La miseria con los harapos del. 
mendigo, murmuró Franz, como hablan- 
do consigo mismo; con los tormentos de- 
todos los instantes; con su largo ester- 
tor! jamás! jamás! gritó purpúreo y. 
delirante, deteniéndole la mano a Me- 
fistófeíes; antes. 

— Mendigar eternamente, exclamó Bel- 
tran interponiéndose entre el Tentador j 
la cautiva víctima. 

— Dejadlo, exclamó Mefistófeles, ka?- 



212 

cien do estremecer el aire con un rugido 
de indigoaciou. 

Franz retrocedió aterrado. 

— Dios está con nosotros, añadió Bel- 
tran, soportando con entereza los terri- 
bles rayos que partían de las pupilas 
de aquel fiero demonio. 

— Sí, tienes razón, Dios nos asiste ! 
exclamó Franz, levantando al cielo los 
extendidos brazos, para estrechar después 
en ellos á Beltran, quien airado é ira- 
ponente, como el divino arcángel, desa- 
fiaba tranquilo todo el poder del Eé- 
probo. 

— Maldición! rugió éste arrebatándo- 
me una de las espadas: el infierno ne- 
cesita hoy de una víctima, y esa se- 
rás tú, añadió dando un salto desco- 
munal ; y airado y espantoso, despidiendo 
relámpagos los ojos y haciendo crujir la 
arena, que arrojaba chispas al contacto 
de sus pies, cayó en guardia cerrada, 



213 

provocándome con su eterna y sarcástica 
risa. 

— JSTo se quién sois, le dije estreme- 
ciéndome y adelantándome á su encuen- 
tro ; pero quien quiera que seáis, hombre 
ó demonio, apartaos de mi camina 6 
paso sobre vos. 

— Cuánta bravura ! dijo irónicamente 
mi sombrío antagonista. 

E inflamándose de nuevo, añadió con 
acento terrible : 

— El camino que seguís no es el vues- 
tro, es el mió; y como son vuestras preten- 
ciones fas que vienen á estorbarme, me 
asiste el derecho de deciros : hasta aquí 
me conviene que lleguéis, agregó indi- 
cando con ademan enérgico el terreno 
que pisábamos ; hasta aquí, ó la san- 
gre, de uno de los dos manchará las 
huellas del que se aleje victorioso de 
este sitio. 

— Como gustéis, le repliqué, contra 



214 

vuestra saña infernal hay un poder que 
me defiende: el cielo. 

■ — Tanto mejor, replicó él; ejida y pro- 
tejido rodorán á mis pies. 

■ — Defiéndete, exclamé arrebatado por 
impetuosa indignación. 

— Prepárate á dormir desde esta noche 
en el infierno. 

Nuestras espadas se enlanzaron des- 
pidiendo relámpagos, cual dos serpientes 
de fuego. 

Apesar de la rara energía que sos- 
tenía mi ánimo, el rose de mi acero 
gon el de aquel extraño personaje, pro- 
dujo en mi organismo los efectos de la 
electricidad ; mis cabellos se erizaron ; mis 
músculos se estremecían é intermitente 
calofrío exaltaba mis nervios; sin embar- 
go, las estocadas se sucedían con simul- 
tánea rapidez, y mi mano, aunque ate- 
lida como la de un cadáver, paraba y 
devolvía con vigor extremado los repe- 
tidas golpes. 



215 

Mis dos amigos, tínicos testigos de 
este asalto terrible, permanecían extáti- 
cos, asombrados de mi singular ener- 
gía y temiendo á cada instante verme 
caer sin vida. 

Un oculto poder me protegía; la 
muerte, palpitante en el hierro de mi 
enemigo, me acariciaba con sn acera- 
da lengua, sin alcanzar á herirme el cora- 
son. Cada vez que la punta de la 
-espada de Mefistófeles rosaba mis ves- 
tidos, dejaba aquel escapar un rugido, 
rompía la guardia dando hacia atrás un 
gran salto nervioso, y de nuevo se lanza- 
ba al ataque con mayor ardimiento. 

Los minutos corrían; copioso sudor 
inundaba mi frente, el combate se ha- 
cia desesperadamente largo. Vencer á 
Mefistófeles era poseer á Esmeralda; 
este sólo raciocinio bastaba á darme 
¿diento; pero vencer á aquel hombre 
-de hierro, frío, impasible é invulnera- 
ble, como el genio del mal, á quien 



216 

hasta entonces solo habia resistido por 
milagro, era empresa sobrehumana. Mis 
fuerzas empezaron á decaer. Una es- 
tocada mal parada atrajo un nuevo 
golpe más certero y más rápido; mi vis- 
ta se turbó de improviso, y la espada de 
Mefistófeles, pasando delante de mis ojos 
con la celeridad del relámpago, desga- 
rró el pecho de mi frac. 

Mis amigos arrojaron un grito, y cre- 
yéndome herido mortalmente corrían á 
sostenerme, cuando vieron, atónitos, re- 
troceder á mi adversario desconcertado 
y pálido. 

— Maldición ! exclamó Mefistófeles des- 
lumhrado por las rojas piedras del co- 
llar, las que, después de detener la 
punta de la espada que corria á herir- 
me el corazón, lucían sobre el rasgado 
paño de mi frac, como gotas de sangre. 
El mismo infierno te proteje! añadió re- 
chinando los dientes. E inseguro desde 
aquel instante en sus nuevos ataques, 



217 

le vi debilitarse á la vez que esquivar los 
reflejos de los rubíes deslumbradores que 
me servían de escudo. 

— Yalor, Humberto ! me gritó Beltran 
reconociendo mi ventaja. 

— A tu vez el desquite, añadió el poeta 
reanimándome. 

— Por qué me abandonas, Satanás! 
exclamó Mefistófeles. 

— Por Cristo que no vendrá á ayudaros,, 
grité á mi vez triunfante; y como el. 
rayo rápida mi espada, fué á atravesarle 1 
el corazón. 

— Muerto ! exclamó Beltran. 

— Estocada de maestro, agregó Franz. 

Mefistófeles no profirió una queja. 
Sus ojos se abrieron desmesuradamente,, 
y de pié y rígido cual si fuera de piedra, 
quedó inmóbil y en la misma actitud en 
que fué herido. 

Yo lancé un , grito de alegría, abracé 
á mis amigos que asombrados contempla- 
ban el rígido cadáver que se sostenía. 



218 

€ii pié y en actitud amenazante, y eché 
á correr, inflamado de amor y de espe- 
ranza, hacia el kiosco de mármol donde 
Esmeralda debia estar esperándome. 

Pero apenas habia vuelto la espalda, 
oí dos gritos á la vez; luego una rui- 
dosa carcajada que estremeció los aires, 
y tras ella la cavernosa voz de Mefistó- 
feles pronunciar esta frase que me heló 
de pavor : 

— lusensato! bas creído escapar, y vas 
é> arrojarte ciegamente en las calderas 
-d*d inflerno. 



219 



XI. 

Memento homo 

Difícil me seria expresar el espanto 
que llegó á producirme la incomprensi- 
ble amenaza de Mefistófeles-, quien to- 
davía de pié, y con mi espada atrave- 
sada en el pee lio, manteníase amena- 
zante frente á mis dos amigos. Con- 
tenido por una extraña fuerza, á la 
par que asaltado por funesto presenti- 
miento, vacilé en seguir los impulsos de la 
pasión que me arrastraba; pero tan com- 
batida indecisión sólo duró en mi alma, 
lo que una gota de agua sobre un 
carbón hecho ascuas. El aturdimiento 
de toda aquella noche de deleitosa em- 
briaguez, difícilmente podia ser res- 
friado ni aun por el cierjzo de la 
muerte. ISo hecha raíces la cordura 



220 

sobre las brasas de una hoguera, á la 
que atizan los sentidos en su sed de 
deleites. Fugaz, como el relámpago, fué 
aquel postrer destello de sindéresis : so- 
bre mi corazón paralizado, sentí que 
palpitaba con violencia el collar miste- 
rioso : y constreñido de nuevo por el 
vórtice en que giraba después de tan- 
tas horas, corrí hacia la gradería del 
kiosco olvidando al terrible fantasma, 
y ebrio, aturdido, loco de amor y vo- 
luptuosidad, fui á arrojarme á los pies 
de Esmeralda, como un seco haz de 
paja entre las llamas de una hogue- 
ra. 

Ella fingia dormir, ó dormía en rea- 
lidad. Me apoderé de una de sus ma- 
nos, y mis ardientes besos la hicieron 
despertar sobresaltada. 

— Ah ! eres tú ? exclamó incorporán- 
dose, con ondulaciones de serpiente, en 
el muelle diván en que se hallaba : 
Te habia olvidado. 



221 

— Olvidado ! repetí suspirando, presa 
el alma de inmenso desaliento, ¿ Por qué 
tanto rigor? 

— Pregúntalo, me dijo, con melancó- 
lica dulzura, á las horas que vuelan ; 
á la esperanza que en sus alas arreba- 
tan, á las sonrisas que borran de los 
labios y á las copiosas lágrimas que me 
hacen verter. Ellas te lo dirán, 

— Oh! eres un ángel escapado del 
cielo ! 

— Te engañas, soy simplemente una 
mujer ; y como tal, víctima condenada á 
ver morir las pasajeras ilusiones que lo- 
gramos despertar en vuestras almas, y 
á ser á nuestro pesar, verdugos impla- 
cables de ese bello ideal, tras el que 
corréis desatentados sin lograr alcan- 
zarlo jamas. 

— Desecha esas ideas; ¿ á qué dar ca- 
bida al dolor cuando la felicidad nos 
sonríe? 

— La felicidad, amigo mió, como las 



222 

rosas, tiene agudas espinas, y sou estas 
la parte que en la dicha nos reserva el 
destino á las mujeres. Pero, perdóname, 
si de la sinceridad de tu afecto llegué un 
instante á desconfiar: son tan mal inter- 
pretados hasta nuestros más puros senti- 
mientos, y es tan poco lo que ustedes, los 
hombres, nos conceden, que nos es necesa- 
rio exigir mucho y con premura, para 
lograr obtener algo aunque muy tarde. 

— Te engañas, Esmeralda, la dije cou 
apasionada ternura, el amor es vuestra 
obra. 

— Y nos está vedado amar cual desea- 
ríamos ! 

— Preocupación . 

— Que habéis logrado elevar á tiránica 
ley. 

— Pero que no domina el corazón. 

— Si no creyera, como creo, en la pu- 
reza del afecto que he podido inspirarte, 
habria deseado que no hubieras venido,, 
y que lejos de mí, hubieras encontrado 



223 

la dicha con que sueñas. Pero ya estás 
aquí, y mi alma que es tuya, se siente 
trasportada á regiones de inefable ven- 
tura, hasta hoy desconocidas para mí. 

Yo acaricié sus manos con mis labios,, 
y ella tomó á decir : 

— Óyeme, Humberto, quizás no me 
comprendas, pero, no por ello, dudes un 
sólo instante de la sinceridad de mis pa- 
labras. Joven, bella y poseedora de no 
comunes atractivos, he cruzado la tierra 
en todas direcciones, seguida siempre 
con insistencia kfca, por numerosa corte 
que se ha esforzado en seducirme. El 
lujo caprichoso, y la riqueza pródiga, 
han sembrado mi camino de fiestas, 
ruido y alegría; la lisonja, como escla- 
va sumisa, me sigue á todas partes ; y 
las penas que afligen á la humanidad, 
no parecen tener cabida en mi cortejo. 
Cual soberana absoluta, mi capricho, has- 
ta hoy, ha sido ley suprema. Todo me 
ha sonreído. El poeta, en cien distintas. 



224 

lenguas, ha cantado mis gracias y me 
ha jurado amor. Pintores y escultores, 
han copiado mis formas y se han he- 
cho inmortales. La música, á su tur- 
no, ha creado para mí melodías espe- 
ciales ; y en fin, todas las bellas artes, 
en el grandioso lenguaje con que el hom- 
bre se levanta hasta Dios, me han en- 
tonado sentidas alabanzas, dignas de 
ser oídas y envidiadas por los ángeles ; 
mas no por ello he sido yo feliz. A 
pesar de esos goces que alimentan la 
vanidad y satisfacen el orgullo, mi vi- 
'da ha sido triste, crueles mis insomnios, 
.y sobre todo, muy amargo el despertar 

de cada una de esas horas de aturdi- 
miento y de embriaguez, á que me he 
abandonado para no morir de desespe- 
ración. Poseedora de lo que todos en- 
vidian, envidiaba lo que á nadie le fal- 
ta, la facultad de amar ; y creyéndome 
condenada para siempre á no disfrutar 
jamás de pasión tan sublime, forjaba- 



225 

me ilusiones, alentaba quimeras, pero 
mi muerto corazón permanecía insensi- 
ble. Maldita, sí, maldita, exclamaba 
en mis tristes horas de abatimiento, 
nadie es capaz de comprender tu mar- 
tirio ; todos aman, todos saoen amar, 
menos tu corazón. Amor, trinan las 
aves y suspiran los vientos; la natura- 
leza toda lo exhala cual perfume ; amor 
respira el universo ; y esa necesidad del 
alma, ese sentimiento dulcísimo, que nos 
pone en comunicación con el creador ¿ es- 
tarás condenada á no experimentarlo 
jamas f Yo lo creía resuelto ; y privada 
del más noble atributo que ha conce- 
dido Dios a sus criaturas, me aturdía 
para olvidar y reia de despecho, cuan- 
do de pronto, en medio de indiferente 
multitud te encuentran mis miradas ; 
una flecha de fuego parte de tus ojos, 
rompe la dura cota que el pecho me 
cubría y me atraviesa el corazón. 
15 



226 

— Esmeralda, Esmeralda, exclamé con- 
templándola con deleitoso arrobamiento. 

— Mi corazón, yerto hasta entonces, 
prosiguió aquella encantadora sellándo- 
me los labios con sus dedos de hada, 
palpitó con inusitada rapidez; un sen- 
timiento desconocido, pero de infinita 
dulzura, acarició mi alma; y como el 
ciego que recobra la vista, sin haber 
tenido hasta entonces otra idea de la 
luz, si no por las chispas fosforecentes 
que hicieran aún más profundas su& 
tinieblas, experimenté el violento desper- 
tar á una felicidad inesperada, y te amé> 
Humberto, con toda la vehemencia de 
un corazón virgen de afectos. 

Lo que yo experimentaba mientras oia 
á Esmeralda, no es posible expresarse. 
Sus manos y sus pies, á cada nueva pro- 
testa del afecto que me declaraba, re- 
cibían mil caricias apasionadas de mis 
labios, y arrullado por tan dulce embe- 
leso me extasiaba. 



227 

— Ya puedes imaginar, continuó ella, 
cuya voz melodiosa, cada vez más se- 
ductora é insinuante me anegaba en un 
mar de infinita ternura, cuánto seria mi 
abatimiento y mi dolor, cuando sonó 
la Iiora fijada para vernos sin testigos, 
y no viniste al punió. Olí ! lo que be 
sufrido, sólo tú, después de conocer co- 
mo conoces ya mi alma, puedes apre- 
ciarlo. Ver la luz un instante y cegar 
nuevamente, es espantoso ¿no? Sentir 
arder el corazón en el fuego más puro, 
y de repente quedar yerto, es horrible 
¿verdad! pues todos esos tormentos los 
ba padecido mi alma, y. . . . Pero, ya es- 
tás aquí, á mis pies, y todo lo be olvi- 
dado. 

— Perdóname, perdóname, exclamé de- 
vorándola con mis ardientes ojos; yo 
también be sufrido desesperantes prue- 
bas. Para venir y postrarme á tus 
plantas, be tenido que vencer pode- 
rosos obstáculos, que sin el aliento que 



228 

me daba tu amor, jamas los habría su- 
perado. El acero, opuesto al acero con 
violencia y con saña, brotó relámpagos que 
mo pudieron deslumhrarme ni detener mis 
f rasos, aunque aquellos brillaran lo bas- 
tante para dejarme ver las manos sal- 
picadas de sangre. 

— : Esa es la ley eterna, luchar para 
alcanzar; pero desecha tan funestos re- 
cuerdos ,; la felicidad que en este iustan- 
te> disfrutamos, de sentir para siempre 
unidas nuestras almas con misterioso 
lazo, rechaza toda sombra importuna. 
JE1 mal espíritu, que desde la tentación 
#M , paraíso, persigue á toda mujer pa- 
ra perderla, retrocede esta vez ; tus di- 
vinas caricias lo fuerzan á alejarse ; 
llagamos por que de nuevo no se inter- 
ponga entre los dos: sigúeme ciegamen- 
te por donde te guíe mi corazón, y no 
tendrás por qué arrepentirte de haber- 
fue amado tanto. Oh ! iremos á ha- 
SMtar otra región más que esta ventu- 



229 

rosa, otro mundo donde el amar %& 
eterno, é infinitos los goces en que s^ 
éxtasi. i el alma 

— Esmeralda, exclamé interrumpién- 
dola, á la vez que abrasándome con 
delicioso abandono en los purísimos ra- 
yos que despedían sus ojos ; no seríai 
acreedor á la felicidad que me prome- 
tes, si no sintiera como siento por íí r 
rebosada el alma de ternura ; ternura tan 
inmensa, que ni el tiempo, ni lli dis- 
tancia, ni la envidia de maléficos genios* 
agotará jamas. 

— Humberto, si así fuera cuan feliz 
no me harías ! 

— Oh ! pon á prueba mi amor ; verá& 
cómo resiste. 

Y mis labios sedientos de caricias», 
procuraban acercarse á sus labios, y beber 
los mil besos que para mi guardaba», 
cuando un pavoroso estrépito dejóse 
oir de súbito. Como violenta ráfaga, 
los alados corceles del huracán cruza— 



230 

ron el espacio agitando Jas poderosas 
alas ; iluminóse el cielo con rojos res- 
plandores ; violenta vocería ensordeció 
mis oídos, y mis ojos contemplaron ató- 
nitos, desplomarse entre torbellinos de 
llamas, el suntuoso palacio en cuyo centro 
nos hallábamos. 

— Fatalidad ! exclamé exasperado con- 
tra mi cruel destino. ¿ÍÑTo has de can- 
sarte nunca de ser mi eterno verdugo ? 

— Ay ! no te quejes á nadie sino tí, 
exclamó mi sobresaltada compañera des- 
prendiéndose con desesperación de entre 
mis brazos, y poniéndose de pié rápida- 
mente. Tú buscas, desgraciado, esa fa- 
talidad que irritado rechazas ; tú la pro- 
vocas y la llamas, y no quieres sin 
embargo que atienda á tu reclamo. 
Cálmate, sé discreto, y verás como bu- 
lle avergonzada de nosotros. 

Mi exaltación habia adquirido irre- 
frenables ímpetus ; mi razón comenzaba 
á nublarse. 



231 

— Huyamos, Humberto, tornó á decir- 
me Esmeralda con suplicante voz, huyamos 
de esta atmósfera envenenada que mar- 
chita con su abrasado aliento los blan- 
cos azahares que aun coronan mi frente. 

— Jamás, jamás, no hay poder algu- 
no capaz de separarte de mi pecho, 
¿exclamé cou creciente delirio. Quiero 
morir quemado entre tus brazos. 

— Insensato ! ¿ no alcanzas á com- 
prender que es la muerte de nuestro 
puro amor la que pretendes! ¿Eo mi- 
ras cómo el fuego que nos rodea, todo 
lo consume y aniquila ! Y, ¿ no te es- 
panta, en fin, cómo este alcázar donde 
iian corrido para tí tau dulces horas, 
va á convertirse, en breve, en un mon- 
tón de escombros? 

— Déjalo arder, le contesté, ciego de 
aturdimiento. El fuego que me abrasa 
♦es más intenso, y sólo tú lo puedes 
apagar. 



232 

— Oh ! no lo desees ! exclamó Esmeral- 
da estremeciéndose, ¿ no ves á tus ami- 
gos y á los rnios, agitarse en medio 
del incendio; huir despavoridos sobre 
escombros humeantes; pedir socorro al 
cielo, sordo á sus lamentos; y en de- 
manda de la vida, á cada paso trope- 
sar con la muerte ? 

— Olvídalos, exclamé, más y más de- 
lirante, déjalos que perezcan, y gocemos 
sin verlos. 

— Estás loco ! míralos por el contra- 
rio; y vé, cómo desaparecen asfixiados 
entre torbellinos de ceniza : cómo luchan 
en vano por ganar un escalón que los 
aleje diez pulgadas de lo que antes 
codiciaban. Oh ! cuánta desesperación l 
Di, ¿no te aterra? El infierno les ha 
abierto las puertas y á ellas corren 
desatentados. ¿ Por qué los quieres imi- 
tar? 

Un destello lejano, de luz crepuscular, 
iluminó un instante mi nublada razón, 



233 

y tras la roja cortina del incendio que* 
todo lo abrasaba, contemplé á mi pesar 
estremeciéndome, el afanar constante de 
nuestras pasiones tempestuosas; su lucha 
encarnizada por vencer imposibles; sus 
estragos, sus víctimas, y abiertos y ce- 
rrados sepulcros, y eterna desesperación.. 
Y el odio, la ambición, el amor, la 
codicia, el orgullo y la envidia, suje- 
tos las más veces al capricho de la Va- 
nidad: de esa diosa arlequín, cubierta 
de púrpura y de harapos, señora de 
nuestros locos devaneos, y á quien rendi- 
mos culto despreciándola, 

Esmeralda dejó escapar un suspiro. 
La visión aterradora desapareció al. 
punto, y sintiéndome arrebatar de nuevo* 
por la tempestad de mis locas pasiones^, 
apenas reprimidas un instante, estre- 
ché aquella adorada mujer entre mis 
brazos; y sintiéndola desfallecer, luché 
por apagar el fuego queme devoraba,, 
en la límpida fuente de su amor virginal. 



234 

— Detente ! desgraciado ! me dijo : to- 
xjas al término de la dicha inefable ; más 
allá está el hastío, el desencanto y el 
infierno. 

— Deliras, nuestros corazones no ten- 
drán de hoy más sino unas mismas 
pulsaciones. 

— Te engañas ! replicó con los ojos 
anegados en lágrimas, y retrocediendo 
amedrentada. Aléjate, olvídame si pue- 
des ; pero no toques á uno solo de mis 
cabellos, si quieres conservar en el alma, 
puro y sin mancha, ese bello ideal que 
has encontrado en mí. 

— Es tarde, hermosa mía, es tarde 
para retroceder. 

— Cómo se vé que no sabes quien 
-soy ! 

— Quién eres, di, quién eres, exclamé 
deslumhrado por los reflejos de sus ojos, 
que lentamente se cerraban con aparente 
voluptuosidad. 

— Soy. . . . ¿ no lo has adivinado I 



235 

— lío, ni rué empeño en saberlo. 

— Ya no tienes remedio. 

— Tu me brindas incomparable dicha. 

— Yo me siento morir. 

—Muramos juntos: pero sepa quién 
-eres. 

— So}- simplemente, tu más bella ilu- 
sión ! 

— Oh! bórrese de mi alma, exclamé 
apurando en sus purpúreos labios los 
amorosos besos que en ellos palpitaban. 

— Ay de tí para siempre ! me dijo, y 
desmayada la sentí abandonarse á mis 
caricias. 

Una noche profunda cubrió los últi- 
mos destellos de mi razón : en la lucha 
•de los sentidos con el al mu, la materia 
triunfó; el hombre convirtióse en león, 
león hambriento, rabioso, voraz, é insa- 
ciable, con todos los arranques salvajes 
de su especie, con toda la furia en el 
placer y todo su vigor en la lucha. 
Mis ojos debían despedir llamas: el re- 



236 

flejo que arrojaban sobre la frente de 
Esmeralda, me deslumhraba á mí* mis- 
mo ; mi exaltación mató de un golpe 
los arrebatos apasionados de aquella 
criatura singular: de víctima me conver- 
tí en verdugo, de presa en buitre. Ob ! 
poseer una mujer hermosa, es haber ro- 
bado al cielo el más bello tesoro ! León 
y hombre, fundido en un ser, poseía pa- 
ra amarla una doble energía, que esti- 
mulaba al infinito la emulación estable- 
cida entre el racional embrutecido y la 
fiera apasionada: ¿á quién la palma? 
Poco importa saberlo; el placer se li- 
baba en copa de oro, y, plegando á mis 
dos naturalezas, apagaba con vehemen- 
te anhelo la sed ardiente que secaba 
mis fauces, en el límpido arroyo que 
brotaba bajo la presión de mis labios, 
cuando un frío glacial, intenso y pene- 
trante como una ráfaga del polo, susti- 
tuyóse de improviso al fuego voluptuo- 
so que me abrasaba el corazón. Una 



237 

conmoción tetánica sacudió mi orga- 
nismo; la sangre detenida en lo más 
violento de la circulación, coagulóse en 
mis venas; y rechazado á la vida que 
agotaba el placer, por la misma mano 
de la muerte, sentí mis brazos entume- 
cidos estrechar sobre mi pecho no una 
mujer de fuego sino un trozo de hielo. 
Hice un esfuerzo heroico por vencer la 
torpeza de mi espíritu, y levantando los 
ojos del abismo á que el amor, la em- 
briaguez y el delirio me habiau precipi- 
tado, vi verificarse en aquel ángel, cu- 
yas alas habia cortado para siempre, la 
más espantosa metamorfosis á que pu- 
diera condenarme e\ infierno. 

Los ojos de Esmeralda, tan ardientes 
y bellos, se apagaron al encontrarse 
con los míos. Los rubíes del collar que 
hacia un instante habia vuelto á colocar 
sobre su cuello, se licuaron, y como hi- 
los de sangre corrieron por sus hom- 
bros desnudos y por su seno de mar- 



238 

mol. Las piedras que adornaban su 
frente, cual expléndida y luminosa au- 
réola, inflamáronse de súbito despidien- 
do llamas ; sus hermosos cabellos se 
abrasaron en ellas, y ardieudo sobre 
el cráneo como tea íuneraria, caye- 
ron luego á sus pies convertidos en 
ceniza. Las mórbidas espaldas (pie es- 
trechaban mis manos, enjutáronse has- 
ta dejar descubierta la huesosa armazón ; 
mis dedos crispados por creciente te- 
rror, se perdición entonces entre áspe- 
ras y hondas cavidades; mi frente sin- 
tió duro el contacto de aquella tersa 
frente á que .Labia, estado unida, y mis 
labios, sedientos todavía de ardorosas 
caricias, no encontraron la fresca rosa 
abierta á su contacto, sino que trope- 
zaron con la doble hilera de dientes 
pronunciados de una mandíbula descar- 
nada y seca. 

Un grito desgarrador partió del fondo 
de mi ser, como la última explosión de 



239 

un corazón hecho pedazos ; hice un es- 
fuerzo sobrehumano por desprenderme 
de aquellos brazos rígidos que aún me 
retenían; y la hermosa mujer, la mara- 
villosa creación que tanto habia cauti- 
vado mi alma y halagado mis sentidos, 
quedó, ante mí, convertida en horrible 
esqueleto. 

Amor, embriaguez, deleites que tanto 
me habíais embelesado, ¿ dónde fuisteis 
á esconderos! 

Oh ! todo habia desaparecido con pas- 
mosa rapidez ; y sólo el repugnante es- 
queleto, única verdad de todo aquel con- 
junto de gracias y encantos, permane- 
cía de pié como el emblema de la mi- 
seria humana: los brazos extendidos, 
abiertas las enjutas mandíbulas, y vacías 
Jas órbitas donde brillaran poco áutes 
los más hermosos ojos que hubiera ilu- 
minado el sol. 

Menos cruel fué el destino para con la 
orgullosa hija del Tántalo, quien todavía 



240 

después de convertida en estatua de pie- 
dra por la cólera de Latona, conservó 
■su belleza. Lo que ante rní quedaba 
de aquella criatura sin igual, no era 
otra cosa, que el residuo espantoso y 
ridículo de todos los encantos de la 
materia ; la irrisión sarcástica de todas 
nuestras miserias; la horrible realidad 
tie nuestra nada, desnuda de ese man- 
to de púrpura, de que hace tanto alar- 
de nuestra insensata vanidad. 

Yo habia quedado estupefacto. A 
punto de morir de terror, oí vibrar so- 
bre mi cabeza estrepitosa carcajada; 
los huesos del esqueleto se agitaron, y 
tras ellos irguióse la sarcástica figura de 
Meíistófeles. 

— Heme aquí, afortunado mortal, ex- 
clamó mi pertinaz perseguidor con afec- 
tada magestad; necesitáis quien atesti- 
güe vuestro triunfo, yo lo proclamaré. 
Y acariciando luego la huesosa armazón, 
añadió con profunda ironía: ¿Cuándo 



241 

ha sido más bella y seductora! Hoy 
más que nunca te la envidio ; pero no 
vayáis á tener celos ; tuya es, te la de- 
vuelvo, llévatela Y empujando hacia 

mí el horrible esqueleto, que cayó á mis 
pies hecho pedazos, desapareció exhalan- 
do un quejido de irónico dolor. 

Yo lancé un grito y perdí la razón. 

A la especie de parálisis en que ya- 
cían mis facultades, sustituyóse de im- 
proviso, violentísimo espanto. Mis ner- 
vios amortecidos despertaron ; paráronse- 
me como electrizados los cabellos; mis 
músculos se arquearon, y, sin saber a don- 
de, eché á correr á la ventura, huyen- 
do desatentado de mí mismo. 

Perseguido por fantásticas visiones 
ísalvé la gradería del kiosco y atrévese 
la ancha avenida, á cuya extremidad 
•ardia el palacio entre violentos torbe- 
llinos de llamas. El incendio habia ga- 
nado una gran parte del jardín; los ár- 
16 



242 

boles se inflamaban como jigantezcas 
antorchas, y espeso manto de humo y 
de tinieblas limitaba el estrecho hori- 
zonte. Perdido en aquel laberinto de 
sombras y de llamas, parecíame distin- 
guir entre el ruidoso chisporrotear del 
fuego, y los prolongados lamentos, que 
cruzaban el aire, el áspero crujido de 
las articulaciones del esqueleto y el gol- 
pe seco con que sus pies sin carnes he- 
rían el pavimento tras mis huellas. 

Despavorido y anhelante, cruzé el 
jardin en todas direcciones, creyéndome 
perseguido por la blanca osamenta. Mis 
amigos habían desaparecido ; me ha- 
llaba solo, con mi desesperación y mi 
terror ; y á los desgarradores gritos que 
se escapaban de mi pecho, contestaban 
mil voces discordantes y diabólicas, y 
convulsivas carcajadas sarcásticas, y lú- 
gubres gemidos, y el agudo chirrido de 
las aves nocturnas que, como yo espan- 
tadas, cruzaban las abrasadas avenidas,. 



243 

y con inciertos giros revoloteaban atur- 
didas a) rededor de mi cabeza. 

Después de cien revueltas infructuo- 
sas por escapar de aquel infierno, acerté 
al fin á tropezar con la verja del jardín ; 
sin detenerme, salvé aquel nuevo obs- 
táculo, y me lancé en el abierto cam- 
po que se ofrecía* á mis ojos no menos 
pavoroso. 

El espanto que aturdía mi cabeza, 
daba alas á mis pies; presa el alma de 
insensato delirio, corría acosado por 
horrible cortejo de fantasmas. Los al- 
tos cañaverales, con sus pardas espigas, 
que estrechaban la corriente del rio, se me 
ofrecían, á la remisa claridad de la luna, 
como un ejército de espectros, cuyos 
empinados penachos agitados por el vien- 
to, casi tocaban á las nubes, y cuyos 
brazos descamados me saludaban al pa- 
sar. Los árboles aislados, los tomaba 
por colosales fantasmas, rebozados en 
negras vestiduras, que servian de ata- 



244 

layas á compactas legiones de j ¡gantes 
sombríos, agrupados en la falda de la 
montaña. Al través de la niebla, y de 
las nubes, que fingían monstruos fabu- 
losos, distinguía mil figuras grotezcas, 
gesticulando sin concierto, cambiando de 
actitudes y moviéndose siempre con ner- 
viosos accesos. Si las ramas de un ar- 
busto me azotaban al pasar junto á él, 
ó si la corva garra de una planta es- 
pinosa se asia de mis vestidos, el alma 
parecía abandonarme, la sangre se he- 
laba en mis arterias, y creyéndome de- 
tenido por la guadaña de un espectro, 
clamaba despavorido, dejaba al matorral 
la parte de mis vestidos de que se ha- 
bían apoderado sus espinas, y, doblemen- 
te aguijoneado por el terror, aceleraba 
la carrera. Mi cabeza amenazaba esta- 
llar, como una bomba, á cada nuevo 
choque que le daba el terror. La tie- 
rra se estremecía bajo mis pasos rápi- 
dos ; los ecos repetían mis pisadas con 



245 

precipitado tropel. Eu el cielo me pa- 
recía descubrir abismos tan profánelos 
como los que ante mí y á cada instan- 
te abría la tierra para sepultarme. 
Oscuridad profunda me rodeaba, y el 
viento, con desgarradores silbidos, rechi- 
flaba mi espanto ; y crecía mi desespe- 
ración, y la fatiga me abrumaba. Y 
corría, y volaba, y los espectros me se- 
guían ; y, creyéndome de Dios abando- 
nado, sentíame deslizar, desfallecido, en 
insondable abismo, cuando percibí el 
plañidero son de una campana que toca- 
ba á rebato. Extraña luz, al punto, des- 
cubrieron mis ojos. El monótono plañir 
de la campana sonó en mi oído como 
una voz amiga y revivió mi agotada 
energía. Torcí el rumbo que llevaban 
mis pasos y penetrando en las desier- 
tas calles de una aldea, fui á caer exá- 
nime a la entrada de una humilde ca- 
pilla, en cuya puerta veíase escrito, con 
luminosos caracteres, una inscripción 



246 

completamente opuesta al fatal Lasciate 
ogni speranza, que colocara el Dante á 
la entrada del infierno. 

ÍTo sé cuánto tiempo duró mi desfa- 
llecimiento. Cuando volví á la vida, la 
aurora comenzaba á colorear el cielo» 
los pavorosos fantasmas de aquella no- 
che inolvidable, habían desaparecido ; y 
mis dos amigos, que para siempre me 
figuraba haber perdido, me estrechaban 
en sus brazos. Todo habia terminado, y 
antes que ningún otro ruido hiriese mis 
oidos : 

— Vanitas, vanitatum ! oí exclamar á 
Beltran con tono solemne y sentencioso. 

— JEt omnia vanitas ! agregó Franz, 
derramando una lágrima. 



FIN, 



EL NUMERO 111 



249 



EL NUMERO 111. 
^VENTUR^S DE ÜN4 NOCp DE OPER^. 



A mi inolvidable amigo el inspirado poeta 
FRANCISCO G. PARDO. 



Ha trascurrido mucho tiempo y vivo 
está en mi alma el recuerdo de aquella 
noche de tentación y de extravío. 

Una mala tropa de cantantes italia- 
nos inauguraba en nuestro teatro con 
la simpática Lucía, la temporada musi- 
cal; y numerosa y festiva concurren- 
cia, en noche tan deseada, asistia á 
contemplar la cruel ejecución de la más 
bella, entre las bellas hijas del Cisne de 
Bergamo. 



250 

Los más apuestos de nuestros pisa- 
verdes, preparados de antemano á ejer- 
citar irresistible seducción en las nuevas 
artistas, llenaban las lunetas y acesta- 
bau á la escena pertinaces gemelos; 
no obstante que, en la graciosa curva 
de los palcos, entre guirnaldas de flores, 
aéreas gasas y deslumbradora pedrería, 
no faltase uno solo de aquellos astros 
rutilantes, tantas veces descrito por el 
galante Fígaro, (*) bajo caretas mito- 
lógicas. 

Atraído por los encantos de una de 
estas diosas tentadoras, que, aprisiona- 
do me traja eu sus redes, más que por 
lias bellezas de la infeliz Lucía, dirigíme 
al teatro, próxima ya la hora ele em- 
pezar la función, con el firme propósito 
de bacer hablar á aquellos ojos plácidos, 
que á las veces se dignaban mirarme, 



( * ) Periódico de revistas teatrales, que vio la 
Saz en Caracas por los años de 1863 á 1864. 



251 

y de arrancarles la anhelada promesa 
de mi futura dicha, ó la franca manifes- 
tación de mi completa desventura. 

— Ay ! ¿Si me fuera dado penetrar 
sus' pensamientos, sería acaso feliz? me 
preguntaba á cada paso; y por el pron- 
to, el saber á qué atenerse el hombre, 
respecto al sentir de los demás, me pa- 
recía condición indispensable á la feli- 
cidad. 

La agitación que producía en mi áni- 
mo la inseguridad de poseer el corazón 
de quien llenaba el mío de inefables de- 
licias, á par que angustiosas dudas, me 
indujo á meditar, con profunda amargu- 
ra, en los crueles engaños á que esta- 
mos sujetos por deficiencia de nuestras 
limitadas facultades morales; y despe- 
chado, extraño sentimiento de rebeldía 
irguióse en mi interior. 

Uno de mis amigos, discutidor sempi- 
terno, con quien desgraciadamente acer- 
té á tropezar, y á quien le espeté á 



252 

quema-ropa, como enrojecidas balas, mis 
descabellados pensamientos, tuvo la in- 
genuidad de declarar absurdas las ideas 
que habían logrado preocuparme. Em- 
peñóse, á mi pesar, acalorada discusión ; 
tarde alcancé á darle punto ; llegué al 
teatro ya empezada la ópera, y las sen- 
tidas frases del dulcísimo alegro del dúo 
final del primer acto : 

Ver ramio a te sull aure 
i miei sospiri ardenli. 



que entonara la tiple á mi llegada resona- 
ron en mi alma corno un tierno reproche 
de la mujer amada. 

Lleno de aturdimiento, cual si en efec- 
to fueran aquellos labios, que nunca pa- 
ra mí se habían abierto, los que tan 
afectuosamente hablaran á mi oído, me 
apresuré á solicitar mi asiento en la 
platea, ansioso de mostrarme á los ojos 
que acaso me buscaban, y pedirles per- 



253 

don por mi retardo. Pero difícil, si no 
imposible de realizar, era mi intento: 
compacto grupo de espectadores, hallá- 
base en pié á la entrada del patio y me 
cerraba el paso. En vano pedí permiso 
para entrar, en vano supliqué ; nadie me 
quizo oir, y obligado me vi á penetrar 
por fuerza, realizando mis deseos en 
cambio de unos cuantos codazos. Ya 
en la primera fila de los espectadores 
sin asiento, procuré distinguir el núme- 
ro del mío, y después de inútiles pesqui- 
zas, me convencí con pesar, que el co- 
diciado objeto de mis pertinaces esfuer- 
zos había sido ocupado, y que, á menos 
de incurrir en la descortesía de ir á 
arrancar del asiento al intruso ocupan- 
te, como se extrae una cuña, no habia 
medio posible de obtenerlo. 

Ella, estaba en su palco, esplendorosa, 
como siempre, de hermosura y candor; 
pero del sitio en que me hallaba, apenas 
si podia divisar su casta frente , ilumi- 



254 

nada por refulgente auréola. Cuatro pa- 
sos más adelante, me hubiera atraído 
sus miradas y alcanzado á ver todo su 
cuerpo. Ko podia, sin embargo, adelan- 
tarme tanto, por más que lo desease, sin 
llamar la atención. La, impaciencia tor- 
turaba mis nervios; hube, con todo, de 
resignarme, al fin, á esperar donde me 
hallaba el final de aquel acto ; é irrita- 
do maldecía la contrariedad que no po- 
día vencer, cuando uno de mis vecinos, 
en quien no habia fijado la atención, 
me tocó suavemente en el hombro, é 
indicándome un asiento vacio, frente al 
palco que yo anhelaba á contemplar, me 
dijo con insinuante amabilidad : 

— Mirad, señor mío, he ahí un asiento 
que os conviene. 

Sorprendido por el tono obsequioso, á 
par que obligatorio, con que se me ha- 
cia el ofrecimiento, volvíme hacia tan 
amable caballero, y, á mi pesar no pude 
reprimir un movimiento de sorpresa, al 



255 

mirarle los ojos, de d^nde parecía bro- 
tar una azulada llama semejante á la 
íbsforecencia de las luciérnagas. Este 
singular individuo me era completamen- 
te desconocido, y sin embargo, aquella 
extraña luz que alumbraba sus ojos, así 
como la espresiou sarcástica esparcida 
en su rostro, despertaron en mí como 
un vago recuerdo: antes de aquella vez 
parecíame haberle visto en otra parte, 
¿Dónde! No acerté á darme cuenta; 
acaso en las angustias de una espantosa 
pasadilla. . . . no puedo asegurarlo; pero 
es lo cierto, que lo examiné estremecién- 
dome. 

— Aprovechaos, insistió mi interlocu- 
tor sin fijarse en mi embarazo, y con 
manifiestos deseos de ser obedecido. El 
número 111 está vacante; ocupadlo, es 
el mío. 

. Sin contestarle, hícele una ceremonio- 
sa cortesía, y empujado á mi pesar ha- 
cia el referido asiento, me dirigí al nú- 



256 

mero 111, del cual distaba apenas cua- 
tro pasos, no ocultándoseme empero, la 
maligna satisfacción que reveló el sem- 
blante de mi singular protector al verse 
obedecido. 

Mal hallado con semejante descubri- 
miento, detúveme indeciso apoyando las 
manos en el respaldo del banco, antes 
ele resolverme á ocuparlo; pero instantá- 
neamente, cual si las hubiera puesto so- 
bre un hierro enrojecido, las retiré asom- 
brado. 

— Esto es inaudito ! exclamé exami- 
nando mis tostados guantes. Este asien- 
to es de fuego ! 

Y profundamente sorprendido, volvíme 
hacia el extraño personaje que me lohabia 
indicado, para pedirle cuenta de tan ex- 
traordinaria circunstancia; pero este ha- 
bía desaparecido, dejándome perplejo. 

— íTo es posible, me dije, comenzando 
á dudar de la lucidez de mi razón. Lo 
«rué he experimentado no pasa de ser 



257 

■un alucina miento. Probemos de nuevo. 

Esta vez fué mi mano desnuda la que 
aventuré á la prueba, toqué por segun- 
da vez el respaldo del asiento en cues- 
tión, y lleno de terror la retiré abra- 
sada. 

— No insistáis, joven, no insistáis, dijo 
letras de mí una voz dulce y cariñosa. 
Abandonad tan temeraria empresa, y 
sentaos aquí á mi lado, si no queréis 
incendiaros el alma como os habéis que- 
mado ya las manos. 

Aturdido y sin vacilar, me dejé caer 
en el nuevo puesto que me ofre- 
cían; y no pocos minutos trascurrieron 
antes de llegar á comprender con algu- 
na exactitud, lo que mi nuevo interlocu- 
tor se apresuró á decirme : 

— Yo también be experimentado lo que 
vos ; y más que vos he padecido de ese 
trastorno cerebral que comienza á pertur- 
baros. 

17 



258 

— Y qué l exclamé examinando con sor- 
presa á mi interlocutor, cuyos cabellos 
comí) copos de nieve, no armoniza- 
ban con la frescura de su rostro ju- 
venil : no me he engañado ? ¿ ~No es 
alucinamieuto de mi razón? ¿Es de fue- 
go en efecto el respaldo de ese asiento t 

—Sí. 

— Y decís que como yo lo habéis to- 
cado? 

— Ay ! algo más que tocarlo, me con- 
testó con profunda tristeza. Lo he ocu- 
pado un instante, y en ese instante, 
como veis, encanecieron mis cabellos, y 
quedó envejecida mi alma á los veinte 
años. 

— Lo que decís es espantoso, repliqué 
lleno de desconfianza, y si no fuera 

— Que lo creéis, añadió interrumpién- 
dome, dudaríais de lo que os digo. 

— Habláis con tal acento de verdad 
que es forzoso creeros. 



259 

—Olí ! no os pesará. Me habéis ins- 
pirado compasión, y voy á haceros un 
servicio que jamás estimareis debida- 
mente, por la sencilla razón de no haber 
padecido lo que trato de evitaros. 

— Semejante preámbulo no puede ser 
más misterioso. 

Mi nuevo desconocido dejó escapar un 
prolongado suspiro ; y después de un 
corto silencio, durante el cual su rostro 
frío y sus ojos sin luz, se fueron ani- 
mando gradualmente, prosiguió: 

— Hace diez y seis años me aconteció 
o que voy á referiros. Yo era enton- 
ces aún más joven que vos, pero como 
vos amaba ya apasionadamente á uno 
de esos áugeles tentadores á quienes 

vosotros los poetas, porque supongo 

que lo sois. . . . 

— No siempre, le repliqué interrum- 
piéndole. 
— Sin embargo, sólo á los forjadores 



260 II 

de quimeras les sucede lo que á vos esit 
noche. 

— Quemarse ! 

—Exactamente! Abrasarse en él f«J 
go de la propia imaginación, hasta el ptll 
to de provocar al diablo á que los tiej* 
te á su antojo. 

—Y creéis que yo me encuentre e 

ese caso f 

—Estoy más que convencido, porque e< 
mo vos he sido víctima de ese infernj 
aturdimiento que os hace tomar una agl< 
meracion de sombras por un foco de ll 
y un juego del acaso por un rayo ( 
esperanza. Pero volvamos á mi hisfi 
ria. En la época á que me he referid 1 
repito, que amaba locamente á uno < 
esos áugeles terrenales á quienes vosotrc 
soñadores ó poetas, como querrais cali] 
caros, concedéis mil sublimes atribute 
Esperanzas, ilusiones, amor, encerraba ) 
alma; en venturoso arrobo me extasía} 
blandamente á sus pies; sin más preni 



261 

I su cariño que uua mirada interpreta- 
P mi placer, era dichoso; y apasio- 
no y ciego, corría siu detenerme tras 
j, estela de fuego de su hermosura des- 
lumbradora. Un día vi sonreír sus la- 
nos y un himno de entusiasmo se elevó 
le mi pecho; otro, sentí el contacto de 
u mano y el perfume de su aliento, y 
Icio de felicidad besé la tierra que pisa- 
>a mi ídolo, y me sentí tentado á amar 
¡ orbe entero á pesar de los defectos 
nherentes á la raza de Adán. Todas 
nis facultades le estaban sometidas; 
ni pensamiento la seguía como pasivo 
siervo: mis ojos la veían al través de 
as distancias; y uua emoción dulcísima 
me revelaba siempre su proximidad, mu- 
cho antes de que sus formas seductoras 
me hubieran deslumhrado. En cambio 
de tanto amor yo nada le exigía, y 
habría vivido mil años, sin pedirle otra 
gracia que un rayo de sus ojos hasta 
reposar dichoso en las tinieblas de la 



262 

tumba. Oh! esa mujer fué amada co- 
mo nunca fué amada otra mujer, como 
jamás será amada otra alguna ; para mí 
su presencia era el cielo, su ausencia 
el vacío. Y ella.... y ella! exclamó de 
súbito mi interlocutor, cambiando de to- 
no y arrojando una espantosa carcaja- 
da ; no lo creeréis. jamás se habia fi- 
jado ni aún en que yo existia. 

Un largo silencio se siguió á esta ex- 
plosión de protundo despecho, y honda- 
mente sorprendido de encontrar muchas 
analogías entre el sentir tempestuoso de 
aquel desventurado y mis íntimas afec- 
ciones, esperé que agotara su alma todo 
el veneno que al parecería empozoñaba. 
Durante el repentino mutismo de aquel 
hombre, su rostro pálido coloreóse repe- 
tidas veces con sangrientos matices, los 
ojos entre sombras violáceas brilláronle 
amenazantes, sus cabellos de nieve, casi 
se ennegrecieron, y un rugido sordo y 
prolongado, como el que pudiera pro- 



263 

dueir una caverna en donde se removie- 
ra un jigante, brotó pausadamente de 
su pecho oprimido; luego, y sin espe- 
rarlo, á la borrasca vi suceder la calma ; 
apagóse el resplandor de las fieras pupi- 
las, al rostro volvió la palidez, la nieve 
á los cabellos; y con una tranquilidad 
burlesca que me dejó pasmado, me dijo, 
llevando sobre mi nombro el compás 
que marcaba la orquesta : 

— Y bien, ¿ por donde vamos de mi 
historia, que ya no lo recuerdo ? 

— Por la muerte de vuestras ilusiones, 
le contesté admirado de tan repentino 
cambio. 

— Ab ! entonces nada os he dicho to- 
davía sobre el misterio de ese asiento 
que os impedí ocupar Pero^ qué que- 
réis? yo vengo aquí á reírme de todos 
vosotros, y creo que he encontrado esta 
noche quien á su vez se ria de mí. 

— Supongo que no aludís. . . . 

— Poco me importa, pues que unos 



264 

hoy y otros mañana, todos tenéis que 
pagar vuestro ridículo tributo á la debi- 
lidad humana. En cuanto á mí, lo he 
satisfecho há largo tiempo y estoy saldo 
con ella. Pero volviendo á vos, no sé 
cómo explicarme la compasión que me 
habéis inspirado : mi muerto corazón que 
creia sordo á todo sentimiento generoso,, 
parece despertar á la idea del peligro 
que corréis. A muchos he visto en vues- 
tro caso y los he dejado perecer. 

quizás eran indignos de que yo les 
hiciera el sacrificio de mi completa in- 
diíerencia; pero son tan inexplicables, 
los misterios de nuestra naturaleza, que 
á veces nos vemos arrastrados á obrar 

contra nuestra decidida voluntad Os 

han elegido para el sacrificio de esta 
noche porque padecéis la misma enfer- 
medad que mató mis ilusiones 

— ¿ Cómo podéis saberlo ? 

— Porque yo sé muchas cosas que lo» 
hombres ignoran. 



265 

— j Que los hombres ignoran ! 
—Sí. 

— ¿ Podíais decirme entonces, lo qne- 
siente mi alma cuando sus ojos. f 

— Yaya! tan bien como vos mismo í 
Para mí nada hay oculto bajo el cielo. 

— Cuánto os envidio ese poder ! 

— Sin embargo, si lo poseyerais, acaso 
os pesaria. 

—Puede ser! Pero tened entendido 
que no hay sacrificio á que no me en- 
cuentre dispuesto, por adquirir, esa cien- 
cia suprema. 

— Eso decís porque uo tenéis la más 
remota idea de todos los tormentos que 
encierra ese poder sin límites. 

— ¿Y creéis me haga padecer menos la 
estúpida ignorancia en que vivo acerca, 
del sentir de los demás ? 

— Quizás ! 

— Verdaderamente no os comprendo. 
Cambiáis á cada paso de manera de ra- 
ciocinar y de sentir. 



266 

— El que cambiáis sois vos. Hace al- 
guuos minutos que no bago otra cosa que 
seguir vuestro pensamiento, y os con- 
fieso que da vértigo el giro acelerado 
de las ideas diversas que lo agitan. 

— I Y lo extrañáis ? 

— Absolutamente, poique así me en- 
contraba yo la nocbe en que fui impul- 
sado á ocupar el 111. 

— Ob! exclamé lanzando una mirada 
úe terror al asiento vacío. Lo babia ol- 
vidado ! 

— Lo sabia. 

— Sin embargo, me ofrecisteis explicar- 
me el arcano que encierra, y aún no lo ha- 
béis hecho. 

— Creia que ya lo habíais adivinado. 

— ¿ Q u ^ queréis que adivine, cuando ca- 
da una de vuestras palabras es un mis- 
terio impenetrable para mí I 

— Vamos ! Veo que necesito llevar de 
Ja brida vuestra curiosidad. Empecemos 



207 

por volver al deseo que hace poco me 
habéis manifestado. 

— Sí, exclamé impacientándome. Vol- 
vamos á él, si es que conduce á explicar- 
me lo que hace un cuarto de hora expe- 
rimento. 

— Es el camino más corto. 

— Adelante ! 

— Deseabais, poseer como yo, la fa- 
cultad de arrancar sus secretos al cora- 
zón más cerrado. 

— No sólo lo deseo sino que compra- 
ría esa facultad al precio de mi sangre. 

— No vayáis á dar nada por ella ! 
Os la ofrecen de balde. 

— Cómo! le dije. Nadie me la ha ofre- 
cido. 

— Y con instancia. 

— Os burláis de mí? 

— Por mis cuernos ! 

— Qué habéis dicho? 

— Que tenéis un candor admirable. 



268 

— Pero, en fin, exclamé exasperado 
¿quién me ha hecho tal oferta? 

— El desconocido que os indicó el 111, 
contestó mi vecino cubriéndome con su 
mirada fascinadora* 

— No comprendo nada de cuanto me 
decís, exclamé estrechándome entre am- 
bas manos las sienes, que me latían con 
violencia: nada, absolutamente nada. 

— Oídme, pues; y pésele á vuestro em- 
peño. 

— Esa ciencia oculta que tanto ambi- 
cionáis, de leer en el corazón de los 
otros tan claramente como en un libro 
abierto, no se adquiere sino depurando 
antes el alma en ese asiento de fuego. 
I Comprendéis ahora ? Todo se mira en- 
tonce^ desnudo del velo del fingimiento 
y la mentira : la verdad salta á los ojos: 
el engaño desaparece ; y en posesión de 
los más íntimos secretos, podréis ocultar 
mejor los vuestros tan fáciles hoy de 
adivinar. 



269 

— Lo que decís es cierto ? 

— Tan cierto corno que ya penetro 
vuestras locas intenciones. Abandonad 
ese anhelo insensato ; resistid á la ten- 
tación de penetrarlo todo. Ay! no sa- 
béis cuánto se llora luego la pérdida de 
la candida ignorancia y de la inocente 
credulidad. Ese misterioso desconocido, 
á quien jamás he vuelto á ver para 
exigirle me devuelva la venda bienhecho- 
ra que arrancó de mis ojos, me indujo, 
como á vos, á ocupar ese asiento, y lo 
ocupé ; y desde entonces ¡ cuánto he vis- 
to que deseara ignorar eternamente, y 
cuánto más habré de ver para tortura 
incesante de mi alma ! 

— No me engañáis? exclamé ponién- 
dome de pié en un arranque de admi- 
ración. 

—No. 

— Yoy á probarlo ! Deseo conocer lo 
que sabéis, y acabar de una vez con la 
duda que me atormenta. 



270 

— Iu sensato! vais á perderos! excla- 
mó deteniéndome. 

— Dejadme, le repliqué. Juego gusto- 
so la tranquilidad del alma en la partida* 

— Esa no la tendréis nunca. 

— Pero en cambio sabré en lo adelante 
á qué atenerme. 

— Oh ! mirad mis cabellos encaneci- 
dos y mis ojos cansados. 

— Nada, nada! le repliqué luchando 
por desasirme de sus manos. Estoy re- 
suelto á todo ; y si ese asiento porten- 
toso, no sólo es la silla de Satanás, 
sino el infierno mismo, á él me arroja- 
ré para saber lo que deseo. 

— Deteneos ! Aún es tiempo ! Dete- 
neos ! 

— No os esforzeis en disuadirme, le 
repliqué dando un paso adelaute. La 
duda es un suplicio mil veces mayor que 
el desengaño; y enageuada la razón 
caí febricitante en el asiento infernal. 



271 

— Humanidad! humanidad! exclamó 
el desconocido con estridente alborozo, 
convirtiéndose de súbito á mis ojos en el 
fantástico personaje que me ofreciera el 

111. Siempre la misma !. pretenciosa 

y débil. 

En presencia de semejante metamor- 
fosis comprendí mi extravío ; quise dar un 
grito, y no pude ; pretendí levantarme del 
asiento y me encontré como clavado á él. 
Un fuego abrasador encendió mi cere- 
bro ; mis pupilas se dilataron, y mi san- 
gre se heló. 



272 



II 

— Vamos, valor, audacia ! exclamó mi 
tentador demonio colgándose del respal- 
do de mi asiento, é inundándome con su 
aliento satánico. Tendrás lo que has 
pedido; mira! 

Y mis ojos vieron lo que difícil me 
será expresar. 

— Oye! mandó de nuevo. 

Y oí distintamente, sin que se confun- 
dieran en mi oido, las pulsaciones ace- 
leradas unas, pausadas otras, de cuantos 
•corazones palpitaban en aquel recinto. 

— Y ahora, añadió Lucifer, que pa- 
recía cernerse sobre mi cabeza con* la 
crueldad de un ave de rapiña: siente y 
reflexiona ! Eres mió ! Te presto mi 
poder. 

Mi mente se iluminó de súbito; opri- 



273 

mido sentí el corazón ; mis sentidos se 
acrecieron, y el velo que limita las hu- 
manas facultades rasgóse ante mis ojos, 
que, deslumhrados por tanta claridad, se 
fijaron iuciertos en ardoroso foco. Luego, 
como por efecto de una infernal poten- 
cia, el teatro comenzó á girar en torno mío, 
cual una inmensa rueda cuyo eje fuera mi 
cabeza. Cintas, flores, diamantes, riza- 
das cabelleras, ojos de fuego, rostros 
fascinadores, manos de nieve y pechos 
de alabastro, en confuso tropel pasaron 
á mi vista : una música extraña, atrona- 
dora, tempestuosa, marcaba el rápido 
compás de tan vertiginosa danza ; y un 
rayo de luz, vivísimo, siniestro, como 
un reflejo del infierno, abrasaba en su 
lumbre aquel cuadro fantástico. 

— Mi cabeza estalla, mis ojos se que- 
man ! exclamé suplicante. 

— Valor! oí exclamar con estridente 
voz á mi verdugo. 
18 



274 

— Oh! Dadme en cambio de lo que 
veo la oscuridad eterna! 

— Energía ! repitió el Tentador con im- 
perioso acento. 

Y rápido, y más rápido el círculo in- 
fernal siguió girando, hasta serme imposi- 
ble distinguir los objetos. Con ávida in- 
sistencia seguía no obstante, las múltiples 
ondulaciones de aquella sierpe de fuego en 
movimiento, sin que me fuera dado 
precisar sus detalles. Mis ojos deslum- 
brados cegaban, mis facultades se agota- 
ban, y haciendo un postrer esfuerzo, 
traté de fijarme en una mirada cariño- 
sa que en medio de aquel tropel de 
centellas alcancé á distinguir; pero los 
ojos que la producian se dilataron hasta 
abarcar el círculo, formando en torno 
mío un nuevo anillo de Saturno. 

— Llegó el momento de la penetra- 
ción! exclamó mi dominador, viéndome 
anonadado por aquel espectáculo. 



275 

Y la escena cambió sin cesar el movi- 
miento: fijáronse mis ojos, y como al través 
de una ventana abierta de improviso ante 
el! oh, vi aparecer sucesivamente las lu- 
netas, los palcos y los diversos grupos 
que se agitaban en el patio, sin que por 
esto dejaran los otros de seguir su ace- 
lerada rotación. 

— Prueba mi ciencia ! continuó el Ten- 
tador extendiendo á mi derecha su des- 
carnada mano: ¿Penetras cada uno de 
los corazones que componen aquel grupo ? 

— Sí, sí, contesté admirado y balbu- 
ciente. Todo lo veo. . . .Jamás lo habría 
creído. 

El anillo continuó girando, y otro 
grupo, no menos interesante que el pri- 
mero, se presentó á mi vista. 

— Ves? preguntó de nuevo la impe- 
rativa voz. 

— Oh, espantoso ! exclamé. Cómo pue- 
de mentirse así, Dios mío ! 



276 

— Calla ! ¿ Y ese otro grupo que apa- 
rece á su turo o? 

— Da lástima y horror! 

— Y ese que llega? 

— Ya conocía esa historia. 

— Peregrina, por cierto. 

— Diabólica. 

—Y aquel T 

— Abate el alma. 

— Y ese que pasó f 

— La irrita. 

— Y el que tienes á la vista ? 

— Cuánta perfidia ! 

• — Y aquel que se detiene ! 

—Cuánta maldad ! 

Y siguieron pasando los grupos, y los 
palcos, á cuyas puertas, como multipli- 
cándose, vela asomado siempre ai perti- 
naz demonio que á mis espaldas me atur- 
día los oídos con su risa sarcástica. 
Y todos los secretos se me iban reve- 
lando, y las pasiones más ocultas sur- 
gían del corazón y se presentaban á mis 



277 

ojos ; y duelos, y engaños, tenebrosos 
designios, ruines aspiraciones, maldad, 
odio, venganza, mezquindad y vileza, 
perdieron sus caretas. 

— Oh ! cuánto sé, - Dios mío, que no 
querría saber ! murmuré arrepentido de 
mi punible indiscreción. ¿Gomo haré 
para olvidar mañana ese cúmulo de mi- 
serias que de hoy en adelante veré es- 
tampadas sobre todas las frentes? Si 
pudiera arrancarme la memoria, lo haria 
eu obsequio tuyo, mezquina humanidad, 
para quien todo sentimiento generoso es- 
tá vedado. 

— Prevente ! exclamó de improviso mi 
ángel malo, interrumpiendo con su eter- 
na ironía las desgarradoras reflexio- 
nes que cruzaban por mi mente. Se 
acerca el fin de la re vista que pasas á 
esa tropa de comediantes á quienes lla- 
mas tus hermanos: prepárate á ver io 
que más has deseado. 

A semejante anuncio el aire me faltó, 



278 

y agotado el espíritu por la horrible 
gimnástica á que se hallaba sometido, 
sentía desfallecer mi ánimo, cuando una 
dulce melodía, mensajera de gratos y 
queridos recuerdos acarició mis oídos, de- 
volviendo á mi alma la perdida energía. 
Mis ojos, deslumhrados, tornaron á mirar; 
y á la desierta abertura por donde 
como al través del cristal de un lente 
prodigioso, habia descubierto tantos se- 
cretos íntimos, vi aparecer entonces en- 
tre auroras de rosa, un palco resplan- 
deciente, semejante á una góndola de 
nácar; y en él, cubierta de blancas y 
vaporosas gasas, una de esas criaturas 
privilegiadas, de angélica belleza, que 
más que hijas de la tierra parecen en- 
carnaciones del cielo. 

— Ella!! exclamé fijando sobre su 
frente pura una mirada llena de angus- 
tia y timidez ; ella también sometida 
al escalpelo de mi diabólica penetración ? 
Jamás ! jamás ! 



279 

— Ya la tienes delante; mírala, díjome 
el Tentador eoa voz terrible, apenas la 
hube reconocido. 

— A ella. ! nunca! 

— Sí ! mírala y sabrás a qué atenerte. 

— Imposible I Lo que de mí exigís es 
imposible. 

— Qbedecei . exclamó con enérgica 
entonación, 

— Oh ! esta vez el amor me dará fuer- 
zas que oponerte. 

— Yana quimera. El amor desertó 
del corazón del hombre apenas entró en 
lucha conmigo. 

— Te engañas. Yo lo siento. k . 

— Oye, pues, si es que no quieres 
ver. 

— Gállate i No me atormentes más. 

— Y el deseo vehemente que abriga- 
bas ? 
— Ya no lo tengo. 



280 

— Y la duda que torturaba tu alma? 
— Ah ! la prefiero ahora al desengaño. 
— -Pues verás, oirás y sentirás mal que 
te opongas. 

—Piedad! 

— Acaso sé yo lo que me pides 1 

—Piedad ! 

— Por el infierno ! mira, exclamó Sata- 
nás irritado, asiendo con sus crispadas* 
manos mis cabellos, que electrizados á 
su contacto se erizaron al punto. Mi- 
ra! telo ordeno! 

Dominado por una fuerza sobrenatu- 
ral abrí los ojos, que en mi desespera- 
ción habia cerrado para no presenciar 
la muerte de mis queridas ilusiones, y 
obedeciendo á aquel genio malévolo, vol- 
ví á fijarlos en la inocente víctima de 
mi loco desvarío. 

— Ahora, añadió, sacudiendo mi cabe- 
za con ímpetu salvaje: penétrala! 



281 

No pude resistir por más que quise,, 
y como la sonda del marino á las pro- 
fundidades del Océano, así atravesó mi 
vista la magia seductora de la exte- 
rioridad de aquella criatura tan amada, 
hasta penetrar su corazón. 

— Gózate ahora, prosiguió Satanás, 
riendo malignamente, y confiesa que 
no eres otra cosa que un pueril vi- 
sionario. 

— Oh ! nada veo, nada de lo que tú 
pretendes, exclamé sorprendido, sin po- 
der contener mi alborozo. 

— Gomo ! exclamó mi verdugo, con- 
fundido ¿ con todo mi poder nada des- 
cubres ? 

— Nada! En vano procuro entre las 
sombras en que vaga mi vista, descubrir 
en su alma un sentimiento, una aspira- 
ción, un deseo, algo en fin que revele 
una. dañada pasión, un sentimiento mez- 
quino. y nada, nada encuentro! 



282 

— Maldición ! rugió Satanás sacudiendo 
con rabia mi cabeza. ¿ Quién se opone ? 

— Espera, y lo sabrás ! exclamé dando 

un grito de indecible alegría. ya lo 

-distingo. algo así, aéreo y brillante co- 
mo las alas del ángel del amor, la de- 
pende de tu saña infernal. 

Un rugido espantoso ensordeció mis, 
oidos, la tierra tembló bajo mis pies, y 
reaccionánclome de súbito con extraña 
energía, exclamé, divisando la airada 
sombra del Reprobo desaparecer tras las 
bambalinas de la escena : 

— Infame tentador! te lias engañado ; 
-el cielo la proteje! 



— ¿Qué tienes, qué acontece! Oí que 
jue preguntaban varios de mis amigos, 
-que llenos de profundo asombro me vie- 
jón abandonar precipitadamente el infer- 
nal asiento. 



283 

— Oh ! el número 111 ! el número 111 ! 
exclamé horrorizado, señalándoles el asien- 
to que dejaba. 

Y loco, despavorido, con los cabellos 
erizados de terror y el alma profun- 
damente acongojada, salí de aquel recin- 
to para jamás volver 



Carísimo lector, cree de esta histo- 
ria, que, como me la contaron te la cuen- 
to, lo que más pueda servir á tu prove- 
cho; y como quiera que sea, acepta este 
consejo : cuando vayas al teatro, si quie- 
res conservar todas tus ilusiones, no ocu- 
pes jamás el número 111; pues, según 
una antigua tradición de no recuerdo 
que país, el diablo está abonado á dicho 
asiento. Pero como no faltará quien pre- 
gunte | por qué el cornudo caballero, mo- 
narca del infierno, se ha prendado tanto 
del sobre dicho asiento ! llana y cencilla- 



284 

fj 

mente contestamos, que sería provecho-I 
so investigarlo; mas como este asunto] 
está erizado de bemoles, friza allá en los \ 
dominios de la alta filosofía positiva, y,] 
donde ella principia yo termino. 



FIN. 



ÍNDICE. 



-♦- 



Capítulo. Página. 

I. Diletantismo 3 

II. El poeta Franz 9 

III. Beltran 36 

IV. La mujer del collar de rubíes 52 

Y. Soñar despierto 79 

VI. El gran vals. 96 

VII. Los agraciados de Plutus 116 

VI [I. El Tokay misterioso 140 

IX. Delirio 164 

X. El talismán 196 

XI. Memento homo 219 

El número 111 249 



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